Por Iker Seisdedos
Más o menos cuando el mundo se dio aquel domingo de octubre de bruces con el colapso de las cosas tal y como venían funcionando, Iluminada Hernández, de 82 años, se vio con lo puesto "de patitas en la calle". Una desgraciada concatenación de casualidades y una flagrante ausencia de solidaridad humana acabaron por dejarle sin un lugar para vivir y a merced de la beneficencia. De modo que su caso es de esos en los que la historia se confunde con la Historia. La crisis no es crediticia, virtual, para ella, sino bien tangible. Tanto como los poco más de 330 euros de pensión con los que tiene que organizarse para que incluso sobre algo para mandar a su hijo en Cuba. De la isla llegó a principios de los noventa. Ha trabajado "de enfermera", en "la televisión", y ha hecho "más que suficiente por este país" como para que ahora la dejen "así, tirada", durmiendo en un albergue y haciendo cola cada mañana a las puertas de un comedor social, donde cada vez hay más personas, y "cada vez tienen más pinta de ciudadanos respetables", dice mientras se acomoda la flor de plástico en el sombrero de fieltro. "Espero que haya bastante.".
Fotografía de Óscar Carriquí
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