Cuatro etapas del camino mozárabe. Partiendo de la Giralda de Sevilla rumbo a Santiago de Compostela. Con una parada en las ruinas de Itálica. Y soledad por las dehesas de SierraMorena, ejemplo de sostenibilidad.
PACO NADAL
Dehesas de encinas y alcornoques. Pueblos blancos y silentes. Piedras bimilenarias pulidas por el roce de la historia. La Vía de la Plata, la gran calzada romana que vertebraba el oeste peninsular, une aún Sevilla con Astorga a lo largo de 760 kilómetrospor los más deliciosos escenarios naturales de tres comunidades: Andalucía, Extremadura y Castilla y León. Aunque hoy ya no son legiones imperiales, carteros del cursus publicus o senadores y tribunos sobre corceles los que transitan por ella, sino peregrinos a pie y en bicicleta que se dirigen a Compostela por este llamado Camino de Santiago mozárabe, recuperado gracias a la inversión pública para su uso turístico.
En realidad, los romanos nunca la llamaron así ni la concibieron como un eje unitario. Lo que ahora conocemos como Vía de la Plata es en realidad la unión de varias calzadas romanas: la número IX, que unía Hispalis (Sevilla) con la cercana Itálica; la número XXIII, que llevaba desde Itálica a Emérita Augusta (Mérida), y la calzada XXIV, que enlazaba Mérida con Asturica Augusta (Astorga). De la deformación del apelativo árabe vía b’lata (camino pavimentado) o quizá de la del término latino viae delapidatae (como en Roma se denominaban las vías públicas principales rematadas con piedra pulida o guijarros)—en este aspecto no hay unanimidad entre los historiadores— derivaría su nombre actual.
De lo que sí hay unanimidad es de que las cuatro etapas iniciales (85 kilómetros), las que transcurren por territorio andaluz, se cuentan entre las más impactantes de toda la ruta, porque salvan lo mejor de las dehesas de Sierra Morena, un sorprendente territorio donde la acción del hombre sobre el bosquemediterráneo autóctono ha conseguido un imposible: la interacción beneficiosa y sostenible entre uso y conservación de los recursos. Pero no adelantemos acontecimientos.
La Vía de la Plata, la gran aventura de peregrinar en el siglo XXI hasta Compostela, empieza en un insuperable escenario del siglo XV: la Giralda sevillana. Sevilla,Hispalis, Spali, Ysbilia.Cualquiera de estos topónimos sería válido para convocar los duendes de una ciudad única e inclasificable. Una urbe luminosa y cálida, perezosa y vibrante, crecida a la vera de un río caudaloso que nace muy lejos, en las sierras jienenses, pero que es sólo aquí, al lamer el albero de sus fachadas, donde se convierte de verdad en el río grande, pues eso significa guad-al-Quivir.
Precisamente es el Guadalquivir el que guía los primeros kilómetros de la vía romana. Desde la Giralda, remontando el río, se llega a Itálica, la nova urbs levantada en época del emperador Adriano. El anfiteatro de Itálica, dos mil años de historia sentados sobre sus gradas, ve pasar ahora a los peregrinos camino de Guillena, donde se duerme la primera noche (por desgracia, el albergue es un destartalado gimnasio municipal), inmersos en la abundancia de la vega fluvial del Guadalquivir.
Bosques de encinas
Tras Guillena empieza el placer sensorial de la dehesa. La cañada real de Las Islas, una antigua vía pecuaria por la que transitaba el ganado entre Doñana y la Sierra Norte sevillana, nos lleva hasta las puertas de Castilblanco de los Arroyos. Casi tres horas de exultante entorno de vegetación autóctona, con fincas de ganado, bosques de encinas y caminos forestales que preludian el escenario de las próximas etapas. Una Andalucía verde y boscosa muy diferente de la del tópico del paisaje agostado. En Castilblanco, donde sí hay un acogedor albergue de peregrinos, se hace alto la segunda noche.
La tercera jornada se vuelve aún más natural. Encinas, alcornoques, quejigos, lentiscos, jaras y madroños tapizan las suaves ondulaciones que separan Castilblanco y Almadén. Casi todo este terreno de dehesa está acotado por fincas particulares y durante la primera mitad de la etapa (16 kilómetros) habrá que avanzar por una pequeña carretera asfaltada, ya que no hay ninguna otra alternativa por sendas o camino. Luego, una vez llegados a la entrada de la finca Los Berrocales, se abandona por fin el asfalto, y como para resarcir de las penalidades pasadas, la Vía de la Plata nos regala uno de sus tramos más gratificantes. Una preciosa campiña de alcornoques, atravesada por arroyos y collados solitarios. Horas demonólogo interior por la más desconocida naturaleza andaluza, entre encinas, alcornoques y alguna que otra piara de cerdo ibérico, promesas de suculentos pata negra.
Almadén de la Plata, en cuyo albergue se pernocta la tercera noche, es un pueblo de orígenes remotos que durante mucho tiempo vivió de la actividad minera. De ahí su topónimo: Al Madin (La Mina), como se conocía la localidad en época musulmana, cuando contaba ya con fortificación y un pequeño castillo.
La última jornada por tierras andaluzas nos lleva desde Almadén a El Real de la Jara, una corta etapa que discurre en su totalidad por las laderas meridionales de la Sierra Norte sevillana. Es también la más solitaria y agradable de las jornadas, porque transita en su totalidad por sendas y caminos que atraviesan fincas ganaderas y grandes superficies adehesadas.
Romanización
El Real de la Jara, el último pueblo de Sevilla, nació en época romana al pie de la calzada que más tarde se convertiría en el camino real entre Andalucía y Extremadura. Aún hoy, en los alrededores del pueblo, la traza que sigue la Vía de la Plata moderna coincide milimétricamente en muchos de sus tramos con aquella vía histórica que facilitó la romanización de España, la arabización del noroeste peninsular, la Reconquista de Extremadura y Andalucía o el tránsito de peregrinos mozárabes desde el sur hasta la tumba del apóstol Santiago. El título de Real se lo otorgaron los Reyes Católicos en pago a los favores de sus habitantes durante la Reconquista; el apellido recuerda el nombre que le dieron los árabes, Xara.
A la salida del pueblo nos asombrarán las ruinas del castillo de las Torres, una antigua fortaleza de la que no se sabe muy bien ni su historia ni el porqué de su emplazamiento justo en la frontera entre Andalucía y Extremadura. En este punto aparecen los primeros mojones de granito instalados por la Junta extremeña para señalizar la Vía de la Plata en su territorio. La gran calzada romana abandona Andalucía. Pero a los peregrinos les quedan por delante aún 884,6 kilómetrosde aventura hasta el Pórtico de la Gloria compostelano por un Camino de Santiago mucho más puro, salvaje y solitario que el francés. Más escaso de servicios que aquél, sí, pero sobrado de intimidad y grandes espacios naturales por los que caminar o pedalear sin más compañía que los soliloquios. Que no es poco.
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