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6
de noviembre
Clinton,
un hombre común
A
diferencia de otros políticos, no ha tenido problemas para reconocer
que se ha equivocado
A.
C., Washington
A comienzos del otoño de 1995, Bill Clinton estaba otra vez en pleno
proceso de redefinición. La victoria del Partido Republicano en
las elecciones para el Congreso, ocurrida hace poco menos de un
año, había barrido con todas las iniciativas de la Casa Blanca.
Las tropas de Newt Gingrich dominaban Washington, y el presidente
había quedado aislado en el Despacho Oval, sin misión que cumplir,
sin mensaje que transmitir, olvidado, acosado, contando los días
que faltaban para empaquetar sus cosas y regresar a Arkansas.
En ese tiempo,
Bill Clinton pasaba muchas horas en soledad. Había perdido la confianza
en sus principales colaboradores, se concentraba en lecturas y buscaba
interlocutores nuevos que pudieran darle esa chispa de inspiración
que precisaba para prenderse de nuevo. Desde su hogar en Connecticut,
Dick Morris, el célebre asesor que arruinó su carrera por una prostituta
el pasado mes de agosto, tomaba ya las medidas para el traje del
nuevo Clinton, que seguía obedientemente sus consejos sobre lo que
tenía que decir y lo que tenía que hacer para volver a encontrar
su espacio en este mundo.
Clinton reaccionaba
bien. El desorden de los primeros meses se iba corrigiendo. Los
errores empezaban a ser más infrecuentes. Pero el presidente norteamericano
se encontraba sin alma, sin la energía vital que constituye su principal
capital político.
El portavoz
de la Casa Blanca, Michael McCurry, ha contado que, por entonces,
Bill Clinton estaba gran parte del día y de la noche colgado al
teléfono en conversaciones que eran mitad confesión y mitad sesión
informal de psicoanálisis. En una de esas llamadas, Clinton pidió
a sus colaboradores que le marcasen el teléfono de un hotel de San
Diego donde dormía Ben Watternberg, un columnista de corte conservador
que acababa de publicar un libro titulado Los valores que más
importan. Clinton había leído el libro ese mismo día y había
encontrado en él juicios que le conmovieron sobre la decadencia
de la sociedad norteamericana y la crisis de la sociedad del bienestar.
En un insólito
rasgo de sinceridad, el presidente reconoció en su conversación
con Wattenberg lo mucho que se había equivocado en sus primeros
años en la Casa Blanca. Le dijo al columnista que se había comportado
como un primer ministro, no como un presidente, que había querido
estar encima de todo, sin orden ni criterio. Admitió que había actuado
con tanta ansiedad para resolver los problemas existentes que se
había desorientado filosóficamente. Confesó que, de repente, se
había encontrado sin rumbo, navegando a la deriva.
Bill Clinton
le contó a Wattenberg que se había perdido en los pequeños detalles
de la tarea de gobierno, y que no había sido capaz de utilizar la
presidencia para mostrarle al país una visión. Le explicó que tampoco
había cumplido con la promesa de actuar como un nuevo demócrata,
y que, presionado por los congresistas de su propio partido, se
había alejado del centro.
El inquilino
de la Casa Blanca le anticipó al columnista, en definitiva, sus
ideas sobre lo que sería la segunda parte de su presidencia.
Watternberg
escribió después: «Para alguien como yo, que se ha pasado los últimos
20 años diciendo que los demócratas son incapaces de hacer algunos
progresos hasta que reconocen que se han equivocado, fue un verdadero
placer escuchar todo eso».
A diferencia
de otros grandes políticos, Bill Clinton no ha tenido nunca grandes
problemas para reconocer que se ha equivocado. Lo hizo, por primera
vez, cuando perdió en 1980 su primera reelección como gobernador
de Arkansas, y la última, ya en su último año de gestión en Washington,
cuando admitió en un discurso que había subido demasiado los impuestos
en 1993.
Algunos dicen
que esa facilidad de Clinton para reconocer sus errores se debe,
simplemente, a que no es un gran político en el sentido tradicional,
sino un ciudadano corriente que duda y tropieza en su oficio como
cualquiera lo hace en el suyo. Otros atribuyen esa cualidad del
presidente a su vocación camaleónica, a su tendencia a abandonar
principios para camuflarse del color dominante.
Bill Clinton
tiene la virtud o el defecto de prender siempre la satisfacción
de la mayoría. Lo hace por oportunismo o por honestidad, o por las
dos cosas al mismo tiempo. No es -por lo menos no lo es ahora- un
líder visionario que se marque metas ambiciosas y transformaciones
de largo plazo. Es un político a ras del suelo, muy sensible a las
demandas populares y con un instinto extraordinario para corregir
el rumbo en la medida en que esas demandas varían.
Por eso, sus
primeros cuatro años en la Casa Blanca han sido un continuo zigzag,
peor tolerado por los analistas que por el público. Y por eso también
es difícil de predecir el Clinton que veremos a lo largo de los
próximos cuatro años.
La primera
presidencia de Clinton ha dejado una obra en la que se confunden
principios del Partido Republicano, como la ley para acabar con
la asistencia pública (welfare) y la lucha contra el crimen,
con principios del Partido Demócrata, como la defensa del aborto
y de los programas de discriminación positiva (affirmative action).
En la faceta
personal se han alternado los momentos dolorosos de la investigación
del escándalo Whitewater y la denuncia de Paula Jones por acoso
sexual con gestos de gran inspiración, como su actuación tras el
atentado de Oklahoma o su defensa de los principales programas sociales.
Todo ello ha
dejado la imagen de un hombre muy contradictorio pero atractivo,
un político ambicioso pero humano, un presidente poco fiable pero
también entrañable y próximo.
Para los miembros
de su generación, los llamados baby boomers, es uno más,
con todo lo bueno y lo malo que supone tener a uno como nosotros
en el cargo más importante de la nación. Otros muchos norteamericanos
lo ven, sin embargo, como un presidente sencillo que se ha esforzado
por hacer las cosas bien, aunque no siempre le hayan salido. Lo
más sintomático es su fuerte apoyo entre las mujeres, que son las
que mejor han valorado esa parte cordial y humana de Bill Clinton.
Uno de los
modernos intelectuales norteamericanos, el profesor de la Universidad
de Chicago Mihaly Csikszentmihalyi, que ha escrito sobre la psicología
como instrumento para la máxima realización, sostiene que los líderes
actuales tienen que reflejar el común denominador de las sociedades,
no sus aspiraciones inalcanzables. «Los votantes dicen que quieren
una sociedad llena de virtudes, pero a la hora de escoger un líder
optan por aquel que simplemente batalla por ellas», ha escrito en
el semanario Newsweek. Si eso es así, Clinton es el reflejo
de la sociedad norteamericana de hoy, en plena lucha entre el mantenimiento
de sus virtudes tradicionales y las incertidumbres que el futuro
presenta.
En la celebración
de su 50º cumpleaños, el verano pasado, Hillary tiró la casa por
la ventana para preparar a su marido una fiesta millonaria en el
famoso Radio City Music Hall de Nueva York. Cuando el presidente
subió al escenario, alumbrado por un potente foco y con la clásica
música de felicitación como telón de fondo, sus primeras palabras,
antes de reflexionar sobre el drama de sobrepasar el medio siglo
de vida, fueron: «Esto es mucho más de lo que yo merezco».
Dole,
un puente hacia el pasado
JOSÉ M. CALVO,
Washington
A lo largo
de la campaña electoral, Bob Dole, nacido hace 73 años en Russell
(Kansas), en una familia de agricultores, dejó en evidencia que
era un representante de la época de la II Guerra Mundial que reconocía
su incapacidad para entender un voto favorable a Bill Clinton que
prescindiera de consideraciones éticas.
Herido a los
23 años en la campaña de Italia y doblemente condecorado, Dole sufrió
una penosa recuperación que duró 39 meses. Gracias a su tenacidad,
recuperó la mayor parte de sus funciones, aunque su brazo derecho
quedó paralizado para siempre.
Después de
35 años en el Congreso, se lanzó a la batalla presidencial. En 1980
y en 1988, intentó sin éxito conseguir la candidatura de su partido.
Fue, además, candidato a la vicepresidencia con Ford en 1976. Derrotas,
sinsabores y servicios prestados y no agradecidos -la defensa de
Nixon en el Watergate, respaldo de los planes económicos de Reagan
y Bush, en los que no creía, y apoyo a la revolución conservadora
de Gingrich- le llevaron por fin a ser candidato.
Pero todo se
le puso en contra: el Congreso de mayoría republicana y el abrazo
a Gingrich le dieron una imagen de intransigencia, cuando toda su
vida había sido un maestro del compromiso. Se escoró hacia la extrema
derecha y le regaló el centro a Clinton.
Acabó de ponerse
la soga al cuello en la Convención de San Diego, cuando evocó el
pasado con nostalgia: «Dejadme ser un puente hacia un tiempo de
tranquilidad, fe y confianza. A los que dicen que eso jamás existió,
que América nunca ha estado mejor, yo les digo: 'Estáis equivocados,
y lo sé porque yo he estado allí». Después de esto, nadie puede
culpar a Clinton de convertir la frase «hay que elegir entre un
puente hacia el pasado y un puente hacia el siglo XXI» en el lema
de su campaña.
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