Unas quisquillas de Motril. Paseo en calma por el delta del Guadiana. Un mojito en El Cartero de la playa gaditana de El Palmar. El genio de Lou Reed en Málaga. Eva Yerbabuena en Granada. Y mucho más.
CRISTINA SÁNCHEZ-ANDRADE
Hay vientos perfumados y bulliciosos como en las noches de abril en Marruecos, otros tienen la consistencia viscosa de la miel y otros incluso color. El de Bolonia es pardo, y dicen los que viven allí y en otras poblaciones gaditanas cercanas al Estrecho que se han “olvidado” de sentirlo soplar. Por el contrario, el que viene a la zona por primera vez se acuerda del viento de Luvina, el cuento de Juan Rulfo: “Se oye hora tras hora, sin descanso (...), hasta sentirlo bullir dentro de uno como si se pusiera a remover los goznes de nuestros mismos huesos”.
Y es que, debido al efecto túnel que crea el estrecho de Gibraltar, en la zona hay dos vientos predominantes: el fuerte y cálido levante, que sopla día y noche, y otro más frío, el poniente, que sopla por las tardes. En una o dos semanas de vacaciones, uno no logra olvidarse de ninguno de los dos, pero sí consigue comprender que son parte del paisaje, como las lagartijas o los enebros, como la duna de la playa desde la que se divisa la costa de África.
Situada en el parque natural del Estrecho, entre Tarifa y Zahara de los Atunes, Bolonia sigue siendo hoy un enclave rural y asilvestrado, provisto de unos cuantos apartamentos y pensiones, dos o tres bares y restaurantes, un colegio, una extensa playa con su duna y poco más. Gracias a que se encuentra en un espacio protegido, está prohibido construir hoteles, y por la carretera, la playa y los terrenos adyacentes a las casas campan a sus anchas los gatos, los perros y las gallinas.
Por eso, en lugar de comenzar el día con un desayuno de bufé en un hotel de superlujo, a los apartamentos de Bolonia se acercan las paisanas con su cesta de mimbre bajo el brazo a vender docenas de huevos frescos a los turistas. Después de regatear el precio (en dos minutos se pasa de cinco a tres euros la docena), resulta divertido escuchar, o tratar de entender, a las abuelas gaditanas vestidas de luto, conversando sobre el tiempo y las gallinas o sobre lo cara que está la vida. Y si preferimos desayunar fuera de casa, en los bares puede tomarse un buen café con tostadas untadas de manteca roja, una mezcla deliciosa de lomo triturado, manteca de cerdo y pimienta.
La factoría de salazón
De no ser por el conjunto arqueológico de Baelo Claudia, situado en la ensenada de la entrada del pueblo, nadie diría que, en tiempo de los romanos, Bolonia fue una importantísima urbe, puerto de unión con el actual Tánger. De hecho, si se ven autocares y grupos de turistas es porque vienen atraídos por las ruinas de esta ciudad nacida a finales del siglo II antes de Cristo que alcanza su máximo apogeo bajo el emperador Claudio (41-54 después de Cristo). El itinerario del conjunto arqueológico discurre por las calles principales de la ciudad, pasando por plazas, foros, una basílica, la tribuna o rostra para las arengas; los templos dedicados a Júpiter, Juno y Minerva, o las termas, todo ello bastante bien conservado. Pero lo que más llama la atención es la factoría de salazón, en donde todavía se distinguen claramente las piletas de inmersión.
Y es que la pesca de atún de almadraba y su posterior tratamiento de conservación, en salazón, constituyó una industria floreciente y fue la causa fundamental para el nacimiento y prosperidad de la propia Baelo. El pescado entraba en la factoría, donde se limpiaba y cortaba en pedazos. Después era depositado y salado en grandes piletas. Con las vísceras, branquias, suero y sangre del atún se elaboraba el garum, salsa reputadísima en todo el mundo antiguo, que se solía mezclar con vino, aceite, miel... Además de como condimento, se usaba con fines curativos y afrodisíacos.
Todavía hoy puede probarse el garum en algunos restaurantes gaditanos, pero recomendamos inclinarse por algo más asequible a nuestros paladares: el atún en manteca, un guiso tradicional de la zona hecho con tocino, vino blanco, ajo, tomillo, orégano, manteca y atún, y que se sirve frío.
Bañeras de Claudia
Se puede pasar el día en la playa de Bolonia, y si el agua del Atlántico resulta demasiado fría, están las denominadas Bañeras de Claudia, que, cuando baja la marea, se convierten en piscinas de agua salada. Hay también posibilidad de hacer una ruta a caballo por la playa, remontando las dunas o los montes de brezos y eneldos próximos al conjunto arqueológico. Y si queremos salir de Bolonia, hay excursiones interesantes. Se puede ir a bañarse y comer pescado en alguno de los chiringuitos o restaurantes de Zahara de los Atunes (a 8,2 kilómetros), o visitar el parque natural de los Alcornocales, que se extiende a lo largo de 170.025 hectáreasde terreno a caballo entre las provincias de Cádiz y Málaga. Se trata de un conjunto de sierras de pequeña altura y que está formado por la masa forestal de alcornoques más extensa del mundo, en ocasiones mezclados con acebuches, quejigos, robles y melojos.
A 12 kilómetros de Bolonia se encuentra Tarifa, la ciudad española más al sur. Hoy día, debido al efecto túnel del Estrecho, es conocida como la ciudad del windsurf por excelencia, pero también tiene su propia historia, siempre marcada por los continuos intentos de los moros por poseer la zona como paso a la Península.
Desde el año 711 estuvo dominada por los musulmanes, hasta que en 1292 fue reconquistada por las fuerzas cristianas al mando de Sancho IV. Merece la pena recorrer las calles estrechas del casco antiguo, entre casitas blancas y balcones de flores; pero lo más conocido de Tarifa es el castillo de Guzmán el Bueno, así llamado por la heroica gesta de Alonso Pérez de Guzmán, por entonces alcaide de la fortaleza.
En 1295, don Juan, hermano del rey, se situó con 5.000 jinetes árabes ante los muros de la ciudad, amenazando de muerte al hijo de Alonso Pérez, al que había hecho prisionero, si no entregaba el castillo y rendía la plaza. La historia cuenta que el alcaide, en un acto de valor y servicio a su rey, decidió no sólo no entregar la plaza, sino también arrojar su propio puñal desde un torreón para que los sitiadores cumplieran con su amenaza. Por ese gesto, don Alfonso, llamado desde entonces Guzmán el Bueno (¿no podría, por las mismas, haber sido llamado El Malo...?) fue merecedor de privilegios reales y nobiliarios (hay una calle en Madrid con su nombre), y fundador de toda una dinastía y señorío: la casa de los Guzmán, de gran influencia durante siglos en tierras de Andalucía, con sede primero en Medina-Sidonia y más tarde en Sanlúcar de Barrameda.
Una vez en Tarifa se puede saltar a Marruecos. Diariamente salen varios ferries con destino a Tánger (35-40 minutos), y si no se quiere llevar el coche existe una visita guiada, muy práctica para el que dispone de un solo día. Resulta increíble que a tan sólo 14 kilómetros sople el mismo viento pardo en ese otro mundo tan distinto (¡y a la vez tan próximo!) al nuestro.
Cristina Sánchez-Andrade es escritora. Su última novela publicada se titula Coco (RBA, 2007).
Información:
— Turismo de Andalucía (www.andalucia.org).
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www.turismohuelva.org.
— www.dipujaen.es.
— www.cadizturismo.com.
— www.visitacostadelsol.com.
— www.malagaturismo.com.
— www.turismosevilla.org.
— www.turismo.sevilla.org.
— www.turismodegranada.org.
— www.granadatur.com.
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www.almeria-turismo.org.
— www.turismodecordoba.org.
— www.turiscordoba.es.
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