Una ola de cambio

La pobreza, el hartazgo por el inmovilismo político y la falta de democracia han encendido la mecha de protestas sociales en el Magreb y Oriente Próximo. Primero cayó el presidente de Túnez, Ben Ali, y después el de Egipto, Hosni Mubarak, como consecuencia de una presión popular que, tras dos semanas de protestas, se volvió insoportable para el régimen.

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Omán

Revueltas en Omán

Omán

Sultán Qabús bin Said
70 años. En el poder desde 1970.
Población 14-29 años:
32%
Edad media:
23.9 años
Renta per cápita:
17.876 euros
Paro:
15%
IDH:
64º de 169
Alfabetización:
81.4%
Musulmanes:
Ibadi 75%
Otros:
Suníes, Chiíes e Hinduistas: 25%

La autocracia benevolente

ÁNGELES ESPINOSA

Las protestas que han estallado en Sohar, el segundo puerto de Omán, han sorprendido además de alarmar. El sultanato, la segunda monarquía petrolera árabe alcanzada por los vientos de cambio que agitan la región, estaba considerado uno de los países más estables de la zona. Aunque gobierna con poder absoluto desde hace 40 años, Qabus ha sido un autócrata benevolente que ha logrado mantener alejados tanto los excesos de sus vecinos como el terrorismo islamista.

Educado en la Academia Militar británica de Sandhurst, Qabús chocó a su vuelta a Omán con el estilo feudal de su padre que le conminó a una suerte de arresto domiciliario. En un golpe de Estado que recuerda el argumento de La vida es sueño de Calderón de la Barca, el joven príncipe, ayudado por los británicos, derrocó a su padre y lo envió al exilio a Londres. Empezó así lo que la propaganda oficial ha bautizado como “renacimiento”, del que el pasado 18 de noviembre se celebró el 40 aniversario.

El sultanato, la segunda monarquía petrolera árabe alcanzada por los vientos de cambio que agitan la región, estaba considerado uno de los países más estables de la zona.

Esta balsa de aceite en una región convulsa se atribuido además a la naturaleza de la propia sociedad omaní, con una larga historia de contactos con el exterior y la herencia de un imperio que abarcó desde Zanzíbar hasta el Baluchistán. También, a que los omaníes siguen una rama del islam, el ibadismo, particularmente tolerante. Las minorías tienen derecho a tener sus lugares de culto y la introducción progresiva del turismo logró evitar choques culturales.

Como en el resto de las monarquías de la península Arábiga, el salto desde la Edad Media hasta el siglo XXI en unas pocas décadas ha sido posible gracias al petróleo. Sin embargo, sus recursos son muy inferiores a los de sus vecinos, algo sin duda ha contribuido a que su desarrollo también haya sido más a escala humana. Los omaníes, aunque mimados por un Estado del bienestar en el que no se pagan impuestos, tampoco pueden vivir del cuento. El problema, ahora puesto de relieve, es que la administración, con sus trabajos cómodos y bien pagados, ya no da para más.

La mayoría de los nacionales son jóvenes que han tenido acceso a la educación, pero que a la hora de buscar empleo ven sus aspiraciones frustradas

Omán tiene 3,2 millones de habitantes, de los que un tercio son inmigrantes extranjeros. Como en el resto del mundo árabe, la mayoría de los nacionales son jóvenes que han tenido acceso a la educación, pero que a la hora de buscar empleo ven sus aspiraciones frustradas. Aunque su situación económica sea en general mejor que la de los jóvenes egipcios o libios, la sensación de impotencia y de no controlar su futuro es muy parecida. En el sultanato no hay partidos políticos, el Consejo Consultivo carece de capacidad legislativa y los medios de comunicación están muy controlados.

Sin duda, los recursos del país y la pequeña población permiten responder a esas necesidades. El monarca tiene margen para ampliar las vías de participación de sus súbditos. Hay no obstante un elemento de riesgo: la opacidad del sistema sucesorio. A pesar de su buena salud, Qabús tiene 70 años y carece de descendientes. En consonancia con la tradición ibadí, un consejo familiar debiera elegir al sucesor en las 24 horas siguientes a su muerte, pero dado el carácter carismático del régimen las dificultades para alcanzar un consenso se multiplican.

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