La pobreza, el hartazgo por el inmovilismo político y la falta de democracia han encendido la mecha de protestas sociales en el Magreb y Oriente Próximo. Primero cayó el presidente de Túnez, Ben Ali, y después el de Egipto, Hosni Mubarak, como consecuencia de una presión popular que, tras dos semanas de protestas, se volvió insoportable para el régimen.
FOTO: Agencia FRANCE PRESSE
EL PAÍS
El 17 de diciembre de 2010, Mohamed Bouazizi se inmoló en la ciudad tunecina de Sidi Bouzid. Este joven en paro de 26 años que vendía frutas y verduras para sobrevivir probablemente no esperaba convertirse en un héroe internacional cuando se roció con gasolina y se prendió fuego en protesta por la falta de oportunidades en su país. Bouazizi murió en el hospital el 5 de enero y, como consecuencia, vio la luz una revuelta popular que acabó con la dictadura del presidente Zine el Abidine Ben Ali (23 años en el poder) y que encendió los ánimos de miles de personas en Argelia, Libia, Egipto, Yemen, Gaza, Jordania y el Líbano.
La desesperación de Mohamed Bouazizi era habitual. En el país del pequeño Magreb con la renta per cápita más alta (2.715 euros frente a los 2.053 de Marruecos o los 1.500 de Egipto) existe sin embargo, un problema grave de desempleo: más de medio millón de personas no tienen trabajo, sobre un total de 10 millones de habitantes (muchos de ellos jóvenes diplomados).
El primer ministro, Mohamed Ghanuchi, mano derecha de Ben Ali que asumió el poder bajo la promesa de emprender una transición democrática, ya ha reemplazado a los últimos ministros de la vieja orden y anuncia medidas para aplacar las protestas: ayudas económicas y tarifas más baratas del transporte para licenciados desempleados, duplicación de los fondos de ayuda al desarrollo para regiones desfavorecidas… Las familias de las víctimas de la revuelta (cifradas por la ONU en 219) recibirán 240 millones de euros en indemnizaciones, y los dueños de negocios saqueados también recibirán compensaciones. La Agencia de Comunicaciones Externas, el organismo que dirigía la censura, ha dejado de existir.
La revolución de Túnez ha constituido, además del germen de los cambios políticos en los países árabes, el paradigma de las nuevas tecnologías como herramienta de cambio: Twitter, Facebook, y demás redes sociales sirvieron a los tunecinos para esquivar la censura oficial y enterarse de las muertes (y detenciones de periodistas y activistas. El grupo de ciberactivismo Anonymous, se implicó apoyando las revueltas con un colapso masivo de los sitios web del régimen.
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