Por Francesco Manetto
La vida de Alejandro cuelga de un verbo: depende. Depende de lo que le pidan sus clientes. Todo por un oficio que en buena medida determina sus días. Y las noches que pasa en la sauna donde se prostituye. "Soy trabajador del sexo", cuenta con serenidad. Emprendió ese camino hace cinco años, cuando dejó la isla de Santa Catarina, en su Brasil natal. Tras aterrizar en España para vivir junto a su chico y trabajar en un restaurante de Almuñécar (Granada), llegó a Madrid. Su pareja decidió volver a São Paulo y los ahorros se fueron acabando. "Me metió un amigo. Al principio fue muy duro". Hoy suele cobrar unos 50 euros por relaciones completas. Para cuadrar las cuentas se ve obligado a trabajar de camarero. "Los clubes cierran y cada vez menos chicos van a las saunas. Si sigue así, este tipo de prostitución está destinado a desaparecer". Lleva un tiempo pensando en cambiar el rumbo de su vida. Colabora con la Fundación Triángulo, que organiza cursos y talleres de apoyo a prostitutos. Y le gusta refugiarse en el parque del Retiro. Su "isla" en plena ciudad, donde dar un paseo, desconectar y todo lo demás sólo depende de él.
Fotografía de Javier Morán
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