La pobreza, el hartazgo por el inmovilismo político y la falta de democracia han encendido la mecha de protestas sociales en el Magreb y Oriente Próximo. Primero cayó el presidente de Túnez, Ben Ali, y después el de Egipto, Hosni Mubarak, como consecuencia de una presión popular que, tras dos semanas de protestas, se volvió insoportable para el régimen.
ÁNGELES ESPINOSA
Los jóvenes que protestan en Bahréin piden como el resto de los árabes un Gobierno más representativo y políticas que abran horizontes a su futuro. Pero a diferencia de otros países, sus manifestaciones están alentadas por diferencias comunitarias. Los dos tercios de sus 600.000 nacionales que siguen la rama chií del islam se quejan de discriminación en los servicios y los empleos públicos por parte de la minoría suní, a la que pertenecen los Al Khalifa, la dinastía reinante desde que se fueron los británicos en 1971.
Entonces, tanto la población como los líderes religiosos chiíes respaldaron el carácter árabe de Bahrein y al jeque Isa, padre del actual rey, como cabeza del emirato. El contrato político se tradujo en una de las constituciones más avanzadas de la zona y la elección en 1973 de un Parlamento, ambos suspendidos por el emir poco después. La revolución iraní de 1979 solo confirmó las sospechas de los gobernantes de que sus súbditos chiíes, muchos de origen persa, eran una quinta columna de la República Islámica. El desencuentro estalló en revuelta durante la década de los noventa. La muerte de Isa y la sucesión de Hamad abrieron una nueva etapa.
El monarca prometió una serie de reformas que incluían una nueva Constitución, de la que ahora se cumplen diez años, y elecciones. Aunque el experimento democrático no tiene parangón en el resto de las monarquías petroleras de la zona, tanto la oposición tolerada como la que no está autorizada denuncian que carece de verdadero contenido. Se quejan de que el rey Hamad no ha contado con los bahreiníes para redactar la Carta Magna y les ha dado un Parlamento sin verdadero poder (una Cámara alta de designación real limita su capacidad de control del Ejecutivo).
Una década después la desilusión es evidente. Los chiíes se quejan de que las autoridades han diseñado los distritos electorales para reducir su peso y exigen un sistema electoral que les dé una representación proporcional. También los liberales aspiran a controlar el gasto público y acabar con el traspaso de propiedades públicas a manos de la familia real. Unos y otros denuncian la política de naturalización, que está otorgando la nacionalidad árabes suníes con el objetivo de cambiar el equilibrio demográfico.
El malestar de los chiíes ya estalló en disturbios en agosto de 2010 debido a la detención de 23 figuras políticas y religiosas, a las que las autoridades acusaron de intentar derrocar a la monarquía tras haberse reunido con miembros de la Cámara de los Lores británica para explicarles la marginación de que se sienten objeto. Hubo varios cientos de detenidos.
La cercanía de Arabia Saudí e Irán explican la importancia estratégica de este archipiélago de una treintena de islas y apenas 750 kilómetros cuadrados. No es casualidad que tenga aquí su base la V Flota de la Marina de EEUU, lo que sin duda suma preocupación por su estabilidad.
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