Por Quino Petit
En el número 8 de la madrileña Puerta del Sol hay un faro que ilumina la madrugada del kilómetro cero de España. Dentro está Carlos, copropietario de este quiosco regentado por cinco socios que capean como pueden los bandazos de la prensa escrita. A él le va la noche. "He visto más de lo que quisiera", dice, enigmático. "Fuimos pioneros en Madrid al permanecer abiertos 24 horas. Ya llevamos casi 30 años".
Los moradores de la madrugada le piden hoy tabaco, mecheros y cambio en monedas. En el recuerdo quedan días de vino y rosas. Un libro de visitas repleto de firmas que van desde el humorista José Luis Coll hasta el ex presidente Calvo Sotelo. Transición escrita en letra impresa. Un Madrid canalla que se llevaba el periódico del día siguiente a la cama. "Todo era muy cultural; la política parecía que era otra cosa", recuerda. Y reflexiona: "Además de todos los males de la prensa, creo que lo que más le afecta hoy es la sobreinformación. También veo desde aquí que la gente mayor es la que más lee: de 40 años en adelante. A mi hija, que estudia periodismo, se lo digo: vosotros tenéis que conseguir que la gente vuelva a sentir el periódico como el pan de cada día".
Fotografía de Óscar Carriquí
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