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Josean Igos, 49 años

Entre ballenas y delfines

Por José Luis Barbería

Recostado a puerto en su base de Hondarribia, el Itsas-Eder (Mar Hermosa) vierte esta mañana su preciada carga de verdel, de la mano de pescadores cansados y somnolientos que vienen de faenar duro a lo largo de una noche intensa pero provechosa. Josean Igos, de 49 años, 35 de ellos en la mar, saluda precedido por una vaharada de salitre y gasoil e iluminado por rayos de sol con sabor a pescado. La mano que adelanta, grande y robusta, no llega a cerrarse en un verdadero apretón, por miedo, quizá, a resultar demasiado ruda. Habla con marcado acento euskaldun y enfatizando las palabras. "La mar me ha dado mucho. Tengo mujer y dos hijos estudiantes (chica y chico, de 19 y 17 años), piso y coche propio, y nunca nos ha faltado de nada".

Este hombre de rostro curtido por la vida a la intemperie -se diría que lleva las cuadrículas de las redes finamente impresas en el rostro- cogió el rol, la cartilla de navegación, a los 14 años, en un momento en el que irse a la mar permitía ganar tres o cuatro veces más que en las fábricas de la zona. "Entonces había unos 1.300 arrantzales (pescadores) en Hondarribia y hoy no seremos muchos más de 400. Me parece que el 70% de la flota vasca está formada por gentes de fuera, sobre todo extranjeros. Hay que reconocer", dice, "que los senegaleses son tipos muy valientes, trabajadores y marineros".

Con el mismo énfasis, Josean Igos explica que los jóvenes vascos le han dado la espalda a la pesca, a pesar de que, gracias a las máquinas, el trabajo es ahora mucho menos duro y ya no hay que estar 12 o 14 horas seguidas tirando de la red.

Añora los buenos tiempos, aunque no parece muy preocupado por la situación. "El mar no es como las fábricas, que cierran cuando les va mal; si tuviera 20 o 25 años y estuviera en paro, preferiría echarme a la mar que quedarme en tierra", sostiene. Es, incluso, optimista sobre el futuro de la pesca. "Las artes pelágicas han ido acabando con la lubina, el lenguado de playa, el besugo, la merluza y la anchoa", pero el Cantábrico es muy rico y se puede recuperar si los Gobiernos vigilan el cumplimiento de las cuotas de captura", asegura.

Él está ya entregado definitivamente a la mar. "Te engancha, un día descubres que no puedes hacer otra cosa y comprendes que allí", señala el horizonte marino, "uno se siente el rey y que en tierra no es nadie".

Ahora tienen que acabar de descargar el pescado antes de que el sueño les venza. "Lo más duro es que se duerme muy poco cuando hay faena", dice. Sueña con ballenas y delfines que les salen al paso y con aquella captura de las Azores de 350 toneladas de atún.

Fotografía de Jesús Uriarte

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