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Cristina Telles, 31 años

El sacrificio de toda una vida

Por Ana Pantaleoni

Manos en los bolsillos, tez morena y aros en las orejas, abre la puerta del invernadero: "Aquí se está mejor que en casa". Cristina Telles tiene los ojos verdes y una voz segura. Pasea bajo un cielo blanco, entre hileras verdes. Tiene 31 años. Estudió Educación Social en Girona, pero optó por trabajar de payesa. Al volver a casa se metió en el negocio de sus padres, una explotación agrícola familiar en Riudellots de la Selva (Girona). Ahora es cotitular de la empresa. "Cuando tomé esta decisión, la gente se sorprendió", asegura. "Hoy día, el gran objetivo es ser funcionario. En ese momento tuve la sensación de que me colgaban una cuerda al cuello".

Pidió un crédito, apostó por un nuevo invernadero, más grande y moderno, y comenzó a trabajar horas, muchas horas. "Esto no es un huerto para ir con el cestito", aclara. "Lo más duro es la dedicación. Mi suerte es tener a mi padre, así puedo librar los domingos y coger un mes de vacaciones". Su última escapada, Guatemala. Vive con su pareja en una casa pairal, muy cerca de la de sus padres. La explotación agrícola se nutre de lechugas, variedades de tomates y escarolas. "La calidad es lo que nos diferencia", repite una y otra vez esta joven miembro del sindicato Unió de Pagesos. Su producción no es ecológica. "Si todo el mundo cultivara ecológico, los de Barcelona morirían de hambre. La producción es mucho menor".

Cristina se levanta a las siete de la mañana, desayuna y se pone manos a la obra. Recolectar manualmente, envasar e ir a vender. Dos días por semana ofrece sus productos en el mercado. "Yo no vendo muy barato. Si lo tengo que regalar, prefiero pasar el tractor". No quiere trabajar de por vida en el campo, pero al hablar sus ojos revelan la chispa de quienes disfrutan con lo que hacen. ¿Es un negocio de futuro? "Creo que sí", responde, "los que aguantemos saldremos adelante".

En el campo, dice, también hay estrés. "Lo que se ve aquí es el sacrificio de toda una vida", asegura, "y sabe muy mal que esto se pierda. Ése es uno de los motivos por los que la gente sigue". Su padre está muy cerca. Se le ve orgulloso. El negocio, hasta ahora, ha funcionado. Aunque la crisis ya se notó el año pasado: facturaron un 18% menos.

Ahora permanecen a la expectativa. Saben que el turismo bajará, pero esperan que las casas de segunda residencia de la Costa Brava se llenen, y así ellos venderán más. "Antes nos enterrarán los polígonos y las normativas que la crisis".

Fotografía de Leila Méndez

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