Ultra y populista, el presidente de Irán, Mahmud Ahmadineyad, aglutina un currículo que lo convierte en uno de los malos del año. Flirtea con la bomba atómica, aunque se justifica diciendo que también se puede producir energía nuclear en una cocina. Fue el vencedor en junio de unas elecciones demasiado a su favor como para ser verdad. Después, el régimen de los ayatolás reprimió a sangre y fuego a los que protestaron por los resultados y manifestaron incipientes deseos de libertad en la república teocrática.