Retrato de un país

33. Bombero

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Bombero

Alfredo Badolato, 33 años

Desmontar mitos de un manguerazo

Por Borja Bas

Alfredo no quería ser bombero de mayor. Pero, terminando la mili, su madre le avisó de que había plazas en Madrid. "Yo había querido ser futbolista, juez, astronauta o piloto, no lo sé. Pero nunca había tenido esta vocación. Siempre me gustó mucho hacer deporte y ayudar a la gente, o sea, que me interesó de inmediato".

Hoy es el bombero 1.192, uno de los 58 efectivos del parque más antiguo de la capital, situado en el barrio de Chamberí, que data de 1909 y afronta una media de 3.500 salidas anuales. Aquí cumple con 69 guardias de 24 horas al año. La alarma puede saltar hasta 30 veces al día; "sobre todo los días de viento, que surgen muchos accidentes. Aunque la mayoría de veces nos llaman por encierros en un ascensor o contenedores ardiendo". También ha vivido auténticos infiernos, como el incendio del Palacio de los Deportes.

Basta una charla con él para desmontar los mitos en torno al cuerpo de bomberos. El primero, el de "superhombre", tanto por la admiración como por el atractivo sexual que despierta. "Eso es por el tema del uniforme, pero no hay para tanto. Lo que sí notas es que la gente nos quiere mucho, aprecian nuestro servicio". El segundo, "que no llegamos tirando puertas abajo, eso sólo sucede en casos de extrema urgencia. Yo, en mis diez años de servicio, creo que he tirado una puerta. Eso lo dejamos para las películas". Y el tercero, que cobran una pasta. "La gente piensa que ganamos 3.000 euros al mes. Y no es verdad. Con diez años de antigüedad cobras algo más de 1.700 euros, un sueldo normal. Mi mujer es profesora y gana lo mismo que yo. Y eso que yo tengo nocturnidad, festividad, peligrosidad, toxicidad. Tenemos dos hijos, de dos años y de nueve meses, y con eso nos tenemos que apañar. Lo único que me diferencia de otras personas es que, al trabajar dentro de una administración, tengo cierta estabilidad laboral". ¿Su fórmula para afrontar la crisis? "Hacer un uso cabal de lo que ganas. Sé que nunca voy a ser rico a no ser que me toque la lotería, pero, vamos, sólo la juego cuando hay grandes botes [risas]".

Fotografía de Óscar Carriquí

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