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6
de noviembre
Triunfo
contundente de Clinton
Dole,
que se impuso en Tejas, logró evitar una derrota humillante
ANTONIO
CAÑO, Washington
Bill Clinton obtuvo ayer una contundente victoria sobre Bob Dole
y fue reelegido presidente de EE UU con uno de los márgenes más
amplios alcanzados por cualquier candidato demócrata a lo largo
del siglo. Su triunfo estuvo tan claro desde un principio que bastó
el cierre de los colegios electorales en dos significativos estados,
Florida y Ohio, para dar por segura la reelección a las 3.00 de
la madrugada (hora peninsular española) en las televisiones.
La juventud
y buena gestión económica de Clinton barrieron a la veteranía y
promesas de honestidad del candidato republicano. Las cadenas sólo
proyectaron el triunfo de Dole en un gran Estado, Tejas, y le daban
por derrotado en muchas regiones que suelen votar por candidatos
de su partido.
La diferencia
de votos populares entre Clinton y Dole era difícil de calcular
anoche cuando apenas acababa de iniciarse el recuento oficial de
sufragios. Pero el margen de votos electorales -los que deciden
el nombre del presidente- anunciaba una victoria de proporciones
históricas para Clinton. El pronóstico le otorgaba en torno a 400
votos electorales, casi cuatro veces más que a su oponente. Se necesitan
270 para conseguir el triunfo.
La noche se
perfilaba positiva también para los candidatos demócratas al Congreso.
Aunque los datos conocidos correspondían todavía a un mínimo de
votos escrutados, las cadenas de televisión dieron la victoria al
partido de Clinton en varios escaños del Senado que los republicanos
confiaban ganar. Todavía era incierto, sin embargo, en qué manos
caería el control de la Cámara Alta, y se desconocían los resultados
para la Cámara de Representantes.
La campaña
demócrata presionó en los últimos días a los votantes para que acudieran
a las urnas, por miedo a que una abstención masiva perjudicase a
sus candidatos.
Ayer se observaron
desde primeras horas de la mañana largas filas de personas frente
a los centros de votación, pero el pronóstico apuntaba a una participación
levemente superior al 50%, inferior a la que se registró en 1992
(55%).
La victoria
de Bill Clinton supone la derrota de la generación de políticos
norteamericanos que participaron en la II Guerra Mundial y de las
ideas radicalmente contrarias al intervencionismo estatal de la
revolución conservadora de 1994.
Con la promesa
de modernizar el Estado, manteniendo y mejorando al mismo tiempo
los servicios públicos esenciales, Bill Clinton logró ampliar la
base electoral de su partido y ganó la confianza de la nación para
conducir a la primera potencia mundial hacia el siglo XXI.
Los estadounidenses
eligieron con poco entusiasmo al presidente que conducirá al país
hacia el siglo XXI. Y su opción recayó en Bill Clinton, que tendrá
cuatro años por delante para corregir los múltiples errores de su
primera gestión.
Los republicanos
se quedaron anoche a la espera de un milagro, que no llegó, que
les diera la presidencia, y de un gesto de generosidad de los votantes
que les permitiese mantener el control del Congreso.
Los primeros
resultados electorales se 'conocieron' en Wall Street, donde el
índice Dow Jones de la Bolsa de Nueva York ganó al mediodía 50 puntos
ante las perspectivas de que Clinton seguiría en la Casa Blanca
y de que los republicanos retendrían su mayoría en el Capitolio.
Esa distribución del poder favoreció en los últimos dos años las
condiciones de una economía sólida, en la que se crearon 11 millones
de puestos de trabajo y se redujo el déficit del Estado en casi
dos tercios.
Esos fueron
también los principales argumentos electorales de Bill Clinton en
una campaña que nunca consiguió capturar la atención de los electores,
convencidos desde hace meses de que el presidente sería reelegido.
En un frenético esfuerzo final, Bob Dole, consiguió reducir su desventaja
en las encuestas de forma signiticativa, pero aparentemente insuficiente.
El interés
por otros cargos que también salían a elección, así como por diversos
referendos en varios Estados, contribuyó a reducir la abstención.
En la mayoría de las ciudades, se votó por 10 o 15 puestos, además
del de presidente.
Una nueva generación
Tanto Bill
Clinton como el candidato republicano esperaban anoche los resultados
en sus ciudades de origen. El presidente, de 50 años, estuvo en
Little Rock (Arkansas), de donde salió hace cuatro años como un
político desconocido e inmaduro, pero también como el símbolo de
una nueva generación que accedía al poder.
Bob Dole, de
73 años, pasó las horas finales de esta campaña -y quizás de su
carrera- en Russell (Kansas), donde hace 50 años se recuperó de
las graves heridas sufridas en la II Guerra Mundial y donde obtuvo
su primer cargo de elección popular. Dole es considerado un héroe
en su Estado, y entre muchos de sus compatriotas, pero su personalidad
política siempre ha sido gris, discretamente desarrollada a la sombra
de su gran maestro y mentor, Richard Nixon.
Los responsables
de la campaña de Clinton estaban tan convencidos de su victoria
que, antes de hacerse oficial, comenzaron a surgir las especulaciones
sobre los relevos que se producirán en la segunda administración.
Leon Panetta,
el jefe de Gabinete de la Casa Blanca, ha dejado claro desde hace
meses su intención de abandonar el cargo tan pronto como sea posible.
Y el secretario de Estado, Warren Christopher, ofreció por primera
vez su dimisión hace dos años, y casi nadie duda de que ahora le
será aceptada. Christopher estuvo anoche con Clinton en Little Rock.
La obsesión
del presidente en las horas previas a su previsible triunfo era
la de que éste fuese por un porcentaje de votos superior al 50%.
Bill Clinton sabe que muchos norteamericanos han votado por él con
la nariz tapada.
Sabe también
que su victoria se debe en parte a la debilidad de su contrincante.
Y es consciente, por último, de la cadena de investigaciones sobre
escándalos no resueltos que le espera, en un segundo mandato, especialmente
si los republicanos ganan el Congreso. Para hacer frente a todo
ello, el presidente quiere un respaldo de un popular masivo.
Cuatro años
más significan para Bill Clinton la oportunidad de convertirse en
uno de los presidentes demócratas más importantes de la segunda
mitad de este siglo. Pero significan también la plataforma para
que su partido siga en el poder en el siglo XXI. Una segunda administración
satisfactoria es la mejor garantía para que el vicepresidente actual,
Al Gore, traslade sus carpetas al Despacho Oval en enero del 2001.
«Hace
cuatro años fue mucho más fácil»
RENWICK MCLEAN,
Washington
A 400 metros de la casa de Al Gore, vicepresidente de Estados Unidos,
y al lado de una cancha de béisbol, más de 50 personas guardan cola
ante el Guy Mason Recreation Center. Hay gente de las distintas
campañas locales repartiendo folletos sobre sus candidatos, pero
la mayoría de los votantes los ignoran.
Son las nueve
de la mañana, la hora de acudir al trabajo. Se nota un aire de urgencia
en los votantes por cumplir con el trámite lo más rápidamente posible.
«Hay que votar», dice Eric Haapapuro, un científico de 25 años.
«Es mi deber cívico».
Lo que primero
llama la atención al cruzar la entrada del edificio de ladrillo
rojo es un cartel que reproduce en tamaño gigante la papeleta de
votación, cubierta con los candidatos que compiten por los 10 cargos
que ayer salían a votación en la ciudad de Washington. También figura
el texto del referéndum sobre el que ayer tuvieron que pronunciarse
los habitantes de la capital. El referéndum de aquí se llama Iniciativa
51.
«¿Qué diablos
es la Iniciativa 51?», pregunta una jovencísima votante a un hombre
que se entretiene en la fila con la lectura del periódico. «No estoy
completamente seguro, pero he leído que es una mala idea. Yo voy
a votar en contra», le contesta el más veterano. La gente mira con
atención el cartel y trata de resolver sus dudas, que aumentan en
ese instante.
Para los residentes
de Washington, éste es el momento de hacer cambios en el muy criticado
gobierno local y muchos no se sienten preparados. De repente se
han dado cuenta de que tienen que tomar muchas más decisiones de
las que pensaban. Un hombre con aspecto de ejecutivo se frota la
barbilla en señal de indecisión. Se le ve intranquilo. Saca un cigarrillo,
pero no tiene fuego. Busca a quien pedirlo, pero se fija en un letrero
amarillo que advierte: Prohibido Fumar. Multa: 300 dólares.
Después de
casi una hora en la cola se llega a la urna. Aunque para entonces
hayas resuelto todas las dudas anteriores, allí te tropiezas con
otro obstáculo: ¿cómo hacer funcionar el aparato que marca las papeletas?
No se trata de coger un lápiz y marcar el nombre de un candidato.
Hay que hacer un agujero en el espacio correspondiente al elegido.
La gente se sienta despacio, se ve insegura, casi intimidada. Se
tardan unos cinco minutos en leer las instrucciones, escritas en
inglés y en español. Esto puede explicar porque las colas son tan
grandes. «Hace cuatro años fue mucho más fácil. Esto es una barbaridad»,
dice una mujer al abandonar el edificio con gestos de haberse liberado.
Pero sonríe, y se coloca sobre el pecho la pegatina que dice: «He
votado».
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