Por Lali Cambra
Aseguran sus conocidos que tiene la obstinación de aquel que sabe qué ha venido a hacer a este mundo. En su caso, luchar contra la malaria, romper el círculo vicioso que alía a la enfermedad con la pobreza, causa y efecto, efecto y causa. Quebrar el espinazo de la apocalíptica cifra de un millón de muertos anuales, la mayoría niños, la mayoría pobres, la mayoría africanos. El Centro de Investigação em Saúde de Manhiça (Mozambique), del que Pedro Alonso es responsable, ha recibido este año el Premio Príncipe de Asturias a la Cooperación junto a tres centros más, de Tanzania, Malí y Ghana, por la lucha contra una enfermedad que mata a un niño cada medio minuto. Alonso lleva en África casi la mitad de sus 49 años. Primero en Gambia, donde la malaria se le apareció en toda su dimensión, y luego en Manhiça, donde abrió el centro premiado. En 1985 ocupaba una oficina de cuatro metros cuadrados y ahora es un referente mundial para la investigación médica de seis mil metros de tecnología punta, justo al lado de un río, el Inkomati, que atrae al mosquito que se lleva la sangre y deja, traidor, la enfermedad. Un centro –ahora, una fundación entre los Gobiernos de Mozambique y de España, de la que Alonso preside su consejo de administración– que se dice imposible sin la obstinación contagiosa del científico, su capacidad de trabajo y planificación, pero, sobre todo, su habilidad para escuchar y hacerse escuchar con brillante oratoria, seducir con ella y mantener fieles en el proyecto a las diferentes administraciones o a la Bill and Melinda Gates Foundation. Un proyecto que va a significar, en pocos meses, la prueba de una posible vacuna en 16.000 niños africanos, la última fase para comprobar su seguridad. Con ser parcialmente efectiva, como se ha demostrado en sus fases previas, supondría el mayor avance nunca obtenido contra la enfermedad.
Lali Cambra es periodista, colabora desde Suráfrica con EL PAÍS.