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2000

 


- Elecciones 1996  


6 de noviembre

Triunfo contundente de Clinton

Dole, que se impuso en Tejas, logró evitar una derrota humillante

ANTONIO CAÑO, Washington
Bill Clinton obtuvo ayer una contundente victoria sobre Bob Dole y fue reelegido presidente de EE UU con uno de los márgenes más amplios alcanzados por cualquier candidato demócrata a lo largo del siglo. Su triunfo estuvo tan claro desde un principio que bastó el cierre de los colegios electorales en dos significativos estados, Florida y Ohio, para dar por segura la reelección a las 3.00 de la madrugada (hora peninsular española) en las televisiones.

La juventud y buena gestión económica de Clinton barrieron a la veteranía y promesas de honestidad del candidato republicano. Las cadenas sólo proyectaron el triunfo de Dole en un gran Estado, Tejas, y le daban por derrotado en muchas regiones que suelen votar por candidatos de su partido.

La diferencia de votos populares entre Clinton y Dole era difícil de calcular anoche cuando apenas acababa de iniciarse el recuento oficial de sufragios. Pero el margen de votos electorales -los que deciden el nombre del presidente- anunciaba una victoria de proporciones históricas para Clinton. El pronóstico le otorgaba en torno a 400 votos electorales, casi cuatro veces más que a su oponente. Se necesitan 270 para conseguir el triunfo.

La noche se perfilaba positiva también para los candidatos demócratas al Congreso. Aunque los datos conocidos correspondían todavía a un mínimo de votos escrutados, las cadenas de televisión dieron la victoria al partido de Clinton en varios escaños del Senado que los republicanos confiaban ganar. Todavía era incierto, sin embargo, en qué manos caería el control de la Cámara Alta, y se desconocían los resultados para la Cámara de Representantes.

La campaña demócrata presionó en los últimos días a los votantes para que acudieran a las urnas, por miedo a que una abstención masiva perjudicase a sus candidatos.

Ayer se observaron desde primeras horas de la mañana largas filas de personas frente a los centros de votación, pero el pronóstico apuntaba a una participación levemente superior al 50%, inferior a la que se registró en 1992 (55%).

La victoria de Bill Clinton supone la derrota de la generación de políticos norteamericanos que participaron en la II Guerra Mundial y de las ideas radicalmente contrarias al intervencionismo estatal de la revolución conservadora de 1994.

Con la promesa de modernizar el Estado, manteniendo y mejorando al mismo tiempo los servicios públicos esenciales, Bill Clinton logró ampliar la base electoral de su partido y ganó la confianza de la nación para conducir a la primera potencia mundial hacia el siglo XXI.

Los estadounidenses eligieron con poco entusiasmo al presidente que conducirá al país hacia el siglo XXI. Y su opción recayó en Bill Clinton, que tendrá cuatro años por delante para corregir los múltiples errores de su primera gestión.

Los republicanos se quedaron anoche a la espera de un milagro, que no llegó, que les diera la presidencia, y de un gesto de generosidad de los votantes que les permitiese mantener el control del Congreso.

Los primeros resultados electorales se 'conocieron' en Wall Street, donde el índice Dow Jones de la Bolsa de Nueva York ganó al mediodía 50 puntos ante las perspectivas de que Clinton seguiría en la Casa Blanca y de que los republicanos retendrían su mayoría en el Capitolio. Esa distribución del poder favoreció en los últimos dos años las condiciones de una economía sólida, en la que se crearon 11 millones de puestos de trabajo y se redujo el déficit del Estado en casi dos tercios.

Esos fueron también los principales argumentos electorales de Bill Clinton en una campaña que nunca consiguió capturar la atención de los electores, convencidos desde hace meses de que el presidente sería reelegido. En un frenético esfuerzo final, Bob Dole, consiguió reducir su desventaja en las encuestas de forma signiticativa, pero aparentemente insuficiente.

El interés por otros cargos que también salían a elección, así como por diversos referendos en varios Estados, contribuyó a reducir la abstención. En la mayoría de las ciudades, se votó por 10 o 15 puestos, además del de presidente.

Una nueva generación

Tanto Bill Clinton como el candidato republicano esperaban anoche los resultados en sus ciudades de origen. El presidente, de 50 años, estuvo en Little Rock (Arkansas), de donde salió hace cuatro años como un político desconocido e inmaduro, pero también como el símbolo de una nueva generación que accedía al poder.

Bob Dole, de 73 años, pasó las horas finales de esta campaña -y quizás de su carrera- en Russell (Kansas), donde hace 50 años se recuperó de las graves heridas sufridas en la II Guerra Mundial y donde obtuvo su primer cargo de elección popular. Dole es considerado un héroe en su Estado, y entre muchos de sus compatriotas, pero su personalidad política siempre ha sido gris, discretamente desarrollada a la sombra de su gran maestro y mentor, Richard Nixon.

Los responsables de la campaña de Clinton estaban tan convencidos de su victoria que, antes de hacerse oficial, comenzaron a surgir las especulaciones sobre los relevos que se producirán en la segunda administración.

Leon Panetta, el jefe de Gabinete de la Casa Blanca, ha dejado claro desde hace meses su intención de abandonar el cargo tan pronto como sea posible. Y el secretario de Estado, Warren Christopher, ofreció por primera vez su dimisión hace dos años, y casi nadie duda de que ahora le será aceptada. Christopher estuvo anoche con Clinton en Little Rock.

La obsesión del presidente en las horas previas a su previsible triunfo era la de que éste fuese por un porcentaje de votos superior al 50%. Bill Clinton sabe que muchos norteamericanos han votado por él con la nariz tapada.

Sabe también que su victoria se debe en parte a la debilidad de su contrincante. Y es consciente, por último, de la cadena de investigaciones sobre escándalos no resueltos que le espera, en un segundo mandato, especialmente si los republicanos ganan el Congreso. Para hacer frente a todo ello, el presidente quiere un respaldo de un popular masivo.

Cuatro años más significan para Bill Clinton la oportunidad de convertirse en uno de los presidentes demócratas más importantes de la segunda mitad de este siglo. Pero significan también la plataforma para que su partido siga en el poder en el siglo XXI. Una segunda administración satisfactoria es la mejor garantía para que el vicepresidente actual, Al Gore, traslade sus carpetas al Despacho Oval en enero del 2001.

«Hace cuatro años fue mucho más fácil»

RENWICK MCLEAN, Washington
A 400 metros de la casa de Al Gore, vicepresidente de Estados Unidos, y al lado de una cancha de béisbol, más de 50 personas guardan cola ante el Guy Mason Recreation Center. Hay gente de las distintas campañas locales repartiendo folletos sobre sus candidatos, pero la mayoría de los votantes los ignoran.

Son las nueve de la mañana, la hora de acudir al trabajo. Se nota un aire de urgencia en los votantes por cumplir con el trámite lo más rápidamente posible. «Hay que votar», dice Eric Haapapuro, un científico de 25 años. «Es mi deber cívico».

Lo que primero llama la atención al cruzar la entrada del edificio de ladrillo rojo es un cartel que reproduce en tamaño gigante la papeleta de votación, cubierta con los candidatos que compiten por los 10 cargos que ayer salían a votación en la ciudad de Washington. También figura el texto del referéndum sobre el que ayer tuvieron que pronunciarse los habitantes de la capital. El referéndum de aquí se llama Iniciativa 51.

«¿Qué diablos es la Iniciativa 51?», pregunta una jovencísima votante a un hombre que se entretiene en la fila con la lectura del periódico. «No estoy completamente seguro, pero he leído que es una mala idea. Yo voy a votar en contra», le contesta el más veterano. La gente mira con atención el cartel y trata de resolver sus dudas, que aumentan en ese instante.

Para los residentes de Washington, éste es el momento de hacer cambios en el muy criticado gobierno local y muchos no se sienten preparados. De repente se han dado cuenta de que tienen que tomar muchas más decisiones de las que pensaban. Un hombre con aspecto de ejecutivo se frota la barbilla en señal de indecisión. Se le ve intranquilo. Saca un cigarrillo, pero no tiene fuego. Busca a quien pedirlo, pero se fija en un letrero amarillo que advierte: Prohibido Fumar. Multa: 300 dólares.

Después de casi una hora en la cola se llega a la urna. Aunque para entonces hayas resuelto todas las dudas anteriores, allí te tropiezas con otro obstáculo: ¿cómo hacer funcionar el aparato que marca las papeletas? No se trata de coger un lápiz y marcar el nombre de un candidato. Hay que hacer un agujero en el espacio correspondiente al elegido. La gente se sienta despacio, se ve insegura, casi intimidada. Se tardan unos cinco minutos en leer las instrucciones, escritas en inglés y en español. Esto puede explicar porque las colas son tan grandes. «Hace cuatro años fue mucho más fácil. Esto es una barbaridad», dice una mujer al abandonar el edificio con gestos de haberse liberado. Pero sonríe, y se coloca sobre el pecho la pegatina que dice: «He votado».

 


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