La pobreza, el hartazgo por el inmovilismo político y la falta de democracia han encendido la mecha de protestas sociales en el Magreb y Oriente Próximo. Primero cayó el presidente de Túnez, Ben Ali, y después el de Egipto, Hosni Mubarak, como consecuencia de una presión popular que, tras dos semanas de protestas, se volvió insoportable para el régimen.
FOTO: Agencia Reuters
IGNACIO CEMBRERO
Tras la crisis en Túnez, la protesta social estalló en la vecina Argelia, el país más poblado y rico del Magreb. En la capital, en una decena de ciudades y, sobre todo, en Orán, la segunda aglomeración urbana del país, cientos de jóvenes se enfrentaron violentamente a las fuerzas del orden. El origen de la protesta no es tan preciso como en Túnez, pero sí es igual de espontáneo. Los primeros brotes de descontento surgieron el 4 de enero en Argelia, pero fue el 5 y el 6 cuando los jóvenes, muchos encapuchados y provistos de palos o de barras de hierro, se apoderaron del centro de Orán y de al menos cuatro barrios de Argel, incluido el céntrico de Bab el Ued, aquel en el que comenzó la "revuelta del pan" de 1988.
Se echaron a la calle para denunciar la subida de los precios de algunos productos básicos, como el aceite y el azúcar, destrozaron el mobiliario urbano, y apedrearon y lanzaron cócteles molotov contra edificios públicos, empezando por alguna comisaría como la de Bab el Ued. "El Estado seguirá subvencionando los productos de primera necesidad", se apresuró a declarar el ministro de Comercio, Mustafá Benbada, en un intento de acabar con la revuelta.
En Argelia la rebelión es más juvenil, menos masiva, y más violenta que en Túnez. Más allá de sus desencadenantes puntuales en ambos casos pone de relieve la desesperación de una juventud mayoritariamente en paro, que se considera sin futuro y oprimida por regímenes autoritarios aunque de distinto signo económico, liberal en Túnez y con reminiscencias socialistas en Argelia.
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