Junto al relato ganador del concurso ‘Un verano en Andalucía’, 'Ortiguitas fritas para tocar el cielo' de Jesús Heredia Madrazo, EL VIAJERO ha seleccionado estos nueve como los mejores entre todos los enviados.
1. Soñando con Andalucía | 2. Sevilla en verano| 3. Hace sol y estoy contigo| 4. Luces de Cádiz | 5. Mano a mano | 6. Calor | 7. Mañanas de luz | 8. Gentes de paz | 9. El sueño africano
8. Gentes de paz
Quería aprender a leer en el cielo qué estrella señalaba el Norte, para ir al Sur. Conocí el camino que llevaba a Granada y no pude menos que repetirlo varios años seguidos para conservarlo como uno de mis refugios de silencio y agua, de paseos calmos y mágica luz. Más tarde descubrí el que subía a su sierra, serpenteando curvas hasta llegar a La Alpujarra. Despacio, con prudencia obligada ante la estrechez del camino y el precipicio a tu vera, el ritmo del paso permitía deleitarse en sus barrancos poblados de Jara, Algarrobos, Higueras, Castaños, Madreselvas y Toriscos.
Y subir despacio en un viaje donde el tiempo se ralentiza y va dejando atrás pensamientos atropellados y urbanitas; va dejando atrás el calor para dar paso a un aire fresco y renovado por las cercanas nieves de las cumbres, que casi en pleno estío se conservan restos, como hilos de leche, que se deshacen despacio camino del mar. Subiendo despacio para sorprendernos, al giro de una curva, con unas docenas de pinceladas blancas que constituyen las casas que la pueblan y que invitan a parar y pasearlas, y que no cuestan sus cuestas, y que te brindan el agua de sus fuentes al paso: “El que quiera amor que beba el agua de esta fuente”. ¡¡Y quien no quiere amor, aunque sea para regar el que ya tiene!!
Muchos viajeros constatan, lo primero, el olor de los lugares a los que arriban, ancestral y bendito instinto animal que conservamos, para situar su sitio, tomar territorio, aunque sea de paso; y La Alpujarra olía a hombre sano. Orégano, tomillo, romero, castaños inmensos (donde se ocultaban los alpujarreños valientes para sorprender al invasor romano y que éstos hicieron cortar en gran número para acabar con las vergeles atalayas), higueras, jaras, berros, cornicabra, llantén, hinojo, espliego, orégano, tomillo, romero…
Esas debían constituir las especies con que cocinaban sus mujeres las bechameles para sus croquetas, o sus migas y gazpachos, y dar a sus hombres, a sus hijos, ese olor que se confundía con el de las olorosas laderas. El pueblo que habitaba a sus faldas refugiaba gentes de tranquila mirada y calmos gestos, amables, fáciles de tratar: como de persona a persona, sin aspavientos ni falsas reverencias al turista que les prospera la vida; sin servilismos pueriles, ni prisas que no son suyas.
Amos de su casa, de su lugar, lo presiden con tranquila y hospitalaria calma, no haciéndote sentir extraño sino bienvenido, tan hallado como si fueras habitante del mundo, y esta una de sus partes. Entre ellos, y ya parte también del paisaje de sus gentes, otros más recién llegados, huidos del asfalto por pura rebeldía o naturalidad, desde lejanas y no tan lejanas tierras, que se habían instalado entre ellos, sin duda gracias a su hospitalidad, ya formaban parte de sus peculiaridades: ingleses, alemanes, suizos, madrileños, convertidos en alpujarreños, incorporados al ritmo de la tierra y ya de ella.
En uno de aquellos cortijos me alojé por unos días. Regentado por seres del mundo que no tienen fronteras, que allí donde respiran asientan su casa y su corazón. Inventarse la vida, crearla y recrearla, había dado lugar a una pequeña escuela: Baile en el Aire. Literalmente nos enseñaban a bailar en un tablao suspendido en el aire, en lo alto de la montaña. Mientras danzábamos, podíamos contemplar abajo el pueblo, los pueblos, ¡que más de uno se divisaba!, y otras montañas escaleradas en descenso, desde nuestra mirada, que iban constituyendo la escarpada sierra.
Encima de nosotros el cielo, e incluso alguna nube (el día que venían) a nuestros pies que parecía asomarse bajo las faldas flamencas. La guitarra suena y la bailaora comparte su arte con nosotras; con alegre paciencia repite la bulería una y otra vez, hasta que logra meter el ritmo desde la punta y tacón, a la cintura, que logra que cimbree prolongando nuestros brazos que han crecido, casi como alas, y dándonos dedos que acarician el aire consiguiendo la gracia del rasgueo.
Desde la gran plataforma de madera que constituye el tablao, nunca mejor dicho: bailábamos en el aíre. No podía concebir mejor marco para aprender este arte, de este pueblo que llora cantando, acuna cantando, y ríe bailando. Y después con el trabajo en su empeño, con el sudor en el cuerpo, y la satisfacción en el alma, una romería de extenuadas aprendizas del baile paseaban el sendero hasta la cascada, que deshilando la nieve, resbalaba entre piedras para refrescar calores y reír con ellas la alegría de vivir.
Me renueva esta tierra; es como viajar a un oasis de seres, de espacio, de cielo y de tierra que me demuestra que no hace falta mucho para vivir, ¡el perdido paraíso!; existen otros mundos y están en este; que ofrece todo y parece que no es nada ¿nada?… Si El Todo dejara de contarse en cosas, pecunio, objetos, y baldas… …Si El Todo fuera tan simple como la voz que canta, el cuerpo que baila, la brisa que nos mece y el agua que nos refresca, …La Nada no sería Vacío, sino el descanso, y el sueño del bien vivido día.
Y viviendo esta tierra y estos seres, un lenguaje distinto se apoderaba de mis palabras cuando llegaba a estas montañas. Sus gentes personalizaban silencios elocuentes… porque no hacia falta más. El bullicio de sus cabezas había dejado sitio ya a la presencia de ser. Y a mi me pasaba lo mismo, bien por ponerme a su vera, bien por el efecto de esta tierra, o por ambas. ¡Que con sólo una noche de dormir en su ladera, mecida por la luna, con el cielo multiplicando estrellas, ya no sabía chacharear, ni decir de más! Las palabras ya no salían de mi boca sin pasar por las entrañas y acariciar el corazón. Yo misma me sorprendía de lo dicho una vez pronunciado, por lo parco y de veras. Pero incluso el asombro estaba de más. Contundente y precisa la frase surgía sincera, sin necesidad de aclaración ninguna:
- ¿Donde te has metido hoy? –
- Hoy estoy pa mi
-Pero ¿Estás bien?
- Perfectamente, sólo que estoy pa mi .
Y no había más que decir. Jamás, antes, justificar mi soledad me había costado tan poco. Y no había más que decir. Podía repetírselo a todos los habitantes de la casa, que uno a uno, me fueron preguntando por mi ausencia con cariño. Pero eso era todo. Con el mismo cariño y una sonrisa recibían mí: “Hoy estoy pa mí”. May Reyes. Seudónimo de Marisa Carracedo). A La Alpujarra y sus habitantes. Marisa Cariacedo
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