Una ola de cambio

La pobreza, el hartazgo por el inmovilismo político y la falta de democracia han encendido la mecha de protestas sociales en el Magreb y Oriente Próximo. Primero cayó el presidente de Túnez, Ben Ali, y después el de Egipto, Hosni Mubarak, como consecuencia de una presión popular que, tras dos semanas de protestas, se volvió insoportable para el régimen.

compártelo

  • Compartir en Eskup
  • Compartir en Facebook
  • Compartir en Twitter

Líbano

Revueltas en Líbano

Líbano

#
Michel Sleiman (presidente)
Población 14-29 años:
28%
Renta per cápita:
5.854 euros
Paro:
no hay datos
IDH:
no hay datos
Alfabetización:
87.4%
Musulmanes:
59.7%
Cristianos:
39%

FOTO: AFP GAMAL NOMAN

Un país en medio

OSCAR GUTIERREZ

Frena en seco en medio de la vía y mete marcha atrás. No suena bien. A su derecha, el vehículo se ha pasado de largo a cuatro jóvenes -algo distraídos- de puntillas sobre la mediana con la vista entretenida en sortear -solo con la vista- la valla de enfrente y la poca luz que deja el atardecer. Están en Líbano, en el sur del país, en la localidad de Marjayún. Ese enfrente que intentan dar forma con las luces de la noche haciendo chiribitas en los ojos es Israel. “¡Marchaos de aquí inmediatamente!”, grita histérico el conductor tras recorrer 50 metros con el culo de morro. Muy de Líbano. No es militar, pese a la presencia de tanquetas de la ONU en la zona. Es, en apariencia y sencillamente, un vecino de la pequeña localidad desde donde los militares españoles dirigen parte del contingente desplegado de la FINUL (Fuerza Internacional de Naciones Unidas para Líbano). No quiere a esos cuatro espectadores por allí. Es de agradecer, son un blanco fácil.

El nervio de esa carretera en tensión, frontera no reconocida de dos enemigos acérrimos, recorre hasta el corazón de Líbano las venas abiertas de una tierra encantadora y maldita. Deshaciendo el camino hacia el norte, hacia la capital Beirut, el serpenteo del asfalto tiene que hacer parada en el castillo de Beaufort, enclave estratégico desde donde las milicias de Hezbolá han recibido la embestida israelí –la última, en la guerra del verano de 2006 iniciada por la captura de dos soldados de Israel- y desde donde la mirada puede perderse en un triángulo de tierras espectacular con vértices en Siria, Israel y Líbano. Un triángulo que, al menos en parte, encierra el latido trastabillado de los libaneses, testigos al margen todavía de la ola de revueltas populares por el cambio que sacude estos días Túnez, Egipto, Yemén, Jordania, Arabia Saudí, Omán, Libia…

La salida del Gobierno libanés el pasado 12 de enero de los ministros del bloque de oposición que lidera Hezbolá, esto es, los partidos en torno a la coalición '8 de marzo' nacida un mes después del asesinato en 2005 del carismático dirigente Rafik Hariri, dio la penúltima puntilla a los trabajos del Tribunal Especial de Naciones Unidas que investiga el magnicidio y sumergió al país -si no lo estaba ya- en su enésima crisis. Tras las últimas elecciones, esa alianza de partidos junto a la que se sienta al otro lado del arco parlamentario, la llamada '14 de marzo' y que lidera Saad Hariri, hijo de Rafik y hasta hace unos días jefe del Ejecutivo, coaligaban en un esfuerzo sin mucho éxito por gobernar el destino de los libaneses.

El puñetazo de Hezbolá ha puesto, en menos de 15 días, a un candidato de su cuerda al frente del Gobierno

Cuatro días después de la caída del Gobierno de Hariri, la corte de la ONU anunció que tenía listo el dictamen sobre el crimen contra su padre, hecho que lanzó las primeras protestas en barrios del oeste musulmán de Beirut y multiplicó la presencia de por sí ya elevada -aunque un tanto testimonial- de militares y tanquetas en la capital libanesa. ¿Por qué protestaban? Pese a las primeras tesis que apuntaban a la implicación de Siria en la muerte de Rafik Hariri -el entonces ex primer ministro había abierto la puerta a la salida del país de los militares sirios iniciada durante la guerra civil-, los coletazos del dictamen, cuyo contenido no se ha hecho público aún, ponen el punto de mira en miembros de Hezbolá, partido milicia chií con lazos en Siria e Irán considerado terrorista por la Unión Europea y Estados Unidos.

El puñetazo de Hezbolá ha puesto en menos de 15 días y gracias al apoyo del líder histórico druso Walid Jumblatt a un candidato de su cuerda al frente del Gobierno, el multimillonario magnate de las telecomunicaciones Nagib Mikati. Suní como manda la Constitución para la jefatura de Gobierno (la presidencia recae en un cristiano maronita y el liderazgo en el Parlamento, en un chií), Mikati, educado en EE UU y uno de los 500 hombres más ricos del mundo, guarda buena relación con la familia Assad que gobierna la vecina Siria. La designación del candidato del Partido de Dios como primer ministro -que al cierre de este artículo no había logrado aún formar Gobierno- asesta demás por extensión un fuerte varapalo a la presión de Washington sobre Líbano, que apoyaba a Hariri y los trabajos del tribunal internacional.

Líbano está en medio. A norte y sur, también a este y oeste, el mundo árabe convulsiona para cambiar bajo la mirada de Washington, Tel Aviv y Bruselas; con el empujón de las redes, de Twitter y Facebook, Al Yazira, el hartazgo social, y la presencia, sea como sea, de la confesión religiosa. Pero la crisis en Líbano -las crisis- va de otra cosa, aunque comparte muchas. Viene de atrás. Tienen sus problemas. Ahora bien, Líbano y sus ciudadanos seguirán en medio.

Análisis

Un magnate que se lleva bien con todos

Un magnate que se lleva bien con todos

ENRIC GONZÁLEZ

El primer ministro Najib Mikati tiene buena relación con Siria, Irán, EE UU y Arabia

En imágenes

Protestas en Líbano

Protestas en Líbano

La división religiosa del país dificulta que esta sea una revuelta como las de Egipto o Túnez

ELPAÍS.com
© EDICIONES EL PAÍS, S.L. - Miguel Yuste 40 - 28037 Madrid (España)