Breve, pero intenso. Así es el relato que tienes que enviar antes del 23 de mayo para participar en el Concurso de Relatos Cortos “Un verano en AndalucÃa”, convocado por la Consejería de Turismo, Comercio y Deporte de la Junta de Andalucía y El Viajero. Si tu relato es el mejor podrás disfrutar de  un fin de semana para dos personas en un fantástico Hotel de Andalucía.
Relatos enviados
Rosa soñaba con vivir la Semana Santa en alguna ciudad Andaluza, la familia de su marido era toda de Córdoba, menos su marido, el ya había nacido en una bonita ciudad de Valencia donde vivían. Rosa nunca había visitado ninguna ciudad andaluza, un día decidieron pasar las vacaciones familiares y esas vacaciones fueron las más maravillosas por su encanto, su arte, sus gentes, sus calle por todo. Rosa sueña con volver una y otra vez es su pasión. Le ha pedido a su marido que el viaje para la celebración de sus bodas de plata sea a Andalucía. Y quiere vivir su Semana Santa Andaluza y eso que en su ciudad la Semana Santa es de Interés Turístico Nacional. Rosa ama Andalucía.
23/05/2008 Rosa M. Verdú Vivó
El despertador de Julio sonó a las seis y media de la mañana, era un viernes de la última quincena de marzo y a las ocho entraba a trabajar. La inercia fue quien lo vistió y lo llevó hasta la oficina. La gris monotonía despertaba de nuevo en Madrid. Lo único que lo salvó de no tirarse por el hueco de las escaleras, en lugar de bajarlas, fue la fortuna de hallarse ante el último día laboral de la semana. En la oficina, las caras de sus compañeros conformaban una gradación que iba desde el despertar risueño a la mala leche matutina. Julio se incluía, sin duda, en el último grupo. A sus veinticuatro años, ya estaba hastiado de la vida laboral. Vida que únicamente le proporcionaba un sueldo que aún no le había permitido abandonar el nido familiar. Su mal humor se fue evaporando a medida que iba despertando y, a la hora de comer, incluso nacieron en él ciertas notas de sentido del humor, muy valoradas entre sus compañeros de trabajo. A media tarde, consiguió despistar la supervisión superior para llamar a Jorge, Chema, Juan y Luis para urdir un plan de perfecta diversión nocturna, que finalmente quedó remitido a la discoteca de siempre. Salió del trabajo con el tiempo justo de pasar por su casa a ducharse, afeitarse, perfumarse y ponerse sus tejanos buenos y una camiseta nueva, de un color rojo indudablemente impactante. Antes de dirigirse al templo del baile, cenaron cualquier cosa en un restaurante no demasiado elegante. Entre bocado y bocado, conversaciones tontas y risa fácil. Ridiculizar a cualquiera de los cinco era el objeto humorístico más fácil. Aunque, en su defecto, también servía alguna de las chicas con que se hubieran acostado. Una vez en la pista de baile, los cubatas les quemaban en las manos. Cuando Julio había bebido lo suficiente como para tener que ir al baño con más frecuencia de lo que la rectitud de sus pasos admitía, decidió buscar a la afortunada que pasaría la noche en su casa. Un exceso que tan sólo podía permitirse cuando sus padres pasaban el fin de semanas lejos de la urbe. En una de sus idas y venidas se fijó en Marta, aunque este nombre era un dato que todavía ignoraba. En cambio, sí sabía que era una chica rubia que vestía ropa peligrosamente apretada. Chema le pasó las pastillas de éxtasis que le debía antes que su conversación empezara. No fue difícil convencerla de que lo mejor era ir a su casa. Echaron un polvo poco duradero y algo torpe, a juzgar por el nivel de droga que el cuerpo de Julio albergaba. Marta de durmió prácticamente al instante. Él, sin embargo, encendió la televisión un rato. Era demasiado tarde como para que el preciado aparato emitiera algo visible y, aunque la atención de Julio no estaba demasiado despierta, si algo odiaba en el mundo, eso era la tele tienda. Tras pasar por diversos canales en que ésta era la protagonista, encontró, al fin, un canal que emitía publicidad. Tras cuatro o cinco anuncios a los que no prestó mucha atención, apareció en pantalla un anuncio de Andalucía. Un anuncio en que la Junta mostraba la magia de valles, playas, dehesas e innumerables exquisitos rincones de la comunidad, todo ello aderezado con una canción de Chambao. Al visionar el anuncio, Julio sintió que en el interior de su alma se producía una revelación. Hastiado de la monotonía de la vida laboral, y de un ocio reglado y para nada excepcional, vio en Andalucía su salvación. Despertó a Marta y la echó de su casa. La joven se fue, no sin brindarle algunos de sus mejores insultos. Inmediatamente, se dirigió a Internet, para buscar un medio de transporte con que llegar a su anhelado destino. Tras consultar horarios de trenes y aviones cayó en la cuenta de su error. Estaba pensando como un absurdo madrileño, y no como un intrépido andaluz. Sin lugar a dudas, para llevar a cabo su aventura requería la ayuda de un burro español de pura raza. En el mismo Internet encontró la dirección de los últimos hombres que los criaba. Cogió la tarjeta de crédito y las pastillas de éxtasis que le quedaban. Sacó todos sus ahorros y llenó el depósito de coche de gasolina. Cundo llegó a la dirección que aquella noche se había anotado en la mano, abandonó el coche y se dejó todo su dinero en la compra de su fiel compañero. Andalucía lo estaba esperando.
23/05/2008 Cristina González Mañà
Hasta que tuve 23 o 24 años no conocí lo que era un veraneo completo en mi ciudad -andaluza, costera y adoptiva-, y por tanto, tampoco una feria urbana de agosto. Y es que desde julio hasta septiembre me iba fuera, con mi abuela, a su campo que estaba en Jaén, en Alcalá la Real; mis padres y mis hermanos llegaban luego, en agosto. En aquellos años, esto de irse fuera de la ciudad a veranear, era rareza, al menos en mi ciudad, que era de mar, al menos entre mis amigas. Pero cuando rondaba los diez años, justo la edad en la que crees que deberían dejarte decidir sobre tu propio destino, esta peculiaridad comenzó a tomar tintes demasiado sombríos e hizo que me sintiera en franca desventaja con respecto a las niñas de mi clase. La verdad es que mis conclusiones iban más allá: estaba convencida de que esta terrorífica situación era única en el mundo, ya que todos las niños que lo habitaban, a excepción hecha de los que componían mi familia, se pasaban todo el verano bajando a la playa y con seguridad todos iban a las ferias de sus ciudades y gozaban por tanto de todas las cosas buenas que ello traía consigo. Las consecuencias de la peculiar forma de veranear que habían decidido nuestros padres eran terribles para todos nosotros, pero vaya, a mi me preocupaba fundamentalmente las que me afectaban a mí: no podía bañarme todos los días que no hubiera olas, ni tenía vestido de flamenca que ponerme, ni columpios en los que montarme, ni, por supuesto, algodón rosa que comerme. De entrada, servidora tenía todas las papeletas para ser una niña muy desgraciada. Y digo de entrada porque a partir de la primera puesta en común la cosa cambió. Para mi sorpresa, eso sí, pero cambió. Ninguna de mis amigas me lo reconoció, ninguna dijo nada. No hizo falta. Comprobé por sus caras que lo que yo contaba era mucho más atractivo, creo que, para ellas, en algunos aspectos rozaba lo exótico y en todos los casos pienso que lo veían entretenido, dado que me dedicaba a cosas como las que indico a continuación: 1.- Ayudar a mi abuela en la cocina a hacer buñuelos, papuecas, churros, polvorones, roscos, mantequilla, pan rallado. 2.- Rebañarle las cacerolas de las natillas, de la bechamel y de todos los postres que nos hacía. 3.- Buscar en la despensa y en la alacena de mi abuela los rosquillos de vino, las tortas de manteca y las patatillas fritas que ella hacía y coger unos pocos para que no se notara mucho. 4.- Después de desayunar y hasta la hora de la comida degustar frutas "ad libitum", un día tocaban peros, otros manzanas, otros ambos, alguno tomate y pepino con sal, alguna ciruela claudia, avellanas. Algunos días, tocaban todas. 5.- Bañarme con mis hermanos y mis primos en el estanque limpio y aprender a nadar y a tirarnos; también sortear a mis tíos en los bordes para conseguir no ser tirada sin rosco. 6.- Buscar animales raros en el estanque sucio siempre con precaución para no caernos dentro y evitar así ser comidos por algún ejemplar carnívoro, aunque en todos los años que estuvimos sólo llegamos a ver culebras y ranas. 7.- Después de merendar –pan con membrillo, con aceite, con salchichón de matanza, con chocolate- comer brevas y nueces. Las brevas cogidas del mismo árbol subiéndome a la tapia. 8.- Ayudar a la casera por las tardes a dar de comer a los pollos, a los cerdos, a los pavos, a los conejos. De paso recogíamos los huevos de las gallinas hueras a las que colocábamos debajo huevos de escayola para que pusieran más de verdad. 9.- Aprender con la casera, también por las tardes, a regar las plantas, a hacer nuevas macetas en latas de conserva, a lavar la ropa en el lavadero. 10.- Correr detrás de los pollos pequeños sin que su madre nos picara y perseguir a los pavos con un palo y tirándoles cosas para que gritaran. 11.- Hacer excursiones con marchas agotadoras que implicaban atravesar unos quinientos metros de terrones de olivos bajo un sol de justicia a las doce de la mañana. La comida estaba incluida, y la hacíamos media hora después de salir, durante la misma, oíamos a mis tías y a mis padres hablar mientras se bañaban en el estanque. Lo malo eran sobre todo las avispas que no querían perderse la tortilla de patatas y los tomates aliñados que preparaba y compartía con nosotros mi tía Pili. A las dos estábamos de vuelta y otra vez con hambre, claro está. 12.- Encontrar caracoles después de las tormentas y ponerlos en una caja con harina para prepararlos antes de que mi madre los cocinara. 13.- Por la noche, buscar gambusinos con mi padre, bueno intentarlo. Nunca los vimos. El parece que sí. A veces también encontrábamos algún gusanillo de la luz en el jardín que nos llevábamos a lo más oscuro para verlo bien. 14.- Coger flores y semillas de dompedros por la tarde y hacer con ellos collares, rosarios, pulseras y anillos. Con el contenido de las semillas intentamos una vez hacer colonia, mezclandolo con colonia de mi madre, sin éxito por cierto. 15.- Coger renacuajos y ranillas en el estanque y meterlos en un cubo. También hacer que las ranas saltaran desde la mano al cubo. Decidían morirse en el mismo día digo yo que por no aguantarnos. 16.- Buscar lagartijas para cortarles el rabo y ver cómo se movía solo y saltamontes para meterlos en una caja de cerillas grandes a la que se le hacían agujeros para que respiraran. Me faltan un montón de actividades, pero no quiero aburrir. Conforme fue creciendo, fui dejando de hacer algunas de estas y empecé otras diferentes. Y así, hasta que dejé de ir. Luego ya fue cuando fui a feria de mi ciudad. Sólo estuve una vez.
23/05/2008 María Luisa Campos Daroca
¿Has visto nunca el mar en tierras de Cádiz, viajero? Ahí el mar no se llama mar. Ahí el mar es una palabra con un ligero resquicio de lengua tartesa, una inmensa llanura azul que los pescadores de las playas de Zahara señalan con el dedo cuando quieren referirse a él. Ahí el mar es una gran batalla de olas que arrancan y desgajan trozos de roca rompiendo contra los salientes de los acantilados. Sus crestas blancas trazan un deje espumoso en las arenas de la playa, y arrastran con ellas un muestrario de conchas y algas que algún marinero atento pasará a recoger, temprano, al despuntar los primeros rayos del alba. Es la vastedad transparente surcada antaño por navíos fenicios, que se tiñe de rojo intenso en la época de la almadraba y los barcos atuneros. Es la cuna de la costa del Sol, el reflejo de un cielo profundo que proyecta, en los meses de calor, su luz irisada sobre las aguas. El mar en tierras de Cádiz huele a brea y a sangre, y por la noche, cuando nadie mira y las casas del pueblo echan el cerrojo y lucen su blancura encalada, sus mareas acunan la tierra morena. Tierra de raíces marineras, de tradición íbera y visigoda, ahí el mar y la tierra se confunden en un solo color, un solo paisaje. El mar, la mar, el mar, sólo la mar, en los versos de Alberti. ¿Te imaginas el color de los azulejos de la Alhambra en el mes de julio, cuando el calor aprieta y las nubes blanquecinas disipan el ardor del verano granadino? Quítate las sandalias, viajero, y respira el aroma de las mezquitas moras, la delicadeza de su arquitectura de arabescos. Pisa mil años de historia mientras tu ser se sumerge en la algarabía de voces, colores y olores que impregnan esta ciudad de califas. Camina sobre sus palabras: Albayzín, Darro, Guadix, Generalife. En ellas se encierra la esencia árabe de Granada, de la capital de esa Al-Ándalus que aún pervive en la genealogía de sus habitantes, y corre aún por su lengua: alcanfor, tahona, alcor, zagal, atarazana… Pasea, viajero, por las callejas del Sacromonte, donde el salero gitano de sus cuevas horadadas seducen al turista, y donde el aire a saeta y a bulería se nota en la piel abrasada por el ardor del sol. Jamás pudo la Reconquista cristiana lograr que un sol que una vez fue moro dejara de calentar como tal. Quemarás tu cuerpo y tu alma, viajero, mientras avanzas descalzo en el estío por los barrios de Granada, y conoces su embrujo y su arte, su pasión y sus secretos. Y da tus limosnas, viajero, que no hay pena más triste que la de ser ciego en Granada. ¿Imaginas ahora Córdoba, viajero? La niña bonita, de ojos de azabache y largas pestañas, vestida en su traje de lunares, que resplandece en sus sonrisas de colores. Azul mediterráneo en los postigos, verde y rosa en los patios, y rojo de clavel prendido en melena negra de gitana. Brillo de luna de noche veraniega, y blanco, mucho blanco, blanco de azucena en las fachadas, blanco de jardines de jazmín en sus calles, blanco puro de flores de azahar y de brillo de luna en noches veraniegas, blanco de luz de mes de agosto, y blanco limpísimo de cumbre de sierra. Hay una tierra allá en el sur, viajero, antes de cruzar el estrecho. Una tierra de belleza extraña, una lindeza sureña. Una tierra de hermosura salvaje. Sólo allí, viajero, y en ninguna parte salvo allí, elegirás (llegado el momento) enterrar tu dicha, y también enterrar tu llanto.
23/05/2008 Paula Peremiquel Trillas
Contar mis vacaciones en Andalucía… No sé por dónde empezar, porque, durante toda mi vida, he pasado parte de mis vacaciones en distintos lugares de Andalucía. Los recuerdos me vienen a saltos, a mi imaginación, y muchas veces recuerdo lo que ocurrió pero no puedo recordar cuándo sucedió. Pasan por mi memoria, pasajes alegres de niñez y juventud en playas doradas por el sol, y atardeceres espectaculares, sintiendo la brisa del mar rozándote la piel y el rumor de las olas al romper en la orilla. Otras tantos paseos por alguna ciudad o pueblo de esta tierra, nuevos para mí, sintiendo el encanto de descubrir sus entramadas callejuelas, sus casas blancas deslumbrantes por el sol, sus gentes entrañables llenas de sabiduría popular y buen hacer, el vocabulario propio de cada lugar…, todas estas cosas, remueven en el interior de cada persona sensaciones y sentimientos que se hacen únicos, las vivencias inolvidables y dejan un sabor renovado que despiertan las ganas de volver a estos lugares. Para mí, he pasado los mejores momentos de mi vida y he disfrutado de largas temporadas, en la Serranía de Córdoba, concretamente en un pueblecito que se alza en pleno corazón de Sierra Morena, llamado Villaviciosa de Córdoba, el cual ocupa un lugar muy importante en mi corazón. Los paisajes de los que se disfruta no tienen adjetivos para describirlos, la naturaleza te envuelve con su variada gama de colores, los aromas se mezclan por el aire y el silencio de los pinos susurra en los oídos, sólo interrumpido por el canto de algún pajarillo o el chasquido de una rama resquebrajada por el paso de algún animal. Tú y la naturaleza, solos, encontrados, te lleva a un grato viaje hacia tu interior, descubriendo sensaciones, que te llevan a alcanzar la plenitud de un pensamiento aligerado. Ahí, en ese lugar, he conocido a personas que se han convertido en amigos, he disfrutado de sus fiestas y me he empapado de sus tradiciones, mi familia es natural de la zona, con gran cariño recuerdo a mi abuela y los momentos felices que hemos pasado juntas, y allí, coincidiendo en periodos de vacaciones, he conocido el amor, que hoy forma parte de mi vida. Por ello, poco a poco, como me ha ido saliendo, he tratado de contar mis vacaciones año tras año, en una tierra que es la mía, mi querida Andalucía, una cordobesa que os invita a embriagaros del embrujó de Andalucía.
23/05/2008 Raquel Muñoz Diaz
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