"La noche mi fiel amiga, / compañera de mis cantes". El secreto de lo jondo se esconde en las esquinas y tabernas de los barrios de Santiago y San Miguel. Y con suerte, cante del improvisado, que es el bueno.
JOSÉ MARÍA CASTAÑO
Las ciudades tienen su espíritu. Un alma que siempre suele jugar al escondite con los visitantes. Permanece en algunos reductos que el tiempo transforma, pero que ha respetado en su esencia. Jerez conserva aún ciertos modos de vida asociados al tuétano flamenco. Una cultura musical nacida de la queja primitiva.
El cante, como íntima expresión, tiene en Jerez pequeñas ínsulas donde se manifiesta sin prejuicios, en permanente rebeldía acompasada contra el politono de los móviles. Perderse por la ciudad es una auténtica aventura para conocer, en primera persona, el reducto de una cultura que rivaliza con las grandes corrientes musicales del mundo.
Jerez es la Viena del clásico con las partituras del nudillo sobre el mostrador; la Nueva Orleans con gitanitos en vez de negros africanos; el Buenos Aires con unas letras tan afiladas como las del tango; el son con el que se goza en cualquier esquina de La Habana, pero por bulerías; el lamento azul de un Memphis con alma de siguiriya...
Haberlos, haylos
La capital del vino fino es una ciudad enduendada. Como las meigas gallegas, se cuenta que no existen, pero haberlas, haylas. Los duendes jerezanos son caprichosos, como todos, vas a buscarlos y no aparecen, pero te pueden asaltar en cualquier esquina cuando te has cansado de ir a por ellos. Para tomar el pulso a una ciudad, mi recomendación primera es iniciar su visita en el lugar adecuado. Tal vez no sea una oficina de turismo, sino algún enclave emblemático; te pides una copa de vino jerezano en alguna esquina y te pones a observar a la peña. Y en media hora tienes más datos de la ciudad que la Wikipedia.
Este sitio puede ser muy bien el bar La Moderna, en la calle Larga, pleno centro de la ciudad. Un establecimiento casi centenario con carteles taurinos en el que se reúne todo Jerez. Una ciudad muy dual, me apuro como casi Tokio, en el sentido de custodiar con un celo casi fundamentalista sus antiguas costumbres, pero muy moderna al mismo tiempo. Conserva una cría caballar, que cruzaron los monjes cartujanos hace siglos, pero es más conocida en el mundo por el caballo de hierro que son las motos. Ya ven.
Ha llegado un bodeguero con pinta de ir a una boda, un cofrade parado pero con la misma indumentaria, el gitano señorito y la señorita medio hippy con la innegable herencia inglesa de la ciudad, el pescaero de la plaza que invita al banquero, el cantaor puro con pañuelo en el cuello y el joven con la eléctrica y camiseta de Los Delinqüentes. Distantes versiones urbanas de lo mismo. En dos días se vela al Cristo yaciente y se monta la caseta de feria.
El Roncesvalles local
El Camino de Santiago, Jerez también lo tiene. Con flamencas indulgencias plenarias si lo alcanzas. Pero no comienza en Roncesvalles. Hay que buscar la coqueta plaza de Rivero y tomarse otra copita, requisito indispensable para que San Quejío te selle el pasaporte a las glorias jondas. Dirección calle Francos llegas al Centro Andaluz de Flamenco, el mayor archivo público de flamenco del mundo, digno de visitar.
A pocos metros se abre la plaza de Santiago, corazón del barrio del mismo nombre. Todo huele allí a jondura, calles, monumentos, habitantes. El barrio debería ser declarado como reserva de la biosfera del compás. Cada casa de vecinos ha regalado cinco o seis intérpretes fundamentales en la historia del gemido. Es entonces cuando hay que ir al bar Arco de Santiago. Sorpresa. En un alto porcentaje podrás tomar otra copita con los actores principales y algunos de reparto.Moraíto, Diego Carrasco, Fernando de la Morena, Los Zambos, Ripoll, Pepe de Joaquina y la formación conocida como la Filarmónica de Santiago suelen estar allí y es un mundo distinto, alejado del mundanal ruido; se ríe, se cuentan anécdotas, se discute sobre flamenco como si de un Madrid-Barça se tratara... y si el duende quiere, se oye cante del improvisado, que es el bueno.
Advierto que el programa de la aventura sufre continuas variaciones. Ocurre cuando uno se deja en manos de un duende alunarado. Se puede seguir con un paseo agradable por las mismas entrañas de Santiago. Las calles Cantarería, Nueva, La Sangre, La Merced sufren los rigores del tiempo, pero en muchos rincones el tiempo se ha parado en las casas vecinales encaladas, llenas de geranios y cortinas en las alcobas. Algunos mayores parecen ir disfrazados de vestimentas de otra época, incluso. Por estas calles se forjó un ciento de las historias primigenias del flamenco. Más que los ojos, hay que abrir el corazón.
Hacia el corazón de las sagas
Es tiempo para almorzar, hay muchos rincones y de variada oferta para hacerlo. Justo después, y tomando el camino de intramuros hacia la ciudad antigua, por el barrio de San Mateo, caminar hasta el centro y, una vez allí, adentrarse en el otro barrio flamenco jerezano. El aroma de viña cambia por el marinero. No en vano el barrio de San Miguel o La Plazuela se orienta al sur, allá donde hace algunos siglos había playa, la de San Telmo, desaparecida como por arte de magia. Es la patria de las dos columnas del Hércules flamenco, don Antonio Chacón y Manuel Torre, amén de un puñado de sagas que custodian con celo el secreto de lo jondo: Méndez, Moneos, Carpios... tienen como guión el cante de hace siglos y permanecen insobornables al mismo.
La popular Lola Flores da la bienvenida en la Cruz Vieja, pórtico de un entramado de calles con rumbos salineros que ya sólo se intuyen. Tomando Cerrofuerte, donde nació La Paquera de Jerez, se llega a la ermita de San Telmo, donde está el Cristo de los Gitanos. Al igual que en Santiago, hay muchos lugares donde toparse con los duendes y no hay que dejar de visitar las peñas flamencas Los Cernícalos y La Bulería, que siempre están abiertas. Son pequeños museos flamencos, con sus fotos colgando de las paredes y reuniones de cabales donde el cante se oficia, más que como divertimento, como una religión. El cante aquí es más de fragua, y el hierro se moldea en las gargantas como una herradura incandescente.
La noche flamenca
Si hay cuerpo, y justo cuando el manto de la noche se cierne sobre los barrios, hay muchas posibilidades. Las numerosas peñas flamencas de la ciudad ofrecen casi todos los fines de semana, y de forma gratuita, muchos recitales de flamenco. Alejados de los circuitos comerciales y los grandes escenarios, estos recintos dotan al cante de intimidad y cercanía donde se degusta el flamenco en sorbos pequeños, pero intensos, como en catavino. Y también están lo que podemos llamar algunos bares nocturnos con movida flamenca.
Es el caso de la asociación Rajeando (que dirige el famoso Diego Carrasco), Damajuana, El Arriate o El Colmao, en los que el vino se cambia por el trago largo y se puede topar uno con un festón de los que culminan al alba. “La noche mi fiel amiga / compañera de mis cantes”, que dice uno de los cantaores más conocidos, Juan Moneo, El Torta. En definitiva, el Jerez flamenco es toda una aventura, la gran posibilidad de dejarse atrapar por ese quejío que aún surge con pureza en una ciudad que se resiste a entregar la cuchara de la tradición. De hecho, el flamenco se inventó para poder quejarse con dignidad y belleza a un mismo tiempo.
Consulta los mejores reportajes, para planificar tu viaje por Andalucía