Retrato de un país

18. Repartidor de bombonas de butano

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Repartidor de bombonas de butano

Javier, 31 años

Guapo, católico y sentimental

Por Boris Izaguirre

Decido acompañar a Javier en su reparto de bombonas de gas un lunes primaveral en Pozuelo (Madrid). "A mí me da igual todas esas leyendas urbanas de los butaneros y las amas de casa. A mi mujer sí le molesta, porque es un cliché, porque no es serio. Y es como todo: si quieres algo, lo encuentras, sea sexo o sea algo más, así que no tiene nada que ver con mi trabajo. Yo reparto la bombona nueva, cojo la vieja y me marcho".

Tiene 31 años, "pero parezco mayor, porque siempre he parecido mayor"; pesa 68 kilos, debe de medir un metro setenta y cinco, una nariz estupenda, acento extremeño, ojos marrones rodeados de pestañas gruesas y largas. Un guapo español. "Y católico. Soy muy creyente, voy a misa los sábados y domingos, siempre con mi mujer y con casi todas mis hijas. Son cuatro, sí, la mayor tiene ocho años, y cuando termino el reparto hacia las tres de la tarde, me voy a casa y estoy con ellas, que juegan, pintan, recortan cosas. Ellas también van a catequesis, dos veces por semana. La religión me ha acompañado siempre, me ha hecho fuerte y me ha enseñado. Soy huérfano de padre", comenta, con mucha naturalidad, pero es claramente un punto débil en su jovialidad. "No fue fácil en el colegio, porque había cosas donde el resto de los chicos estaban con sus padres y yo no. Pero ahí me hizo fuerte la religión".

Me tienta decirle que su fervor es prácticamente la única cosa que me distingue de él. Porque es un hombre muy sociable, todos sus clientes le saludan por su nombre y él les pregunta por sus cosas, con mucha sencillez y diligencia (las bombonas normales pesan 25 kilos, y las de calefacción, 75, y él las carga y descarga de su camión con una velocidad admirable), cobra lo estipulado y devuelve unos cambios imposibles -dos euros treinta y siete céntimos- que extrae de una riñonera de cuero desgastado. "Me gusta mi trabajo. A veces me da un poco de pena cuando se muere un cliente. Siempre es gente mayor, pero al mismo tiempo, con la crisis, cada vez se apunta más gente a mi empleo. Ahora mismo acabamos de aceptar dos hermanos peruanos y a un ruso. Existen posibilidades de ascenso dentro de Repsol y pude realizar una hace años, pero mi esposa estaba embarazada con nuestra segunda hija y no quise dejarla sola. En mi casa fui el único de mis hermanos con educación universitaria. Estudiaba ingeniería técnica, pero al casarme, al quedarse embarazada la primera vez mi esposa, me puse en esto y aquí sigo".

Se conocieron en Madrid, aunque él vivía en Almendralejo. "Sólo he tenido una novia, con ella me desvirgué y con ella me casé". En eso también nos parecemos. "Sólo tengo un defecto, que creo que es debido a ser huérfano: emito juicios sobre las personas". Lo dice como si le sentara muy mal. "Porque generalmente te equivocas, como contigo, que te calificaba de presumido, de que cómo iba a ser posible que escribieras. Me doy cuenta muy a menudo de lo equivocado de mis juicios y me disgusto. Pero no puedo evitarlo, creo que los hago para protegerme". Entonces, ¿desconfías de las personas? No hay respuesta, queda claro que ha dicho algo demasiado personal.

Continuamos entregando bombonas. Ahora toca una hilera de restaurantes que van desde pizzerías hasta un chino. Sus dueños salen a pagarle. "Éste de pescados es muy bueno, porque una vez vine con mi esposa y fue maravilloso. Somos muy de dieta mediterránea, el día que comimos sushi le había dicho a mi esposa que no bebería porque conducía, pero en lo que probé aquello, pedí una botella de vino para tragarlo. También vamos al teatro, siempre comedia, nos ha encantado Una pareja de miedo, con Josema Yuste y Florentino Fernández, excelente. En cambio, vimos a Carmen Machi en una obra y la verdad que preferimos a Aída". Debe de tratarse de uno de esos juicios que luego le disgustan.

Hace calor y se quita la sudadera de Repsol. Observo una única hombrera naranja butano. "Hombre, ése es nuestro secreto mejor guardado. Si no, el hombro quedaría destrozado. Lo incluyen con todo el equipo: uniforme, zapatos, gorro y la hombrera". Otro punto en común, nos gustan los uniformes. A mí, el de escritor con americana y una buena camisa. "Fui soldado profesional, que por cierto le agradezco a Bono que haya subido los sueldos, aquello era una miseria. Alrededor de 500 euros, no se podía vivir. Y trabajaba en una oficina de informática con mi uniforme. Y ahora con éste. Te da orden, y eso lo disfruto".

Su camión sube una colina en Pozuelo. Vamos a un adosado donde conviven varios estudiantes de comunicación. "Cada año en esta zona se entregan setenta mil bombonas. Mira, este bar es muy de taxistas, albañiles. Tengo que venir temprano porque a la hora de la comida no hay quien pueda". Es la una y media y ya hay jaleo. Uno de los taxistas grita mi nombre al verme bajar del camión. "Coño, sí que es verdad que la crisis es muy mala, Boris Izaguirre de butanero". Javier no se inmuta, entra en el insólito cuartito donde se guarda la bombona, una fregona y bolsas de grandes almacenes. La coloca, cobra y vuelve a su camión.

Entona una canción de Héroes del Silencio, su grupo favorito, y sigue su camino. Las imponentes torres del nuevo Madrid, recibiendo todo el sol del lunes.

Fotografía de Marta Soul

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