Por Mónica C. Belaza
Es hija y esposa de farmacéuticos. Cada día recorre 170 kilómetros hasta su farmacia: de Madrid a Villacastín (Segovia), y otros tantos de vuelta para recoger a su hijo del colegio. Asegura que el viaje merece la pena. "Esto no lo hago como negocio, sino como trabajo sanitario. Es un sitio relajado, sin sobresaltos, donde conoces a la gente, y ellos a ti. Y confían en lo que les dices. No es como una de estas farmacias de paso en una ciudad grande, en la que nunca sabes a quién estás dispensando".
Villacastín tiene 1.500 habitantes, muchos jubilados y poco trabajo para los jóvenes. Hasta los inmigrantes se marchan. "Hay mucha angustia y la gente habla de sus penas en el mostrador". Cristina también sufre la crisis. "Toda la parafarmacia, cosméticos, champús o cremas no se piden apenas. Ha habido un desplome en las ventas". Sus principales ingresos proceden de las recetas de la sanidad pública, así que confía en poder sobrevivir. Pero está preocupada. "Dice mi madre que hace años hubo una demora de pagos a las farmacias por parte de la Seguridad Social. Y ya se ha corrido el rumor de que puede volver a pasar algo así. Si esto sucediera, yo no podría aguantar ni tres meses".
Fotografía de Óscar Carriquí
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