Por Ana Alfageme
Festus mira atónito el precio del bacalao confitado, 18 euros: "Por ese dinero puedo comer cuatro o cinco días si cocino en mi casa". Tiene 34 años, y con el mantel también ha conocido la nieve, que en enero le cubrió su oficina: un trozo de acera junto a un mercado y una bolsa de tela de periódicos. Ayuda a algún anciano y vende a dos euros La Farola. El polémico diario de los sin techo es el eje de su vida.
Vinieron, como él, acochinados en una patera hasta una playa del sur a cambio de 1.000 euros, vieron morir a sus compañeros de viaje, caminaron durante meses hasta llegar a Marruecos y se comieron sus sueños de fortuna por no tener una tarjeta timbrada. Son del Madrid o del Barça, de Senegal o Nigeria. Pero todos venden La Farola. Se reparten la puerta de los supermercados, del Ikea, de los grandes almacenes. Festus tiene miedo de salir en el periódico, de vender, como ahora, dos farolas al día en vez de cinco, y de oír a sus clientes que se han quedado en paro. Al despedirse, pide que se publique su número de teléfono (679 45 62 20). Por si alguien quiere emplearle. Después se aleja. Con 18 euros en el bolsillo. No ha comido el bacalao.
Fotografía de Javier Morán
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