Por Norman Foster
Para los arquitectos educados en la principal corriente del Movimiento Moderno, Oscar Niemeyer era considerado como su mejor exponente. Invirtiendo el conocido dicho “a la forma le sigue la función”, Niemeyer demostró, en cambio, que “cuando una forma crea belleza, se convierte en funcional y, por tanto, en fundamental en arquitectura”.
Se dice que cuando el primer cosmonauta ruso Yuri Gagarin visitó Brasilia, comparó la experiencia con la de aterrizar en otro planeta. Mucha gente que visita la ciudad de Niemeyer por primera vez ha debido sentir la misma impresión. Audaz, escultural, llena de color y libre, como nada visto antes. Pocos arquitectos de la historia reciente han sido capaces de integrar un vocabulario tan vibrante y estructurarlo en un lenguaje tan intensamente comunicativo como seductor y tectónico.
Uno no puede contemplar, por ejemplo, la catedral con forma de corona de Brasilia sin emocionarse tanto por su dinamismo formal como por su economía estructural. Se combinan para engendrar desde su interior una sensación casi de ingravidez. Parece que el recinto se funde por completo con el vidrio. Cualquier arquitecto se resiste a tratar de comprender cómo las estrechas columnas de hormigón, finas como huesos, del Palacio de Alvorada son capaces de tocar el suelo de forma tan liviana. Brasilia no es un simple diseño, es una coreografía; cada una de sus piezas está compuesta con fluidez y se mantiene como una inmóvil bailarina de puntillas en un escenario de equilibrio absoluto.
A principios de los años sesenta, cuando era estudiante, observaba el trabajo de Niemeyer con estímulo, estudiando minuciosamente los dibujos de cada nuevo proyecto. Cuarenta años después aún mantiene el poder de sorprendernos. El Museo de Arte Contemporáneo de Niteroi es una muestra de ello. Emplazado sobre un acantilado cual planta exótica, echa por tierra cualquier convencionalismo al mezclar el arte con una vista panorámica del puerto de Río. Es como si –en su imaginación– hubiera querido romper con la idea de un museo convencional sobre unas rocas para desafiarnos a contemplar arte y naturaleza en igualdad.
Oscar Niemeyer (en la imagen, en su estudio de Copacabana, Río de Janeiro) es una inspiración. Su energía y creatividad son ilimitadas; su arquitectura, eternamente joven. Tengo la impresión de que aún tiene que darnos muchas lecciones de arquitectura.
Norman Foster es arquitecto.