Por Javier Rodríguez Marcos
La frutería en la que trabaja Zakir Madbar, en la calle de Valencia de Madrid, es un tiovivo de colores y gente. Un hombre que, desde la calle, pregunta cuánto cuestan las piñas; una anciana que compra una manzana para dársela a los caballos de la policía que vigila la vecina plaza de Lavapiés; una mujer que pide perejil de propina. Él los atiende y sigue contando. Tiene en la cabeza los precios de toda la mercancía. Del castellano, lo que mejor se le da son los números. También, claro, los nombres de las frutas. Con el resto anda luchando todavía.
Zakir nació en Bangladesh hace 33 años. Llegó a Madrid hace seis. Un compatriota abrió esta frutería y le ofreció el trabajo. Venía de Italia, y antes, de Singapur. Allí había hecho "de todo": de pintor, de obrero metalúrgico. También jugaba al fútbol en los ratos libres. Ya no. La frutería abre ininterrumpidamente de nueve de la mañana a once de la noche. El día de descanso se queda en casa con su mujer y sus dos hijos, de cuatro años y siete meses. No es raro verle volviendo del autobús con el mayor en brazos. Va a un colegio para discapacitados. "No anda, no habla", explica. "La gente ahora compra menos, sí, poquito". Después de responder a todo sin perder la sonrisa, saca el permiso de trabajo, vigente hasta 2012.
Fotografía de Óscar Carriquí
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