Por Patricia Ortega Dolz
Dice Casto Herrezuelo, ya con 54 años tras la barra del madrileño y emblemático bar El Palentino y una vida de 70, que "hay que ser sacrificado", pero que no tanto como él. "Si no te sacrificas, no llegas nunca a nada: sota, caballo y rey; sota, caballo y rey.". Los ojos atentos de este hombre lo han visto todo (o casi todo). Grandes y pequeñas miserias que se han dejado caer allí, sobre el aluminio de la barra. Se mueve como pez en el agua entre las rabietas de la Josefina, vecina de toda la vida con achaques varios, y "los chicos" que ahora llenan el bar cuando vienen o van de after. Quizá esa habilidad pública tenga también algo que ver con que, desde los 16 años, tiene trabajo y casa en el barrio de Malasaña, en la calle del Pez.
Hijo de Balbina y de Casto, un matrimonio que dejó su negocio hostelero en Paredes de Nava (Palencia) y se vino a Madrid en 1955, "abriendo horizontes". De los suyos heredó la capacidad de trabajo. "Sólo les recuerdo trabajando, como yo; esto hay que mamarlo para quererlo". ¿Modernizarse? "Alguna vez lo pensé, pero entre que un cuñado mío aficionado a las antigüedades me dijo que ni se me ocurriese y que a mí no me gusta el riesgo., pues así seguimos.".
Fotografía de Caterina Barjau
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