En pocas palabras puedes hacer un relato de premio.
Envíalo antes del 29 de agosto y participa en el Concurso de Relatos Cortos "Un paisaje andaluz", convocado por la Consejería de Turismo, Comercio y Deporte de la Junta de Andalucía y El Viajero. Si tu relato es ganador, podrás disfrutar de un fin de semana para dos personas en un fantástico hotel de Andalucía.
Los diez mejores relatos se publicarán en la Web de El Viajero, y el relato ganador junto con el nombre de su autor, el sábado 20 de septiembre en el Extra Turismo Interior en Andalucía de El Viajero.
Relatos enviados
En lo alto de la montaña se hallaba, sin salida alguna, pero sintiéndose victorioso de tan increíble gesta. Éste, sabedor de su inmediato destino, dirigió la mirada al frente, a la inmensidad de la noche. Al mismo tiempo, con las retinas de color parejo a lo que le rodeaba, comenzó a acatar lo que se le venía encima. Cruel destino, la vida le había negado. En un intento de recordar algo antes de lo inevitable, algo que le acompañara hacia la posteridad, lo más maravilloso de su vida, cerró los ojos, pues sólo así podría divisar tan esplendida armonía. Ya, no la volvería a palpar. Mirándose hacia sí, con los párpados vencidos, empezó a observar como sus manos eran más jóvenes. Palpándose advirtió como su cuerpo se había transformado en la débil figura de un niño. Un frágil recuerdo de su infancia. Aquí, se encontraba libre. Aquí podía hacer lo que más le gustaba; entremezclarse con tan dulce vals orquestado por el más maravilloso de los directores; divisar tan compleja arquitectura; admirar tantas tonalidades de verde. De norte a sur y, de este a oeste, el aromático carácter mediterráneo impregnaba todo los rincones de este bello paraje. La dulce brisa, proveniente de la inmensa película plateada que protegía a la tierra que le vio nacer, envolvía los campos de una manera especial. Incontestablemente, algo inigualable. Acariciadas por este aire embriagador, encinas y alcornoques vigilaban celosamente esta bella fortaleza paisajística de manera crónica. Enraizadas desde siglos en este edén tan particular, han visto como el sol se escondía tras sus espaldas de manera incansable año tras año, día tras día. Tan sólo una parte de un todo. De la mano de sus interminables ramas, entraba en escena un fiel compañero de viaje; el alma por excelencia de la campiña; contenedor de riqueza, pues posee lo que nadie tiene, oro corriendo por sus venas. Quién si no, si no ellos, gordales, manzanillos y picuales. Quién si no, si no ellos, alma máter del paisaje. Quién si no, si no ellos, denominador común de todas y cada una de las provincias, tan diferentes, tan iguales en el fondo. Entre sus brazos arrugados volvería a columpiarse. Pararía las agujas del reloj, pues allí es donde quería estar. De nadie, pero a la vez de tantos, los caminos de leyenda de este particular paisaje guardaban en su memoria infinitas huellas del ayer. Por ellos caminaron innumerables civilizaciones las cuales ayudaron a forjar este carácter tan singular. Fenicios, vital vínculo de pueblos, pues ellos hicieron más Nostrum el Mediterráneo. Romanos, precursores de Gades; ellos dejaron las ruinas de Itálica para la posteridad. Árabes, constructores de maravillas, pueblo sabio y adelantado a su tiempo; la Alambra, la punta del iceberg de su herencia. La hora se acercaba y, con ella, se aproximaba paralelamente el destino escrito. La tensión se podía palpar en el ambiente. Ésta, afilada y fría como la noche que arropaba, permanecía flotando de manera amenazante entre los asistentes de tan macabro teatro. El cierre del telón se arrimaba, aunque sin la tan merecida ovación de los protagonistas. En la profundidad de la sierra, junto a la oscuridad de la noche, la función se desarrollaba de manera implacable. Desde lejos se podía divisar los innumerables destellos de luz que se producían en lo más recóndito de la montaña. De igual forma, pero con un ligero desfase, se podían advertir los estremecedores estruendos que acompañaban a estos primeros. Todo el mundo era consciente de lo que se trataba y, al mismo tiempo, todo el mundo trataba de esconderlo en lo más profundo del inconsciente. Aunque a solas le apetecía estar, la compañía se le había impuesto de una forma obligada. Esta injusta imposición física no podía evitar que pudiera encontrarse junto a lo que más le llenaba en esencia, en lo más profundo de su ser. Con los ojos aun cerrados, permanecía a kilómetros de distancia, alejado de lo que era, junto a lo que debería ser. Nadando entre un mar de soles, el niño que algún día pasado fue, correteaba por el campo de girasoles enfadados con el astro rey, pues le daban la espalda a la espera de una disculpa. A lo largo del tiempo, un vínculo vital ha unido a este singular ser amarillo con este paisaje, pues sus raíces van más allá de la tierra que los protege. ¿Por qué no podía ser como ellos? ¿Por qué no podía calar en este bello lugar de forma perenne? Sumergido en esta eterna fuente de inspiración, y de manera casi puntual, se sentaba a escribir su diario todas las tardes rodeado de girasoles. Plasmaba todo cuanto sus ojos podían ver por si alguna vez, por el motivo que fuera, olvidaba tan sólo el mínimo detalle, de aquello que era tan suyo. Aun lo recordaba como si fuera ayer. El niño que una vez fue, todavía seguía siendo dentro de él. De repente, mientras seguía escribiendo escondido tras los cultivos típicos de la campiña; entre los inmensos trigales, los blanquecinos algodonales, entre las enormes estructuras compactadas de heno; la voz de su madre mencionando su nombre se abría camino de entre la característica banda sonora del lugar, la incombustible sinfonía de las chicharras. Descalzo, sintiendo así el suelo que pisaba de una manera más estrecha, corría hacia su encuentro. En ese instante, como si fuera un resorte, algo le hizo despertar de forma violenta. Alguien le había propinado un golpe en la cabeza con la culata de una pistola a la par que coreaba su nombre. Desgraciadamente, no era su madre la que lo reclamaba, sino un oficial del ejercito. Con los ojos bien abiertos y, con la mirada hacia el horizonte inmenso, se disponía a recibir lo que normalmente nadie quiere para si. Más de diez fusiles apuntaban de manera acusadora hacia todas las partes de su frío cuerpo. Sólo ante el batallón de fusileros, únicamente se encontraba acompañado de su diario, su más fiel compañero de viaje, pues siempre lo llevaba consigo. Éste portaba la descripción de lo que más quería en este mundo; con lo que en unos instantes se mezclaría de una forma eterna, con su tan ansiado paisaje andaluz.
29/08/2008 Antonio Gallardo Galán
Cartagena es una hermosa ciudad cuando aprendes a mirarla. Nos trasladamos allí al poco de casarnos. Me surgió un buen puesto en una refinería y no quise desaprovecharlo. Al principio ella no quería salir del pueblo, pero al final acabó acostumbrándose. Vivimos juntos en aquella ciudad durante cinco años y después nos divorciamos. Los primeros meses después del divorcio fueron bastante duros. Depresiones, ansiedad y alcohol. Mucho alcohol. Demasiado. Pero al final la cosa acabó normalizándose. Cada cual tomó su camino y, antes de que transcurriera un año, pudimos volver a vernos sin llegar a las manos. Tal vez habíamos hecho lo correcto. Las cosas no nos habían ido bien y empezaba a ser difícil vivir bajo el mismo techo. Nunca llegamos a odiarnos, pero durante algún tiempo fuimos incapaces de soportar la presencia del otro. Ya sabéis… son cosas que pasan. Estando casados volvimos al pueblo una sola vez. Habían pasado dos años desde la boda y todavía teníamos en común todos aquellos planes que nunca llegamos a realizar. Vimos a nuestros padres y hermanos; tíos, primos, sobrinos, amigos y conocidos. Pasamos una buena semana compartiendo recuerdos y paseos entre romeros, tomillos y retamas. Luego volvimos a Cartagena y ya no regresamos nunca más. Ella no se llevaba bien con sus padres y yo no soportaba ver envejecer a los míos. Todos tenemos nuestros puntos débiles. Cuatro años después de aquella visita volví a recorrer el mismo camino. El mismo coche y los mismos paisajes que tantas veces recorrí de pequeño, sólo que esta vez viajaba solo. Salí de Cartagena a las ocho de la mañana. El pueblo estaba en la provincia de Granada, a unos cincuenta kilómetros de la capital. Tendría que recorrer poco más de trescientos kilómetros, pero quería llegar con tiempo suficiente para dar un paseo, tomar un aperitivo y comer en casa. Todo mi equipaje cabía en una bolsa de deporte: pantalones, camisetas, ropa interior y neceser. Más que suficiente para dos semanas. Entré en la autovía, encendí la radio y me dejé llevar. Cuando era niño solía pasar mañanas enteras caminando por el campo. No me gustaba ir a la escuela, así que me escapaba siempre que se presentaba la ocasión. Escondía los libros entre unas rocas que había cerca de casa y caminaba sin rumbo durante horas. A veces subía a la montaña y otras veces bajaba hasta el llano. Me tumbaba bajo las encinas y esperaba escondido hasta escuchar el grito del águila real. Dormía, respiraba y acariciaba los sonidos con el delgado velo de la imaginación. Inventaba historias y dibujaba mapas en mi cabeza que algún día llegaría a recorrer. Buitres y gavilanes, jabalíes y zorros que por las noches bajaban al pueblo para buscar comida entre los contenedores de basura, ocultos en la penumbra de unas pocas farolas mal alumbrantes. Llegaba hasta el río y observaba a los patos desde la sombra. Álamos y fresnos entre cuyas ramas sonaba el silbido del viento recorriendo despacio el horizonte. Lanzaba piedras al agua, buscaba nidos de pájaros y me bañaba entre guijarros pulidos y lisos como el metal. El cielo siempre claro, a veces salpicado por algunas nubes tan finas y largas como agujas. Caminaba descalzo entre el trébol y la avena hasta que el sol me recordaba que los demás niños estaban a punto de salir de la escuela. Entonces recogía mis cosas y volvía a casa mientras una luz que sólo he visto brillar sobre aquella tierra iluminaba sin descanso los extensos campos de olivo. La carretera era estrecha y bacheada. Eran las once y media de la mañana y el sol brillaba con fuerza sobre las piedras del camino y sobre la chapa de mi coche. Una lagartija cruzó la carretera mientras un perro vigilaba mi paso con las orejas apuntando hacia arriba. A unos cinco kilómetros estaba el pueblo. Una mancha blanca al pie de la montaña, allí donde acababa la llanura, entre espacios inmensos que se cerraban como goznes sobre aquel punto lejano. La última vez que había visto a mis padres eran mucho más viejos de lo que podía haber imaginado, así que no sabía muy bien cómo podría encontrarlos. Todo cambia. Es una ley natural. Pensé en las calles de mi pueblo, estrechas y retorcidas. Tal vez también habían cambiado. Mujeres vestidas de negro como manchas móviles sobre fachadas blancas y brillantes. La plaza de la iglesia. Algunos niños, el bar y una tienda donde vendían de todo, desde pan hasta aspirinas. Tractores y carros. Bicicletas y el autobús de la escuela parando en la explanada de las porquerizas. Luz y silencio. Calor y recuerdos. Tal vez mi padre estaría regresando a casa, como tantas otras veces, mientras los ojos de mi madre lo volverían a mirar con aquella impenetrable inocencia que todos los demás habíamos ido perdiendo con el paso de los años. Tal vez aquello todavía no ha cambiado. Y quién sabe cuándo cambiará…
29/08/2008 Francisco García Morales
Antes de zambullirme en la luminosa algarabía de este pueblo que se refresca con el aliento salado del mar (¿o es de la marisma?), hincho los pulmones y ensancho el pecho. Dejo vagar los ojos por las fachadas menguadas y barrocas, que se dirían enharinadas de tan blancas, y por sus tejados color miel, por la torre de la iglesia que estira el cuello y se asoma, por las golondrinas que entreveran de negro el celeste alto y que huyen del sol generoso del Sur. Y me llegan a los oídos los vientos contagiados de redobles de tambores que parecen recordar al turista que está en un pueblo vestido de historia. Y me retraigo, casi a punto de dar un paso atrás. Pasa un instante. O muchos. Es un titubeo parecido al de antes de lanzarme a una piscina. Al final, me atrevo. Dejo caer mi primera pisada y el cuerpo se me estremece con el mismo escalofrío que al contacto inesperado con el agua. Moguer. Una mancha blanca a los pies de Huelva que todos admiran pero de la que nadie habla y, mucho menos, escribe apabullado por la certeza de que no encontrará palabras más hábiles ni metáforas más coloridas que las que dejó su apóstol, el hijo que se fue y que volvió y que volvió a irse, el poeta que hizo su nombre grande, blanco y luminoso. Juan Ramón Jiménez. Moguer viene de cara. Con la frente altiva y los tejados enredados de sol. Moguer airea sus encantos como si fuera ropa tendida en el balcón. Con sólo encadenar unos pasos por sus calles, siempre empinadas y siempre jalonadas con ventanas pudorosas que se tapan con visillos, este pueblo ya presume de su impronta marinera, de su romance con la tierra roja que lame sus afueras, del mar que no se ve pero que le deja rumores salados, de sus tabernas con vapores de coquinas y caracoles, de su herencia romana que resiste tras los muros del castillo, de su pasado colombino que lo vincula con el Nuevo Mundo y con las carabelas y con el pueblo vecino, antes rival y ahora reconciliado, Palos de la Frontera, pero nada es comparable al incombustible legado del poeta nobel y de su burrito mullido, que se me aparecen en todas esquinas como almas atrapadas en este pueblo. Moguer no olvida a Juan Ramón Jiménez. No quiere. Y tampoco puede. Y por eso se me antoja que una mano me estruja el corazón en este pueblo donde aún se adivina la infinita presencia del poeta. Una visita a Moguer es una lectura guiada de ‘Platero y yo’. Porque una lectura de ‘Platero y yo’ es el paseo soñado por Moguer. Y las dos cosas son la misma cosa. Y las dos sensaciones son la misma sensación. Una doble maravilla. Una misma voz pronunciada por dos gargantas. Porque este pueblo blanco como el velo de una novia conserva el decorado que iluminó al poeta. El ambiente y la belleza continúan intactos. Son los actores los que han cambiado. Ya no están Aguedilla la loca, ni Ramona, la castañera de la Plaza del Marqués con su brasero rojeante, ni tampoco el loro que sabía francés o el niño tonto que no hablaba, ni siquiera el querido Platero. Aun así, tengo la insistente impresión de que me he colado en los escenarios de una obra imprescindible para la literatura. Me convenzo de que la inspiración pasea cerca y por todos sitios, en las fachadas donde el sol se mira, en el vino de naranja que deja un sabor dulzón en la garganta y que llena de moscas las bodegas, en la ribera que vigila las marismas, en la plaza de la Iglesia custodiada por la hija pequeña de la Giralda. Moguer es fiel al poeta que huía de la muerte y que ya es eterno en un rincón de la costa onubense. Aquí no vale perderse porque Moguer tiene libro de instrucciones. El circuito de azulejos, ése que rescata fragmentos de ‘Platero y yo’ y los cuelga en las fachadas encaladas para que el turista se sienta un Juan Ramón por sus callejuelas, muestra el camino dorado que conduce a las entrañas del pueblo. Y Moguer se luce en ese puñado de calles que son la columna vertebral de un pueblo que está a punto de dejar de ser blanco como las palmas de las manos, blanco como el migajón de pan –con permiso del maestro-, y blanco como la luz cegada por la cal para teñirse del rojo de los amaneceres palpitantes, del rojo de las mejillas de la patrona, la virgen de Montemayor, pequeñita y milagrosa, del rojo también de los fresones, grandes como puños de campesino, que ya compiten en número de devotos con el mismísimo Platero. Porque al turista también se le conquista por el estómago y el moguereño también le debe veneración a la fruta roja y rugosa que tantas bendiciones y riquezas les ha traído. Y es que el oro puede ser también carmín. Y Moguer deja en la garganta un sabor a fresa azucarada, a pasteles de la confitería desde donde se ve la iglesia, a excursión por un pasado modernista y alborotado de colores, a pueblo literario y suave. Me voy. Dejo Moguer con el ocaso ruborizando las fachadas, con las lejanas fábricas humeantes nublando el cielo y velando a la luna, con el negro bullicio de las gaviotas (negro sobre blanco) ensuciando la noche, con los moguereños disfrutando de su pueblo juanramoniano y de las maravillas blancas que de tan frecuentes se hacen invisibles. Y me prometo volver con una de esas promesas que se cumplen para ver si la próxima vez, y de una vez por todas, me topo con Platero. E intuyo que el poeta ha dejado de esconderse de la muerte.
29/08/2008 Daniel Blanco Parra
Se olía venir desde hacía ya un rato. Avanzábamos despacio entre las sombras del anochecer, apenas guiados por los reflejos inherentes de las paredes encaladas y por los fulgores amarillentos de los faroles a cuya adoración se habían congregado los mosquitos. En nuestra cadencia sonámbula, algo parecía empujarnos calles abajo, a la vez que un sutil olor a salitre y arena mojada se nos fue arrellanando en las fosas nasales hasta hacerse claramente perceptible. No había duda; al torcer una esquina oscura, sin faroles esta vez, un bramido de sal nos balanceo hacia atrás, luego hacia delante, al ritmo de la resaca de las olas. El mar se olía, se oía, inmediato, como la presencia certera de un espíritu familiar que ha decidido instalarse en nuestra casa. En la inmensidad de la noche parecía aún más oscuro y profundo, una garganta viscosa que nos llamara a unirnos a su centro. Su horizonte negro, confundido con la noche celeste, se hacía infinito. Solo las luces dispersas de los barcos de faena se resistían, humildes, como luciérnagas diminutas, a la rotundidad de su existencia. Al final del laberinto de calles comenzamos a andar a lo largo de un paseo que corría en paralelo a la línea del mar, en dirección al promontorio en que acababa la playa y comenzaba otra. Mi padre y mi tía me llevaban de la mano. Mi madre iba dos pasos más atrás hablando con mi tío y mi primo, que alternaba estrofas de una canción popular aquel verano con chascarrillos y otras frases sin sentido. Yo debía de tener cuatro o cinco años. Mi primo era un año mayor que yo y era un “trasto” que nunca se cansaba de hacerme burla y proponerme aventuras de las que las más de las veces era yo quién salía más escaldado. Otros grupos de gente caminaban junto a nosotros en la misma dirección. Algunos llevaban mesas y sillas plegables. Otros bolsas desde las que sobresalían barras de pan y botellas de vino o cerveza. Según nos fuimos acercando al final de la playa las luces se hicieron más numerosas. Algunas tiendas y bares junto al paseo estaban abiertos y vendían hatillos de churros, altramuces y refrescos. En la playa había ya mucha gente sentada sobre sillas o toallas, familias con niños y personas mayores. En el seno de una barca de madera medio desguazada unos espetos de sardinas se doraban al fuego ante la mirada atenta de un hombre que atizaba la llama con un plato de cartón como abanico. Llegados a este punto mis recuerdos se emborronan y los sonidos grabados en mi memoria durante tantos años se diluyen en un sonido único e indisociable: la música chillona de un radiocasete que alguien había llevado hasta la playa, la llamada impasible de las olas; el bullicio de la gente, las risas de mi primo y el crepitar del fuego contra las juntas dilatadas de la barca; los gritos de un vendedor ambulante de biznagas y el débil aleteo del viento en la palmas secas de las sombrillas. Es curioso que aunque nunca he podido identificar con claridad el lugar de la costa malagueña donde este instante, sin duda irrelevante, se me clavó en el córtex, sigo recibiendo como un regalo las noches en que los ecos de aquélla resuenan de nuevo en mi memoria. Cuando esto ocurre, no reparo en el esfuerzo nemotécnico de disecar cada uno de los sonidos, los olores, las luces y me recreo golosamente en su invocación dulce y amarga al mismo al mismo tiempo: el cielo lleno de estrellas, las callejuelas estrechas de paredes blancas que llevan al mar al torcer una última esquina, ese olor a sal y a pescado asado, esa sensación de infancia despreocupada y de inconsciente felicidad. Luego, mis recuerdos se retiran, serenos, como una ola que deja un rastro de espuma y de nostalgia.
29/08/2008 Tatiana Marquez Uriarte
No podía recordar cuando fue la última vez que salió a cazar solo, quizás porque nunca lo había hecho. El primer rastro de sangre lo encontró entre las rocas que sobresalían del arroyo; era cuestión de tiempo, sabía que estaba herido. A pesar del cansancio, de la demora en comenzar el rastreo, su instinto no dejaba de repetirlo, era cuestión de tiempo. Deseaba que esa cuestión, ese tiempo, fueran cuanto más breve mejor; los años ya no acompañaban. Estaba junto al viejo puente. El mismo que transitaran tantos hombres camino de Córdoba hacia un lado y camino de Villaviciosa al otro. El mismo que a pesar del esfuerzo que había costado construir, habían destruido en un instante por la guerra. Esa absurda pelea que lleva a los hombres a matarse unos a otros, y que él nunca había entendido. Ahora, después de tantos años de abandono el camino había quedado olvidado, perdido, a merced de la vegetación. A penas un sendero, que él como otros cazadores eran los únicos en utilizar. Subió al único ojo del puente que quedaba en pié para otear. Hacia donde se pone el Sol, pinos, bien espesos, como si quisieran guarecerse del frío invierno que estaba a punto de acabar. Pensó que era el mejor sitio de rastrear, las finas agujas caídas, habrían comenzado su descomposición con la lluvia caída días atrás y permitirían un suelo mullido, cómodo. Quizás por eso mismo, aquel animal herido que perseguía, decidió no ponérselo fácil, había optado por continuar su huida por donde sale el Sol, justo un empinado cerro cerrado de jara en flor. Desde aquella atalaya observaba lo que parecía la mejor de las maravillas de la naturaleza, un manto verde tupido salpicado de flores blancas, de cinco pétalos con un corazón central de un amarillo vivo que atraía a insectos de todas clases, lo que permitiría seguir reproduciéndose. A pesar de su belleza, él sabía que aquello no era sino una trampa; toda la loma estaría cubierta por esa sustancia pringosa, y su ramas leñosas constituían verdaderas lanzas. Aun guarda una fea cicatriz de otro rastreo hace ya mucho tiempo, en el que la celeridad de sus pasos para evitar que otros cazadores llegaran antes a la presa y la reclamaran para sí, le impidió valorar los riesgos y solo cuando sintió como la sangre le llegaba a la boca, se dio cuenta de la herida que le había producido aquella punzada que sitió bajo el ojo antes de oír como la rama crujía y se astillaba en mil pedazos. A pesar de lo penosa de la subida, lo alentaba el rastro, cada vez mayor, cada vez más fresco. Al coronar la cima encontró un charco de sangre. Sin duda su presa había parado a descansar y la herida vertió generosa ese líquido espeso, rojo oscuro, que hacía presagiar que el fin estaba cerca. Incluso se recreó en probarlo; al sentir en su boca que aun estaba tibia, creyó que era el mejor majar jamás probado, y le infundió de nuevo fuerzas. Aquel ritual de probar la sangre de la presa, la había aprendido de su padre, que recordaba cada vez que el regusto salado le inundaba la boca, sabiendo que fue también una cacería la que le arrebató la vida. Desde allí pudo comprobar que aquel enorme animal, caminaba lento, con la cabeza gacha, tropezando de vez en cuando con la cornamenta en suelo, que lo hacía perder el equilibrio y caer. Cada caída era celebrada por el cazador, sabía que de nuevo lo conseguiría, que a pesar de su edad, el éxito de la cacería estaba próximo. Contempló como sobre una gran roca, su oponente se apoyó, dobló las patas delanteras y se dejó caer al amparo de aquella sombra. Apenas tardó tres minutos en estar frente a él. Sus miradas se cruzaron de nuevo, ambos comprobaron que la vida había pasado demasiado deprisa, que su cénit había quedado muy atrás y que desde entonces sus fuerzas habían ido menguando. Quizás ninguno volviera a ver una nueva primavera. A pesar de la herida de la garganta que no dejaba de brotar, el ciervo decidió que no se iba a rendir, con la fuerza que le había dado aquel descanso se puso en pié, en medio de un charco de sangre agachó la cabeza y amenazó aun con sus débil cornamenta. El cazador entonces volvió a recordar; así murió su padre, atravesado y zarandeado por las puntas de los cuernos de un ciervo. En la cacería estaba la vida pero también la muerte. Lleno de orgullo, con el valor que durante siglos había encastado su especie, el lobo atacó de nuevo, no tenía otro remedio, era el último cazador.
29/08/2008 Manuel Guzmán Andujar
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