Puente de Mayo en Andalucia

 

SELECCIÓN DE RELATOS

Junto al relato ganador del concurso ‘Un verano en Andalucía’, 'Ortiguitas fritas para tocar el cielo' de Jesús Heredia Madrazo, EL VIAJERO ha seleccionado estos nueve como los mejores entre todos los enviados.

 

1. Soñando con Andalucía | 2. Sevilla en verano| 3. Hace sol y estoy contigo| 4. Luces de Cádiz | 5. Mano a mano | 6. Calor | 7. Mañanas de luz | 8. Gentes de paz | 9. El sueño africano

 

1. Soñando con Andalucía

Mi historia comienza en el verano del 94, tenía tan sólo 9 años pero sabía que ese viaje iba a ser inolvidable: por primera vez iba a ir a Andalucía, al sur, a Cádiz, a la costa de la luz. Sólo con ese nombre tenía que ser un lugar maravilloso. ¡Aún me acuerdo cuando pensaba que Cádiz estaba en África! ¿En África? Ahora me río de los norteamericanos que piensan que España pertenece al gran continente africano, pero es que cuando tienes 9 años y nunca has viajado más de tres horas en coche, 900 kilómetros se te hacen eternos.

Días antes del viaje le preguntaba a mi padre si íbamos a ir en barco; porque, claro, Cádiz era de España pero estaba separado de la Península, era como una isla aparte. Por fin llegó el gran día y tras meter todo el equipaje en el coche, mi madre insistía en que tenía que dormirme, que el viaje era muy largo. ¡Yo no quería dormir! Quería estar despierta para ver el momento en el que el cartel de la carretera pusiera: Chiclana de la Frontera.Y claro, ignorante de mí, me pasé todo el camino mirando los carteles azules de la autopista.

Llegamos a Despeñaperros; y ¿Despeñaperros?, ¿a quién se le ocurrió ese nombre?; ¿es verdad que los perros se tiran por ahí? Que te digan con 9 años que estás pasando por un lugar donde la gente que se va de vacaciones tira a su perro porque no puede llevárselo. Por suerte sólo era una bromita de mi padre para recordarme una vez más por qué no podíamos tener una mascota en casa. Después de parar a estirar las piernas y después de cinco horas de camino le pregunté a mi padre si faltaba mucho; y él me respondió: “¿Ves esas montañas a lo lejos?, pues detrás está el mar”. Claro, ¿cómo me iba a dormir ahora si estaba viendo las montañas ahí delante con mis propios ojos?

La decepción vino después, cuando llegamos a esas montañas, las pasamos y el mar no estaba. A mi padre lo único que se le ocurrió decir fue que, claro, como todas las montañas se parecen, se había confundido y las verdaderas que me iban a mostrar el inmenso mar eran las que estaban en el horizonte, más allá de donde mis ojos podían ver. Así me pasé tres horas más, buscando al gran azul que tanto soñaba ver. Y por fin apareció. Al bajar las ventanillas respiramos profundamente y... parecía como si nos hubiera dado la vida ese olor a mar, a salitre, a playas de arena blanca, interminables.

Llegamos a un lugar como el que nunca había visto antes; todo era inmenso y sólo habían unos cuántos hoteles muy dispersos pero a cuál más bonito. Cuando dejamos el equipaje en la habitación me fui corriendo a la terraza, corrí las cortinas y allí estaba, lo que yo más ansiaba, lo que había estado esperando durante horas; por fin lo tenía delante de mis ojos. Me daban ganas de saltar y de aterrizar en las dunas que estaban a pocos metros y salir corriendo en dirección al mar. Mi padre no paraba de decirme: “Tranquila, que acabamos de llegar y el mar no se va a ir”.

Era un cúmulo de nuevas experiencias, de nuevos lugares por descubrir, que yo no me podía esperar ni un minuto más. Arrastré a mis padres corriendo por las interminables dunas y la arena de la playa hasta que puse mis pies en el mar. Ese día casi me salen aletas, del tiempo que estuve jugando con las olas. Al día siguiente fuimos a ver el castillo de Sancti Petri, donde sus muros guardaban siglos de historia y rodeado de mar cuando sube la marea; se encuentra en un fantástico estado de conservación.

Por fin iba a montar en barco, aunque a mi madre no le hiciera mucha gracia. Yo esperaba encontrar a algún guardián dentro del castillo como mi padre me había contado, pero sólo encontré piedra sobre piedra y a algunos guiris quemados por el sol rondando por el barco. ¡Bendita inocencia! Los días pasaban como horas y, cada uno que pasaba, más enamorada estaba de ese lugar y temía el día de mi vuelta.

No se puede volver a la rutina de Madrid habiendo conocido ese lugar que inspiraba paz; habiendo observado embobada esos atardeceres rojos con el sol inmenso que viajaba por el océano y se escondía en el horizonte.Y, sobre todo, esa maravillosa gente con ese habla tan peculiar derrochando arte y gracia. Sin duda, las mejores vacaciones de toda mi vida. Me habían llevado a un lugar desconocido por todas las personas que me rodeaban y que sólo tenían en la boca Benidorm, Gandía, Cullera... ¿pero es que nadie había ido a Andalucía? No sabían lo que se estaban perdiendo.

Ahora, 14 años después, siento que la mitad de mi vida está allí, en esas playas inolvidables e indescriptibles; esas dunas, ese mar... aun están en mi recuerdo y estarán siempre. Allí he pasado los mejores veranos de mi vida y más de la mitad de los mejores momentos. Desde 1994, noche tras noche, sigo soñando con Andalucía. Victoria Triviño Castejón

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