Retrato de un país

11. Azafata

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Azafata

Ana Mozos, 25 años

Un arma secreta

Por Pablo León

La alegría es su arma para enfrentarse a la vida. Radiante, aunque sin zapatos de uniforme, aparece en el madrileño paseo de la Castellana. Se dirige a Siglo XXI, la agencia para la que trabaja como azafata. "Las chicas normalmente se meten en varias firmas para tener más opciones, pero yo estoy en la misma desde que empecé". Tiene 25 años. Lleva más de cinco en un mundo de tacones, trajes y sonrisas, muchas sonrisas.

Comenzó a frecuentar ferias de manera casual. "Para obligarme a volver de Inglaterra, mi padre me cortó el grifo. Regresé y, mientras terminaba periodismo, me metí en esto". Le gusta su trabajo. "Gano suficiente y tengo bastante tiempo libre". Una azafata, o azafato (todavía minoritarios, pero cada vez más extendidos), puede embolsarse entre 800 y 1.000 euros trabajando 14 días al mes. Pero es un oficio con fecha de caducidad. La mayoría empieza en la universidad. A medida que acaban la carrera dejan de lado los stands. Además, "los clientes no quieren personas demasiado jóvenes, dan imagen de inexperiencia, ni demasiado mayores. A partir de los 35, se acabó". Con cuidado y gracia, esquiva la crisis. "Últimamente tengo menos volumen de trabajo", reconoce. Demasiadas horas de pie, un entorno laboral sexista (comentarios y uniformes con vertiginosos escotes o faldas demasiado cortas), y en ocasiones el tacón demasiado alto e incómodo, no consiguen que ella se altere. Nada va a estropear su imagen perfecta.

Fotografía de Javier Morán

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