Bush, el delfín republicano
El gobernador de Tejas confía en que el actual crecimiento de la economía estadounidense le catapulte a la Casa Blanca
JOHN CARLIN
Estudiante mediocre, empresario sin éxito, político con un discurso tan simple como conservador, George W. Bush, candidato del Partido Republicano a la presidencia de Estados Unidos, puede ser el próximo inquilino de la Casa Blanca. Su éxito radica en encarnar la imagen del tipo corriente con el que la mayoría de los norteamericanos se sentirían a gusto charlando ante una hamburguesa y una cerveza en una barbacoa de domingo. Estas cualidades, sin embargo, le habrían servido de poco sin las conexiones que le otorgan su condición de heredero de una dinastía política republicana. Hijo de presidente, nieto de senador y descendiente directo de otro presidente, Franklin Pierce.
Los invitados a la cena celebrada en Los Ángeles para recaudar fondos destinados a la campaña presidencial del gobernador de Tejas, George W. Bush, de 54 años, degustaron una comida abundante. A 2.000 kilómetros hacia el este, Gary Graham, a 48 horas de su cita con el verdugo de Tejas, se preparaba para iniciar una huelga de hambre.
La ironía no tenía por qué escapárseles a los comensales californianos, 500 en total, que en conjunto habían aflojado dos millones de dólares para ayudar a Bush en su costoso empeño de establecer su residencia en el ilustre edificio de Washington ocupado en otro tiempo por su padre. Momentos antes de que la estrella de la velada se alzara para hablar, cuando todavía estrechaba manos por todo el salón de baile del hotel Century Plaza, dos infiltrados elegantemente vestidos, un hombre y una mujer, se pusieron de pie. Agarrando unos carteles con la efigie de Gary Graham, gritaron: "¡No matéis a un hombre inocente! ¡No matéis a un hombre inocente!". La protesta duró aproximadamente 10 segundos. En medio de una oleada de aplausos aliviados de los verdaderos invitados -los que habían ido a codearse con quien tal vez sea el próximo presidente de Estados Unidos o a obtener favores de él-, un grupo de hombres fornidos con cables de plástico que les salían de las orejas se abalanzaron sobre la pareja de manifestantes y los sacaron a toda velocidad de la sala. Tampoco parecieron detectar ninguna ironía los reunidos en el mensaje central del discurso del gobernador Bush. Su insistencia en calificarse de "conservador compasivo" -la imagen que considera imprescindible proyectar para su objetivo de capturar el centro político- tuvo éxito. Porque tuvo cuidado de no decir nada que pudiera estropear la digestión de un público que había llegado al amplio y lujoso Century Plaza en una caravana de Rolls- Royce, Jaguar, Porsche, Mercedes y limusinas Cadillac.
"¡Reducir los impuestos es un signo de compasión! ¡Es compasión permitir que la gente conserve el dinero que tanto les ha costado ganar! -exclamó Bush-. Mi trabajo consiste en reunir a los ejércitos de la compasión para que el sueño americano llegue a todos los corazones de buena voluntad". Esa última frase es una obra maestra del equipo que redacta los discursos de Bush, que -según las encuestas- vencerá al vicepresidente Al Gore en las elecciones de noviembre. Porque la frase combina, con una admirable economía de palabras, y con el tono épico-cursi de una película de Charlton Heston, la esencia de la utopía a la que aspira prácticamente todo estadounidense. Hacerse muy, muy rico sin dejar de ser muy, muy virtuoso.
No cabe duda de que el corazón de Gary Graham, si el gobernador Bush le hubiera permitido seguir latiendo, habría tenido tanta voluntad como cualquier otro estadounidense de hacerse con una porción de ese sueño. Bush sabe que la sentencia de muerte dictada contra Graham por un asesinato, que supuestamente cometió a los 17 años, se basó en el testimonio de un sólo testigo. Pero aun así, ha afirmado tener la certeza absoluta de la culpabilidad del hombre negro y que no sentía el menor escrúpulo por el hecho de que se hubiera convertido en el preso número 135 ejecutado en Tejas desde que asumió el cargo de gobernador del Estado en 1995.
Un juez estadounidense hizo en los años veinte una observación que hoy parece guardar relación con el caso de Gary Graham (y otros miles como él) y también, de forma más indirecta, con la carrera política de George W. Bush. "La justicia, en América, está al alcance de todos", dijo el juez, "como el Hotel Ritz".
El principio de la igualdad de oportunidades para todos, consagrado en la declaración de independencia estadounidense, sufre violaciones en el sistema de justicia, pero, hasta ahora, se había cumplido en el importante asunto de determinar quién llega a presidente de Estados Unidos. Bill Clinton, por ejemplo, es la prueba viviente de que la parábola americana del individuo que llega lejos a partir de orígenes humildes puede hacerse realidad. Estados Unidos se enorgullece de la fe en que, por encima de cualquier otra nación, es una meritocracia. Si George W. Bush llega a presidente, habrá revivido la tradición aristocrática, el síndrome Hotel Ritz, que dominaba hasta que Estados Unidos se independizó de la corona británica.
En una biografía titulada First son: George W. Bush and the Bush family dynasty, el autor, Bill Minutaglio, cita el consejo que Bush recibió de un colega republicano en 1990, la primera vez que pensó en presentar su candidatura a gobernador de Tejas. "George", le dijo el colega, "le caes bien a todo el mundo, pero no has hecho nada. Tienes que salir al mundo y hacer algo... No has hecho un carajo. Eres un Bush, y eso es todo".
En contra de lo que pretendía transmitir aquel reproche bien intencionado, ser un Bush ha resultado suficiente para George Segundo. ¿Qué significa ser un Bush?
En su caso, sabemos que, con las líneas de sangre de su padre y de su madre combinadas, no sólo es hijo de un presidente, sino nieto de un senador de Connecticut, descendiente directo de otro presidente (Franklin Pierce, 1853-1857) y sobrino en 14º grado de la reina de Inglaterra. Cuando George W. (los comentaristas políticos le llaman sencillamente "W") tenía 10 años, su padre había aumentado el legado familiar al convertirse en un millonario del petróleo.
Como muestran la biografía de Minutaglio y otras dos recientes que llegan a conclusiones casi idénticas, George W. ha hecho muy poca cosa, en el sentido convencional estadounidense del progreso mediante la independencia y el trabajo duro. Fue un alumno mediocre en el colegio, pero consiguió ser admitido en la Universidad de Yale, que, casualmente, era el alma mater de su padre, y en la Escuela de Administración de Empresas de Harvard. En Yale hizo contacto con gente que después le ayudaría en su carrera política, pero sus notas siempre estuvieron en el 20% inferior de la clase.
Al acabar sus estudios se dedicó a los negocios; siguiendo el ejemplo de su padre -por lo que se ve, en todo- escogió el petróleo. Los documentos muestran que fracasó estrepitosamente. Pero siempre ha tenido amigos poderosos que le han sacado de apuros o le han conseguido contratos de ensueño, como un puesto de asesor, en los años ochenta, que no requería su presencia, pero por el que ganaba 10.000 dólares al mes. O como la ocasión -aún mejor- en la que un consorcio le ofreció un puesto de socio para comprar el equipo de béisbol Texas Rangers, porque suponía que su apellido podía abrirles puertas con las autoridades tejanas. El consorcio suponía bien. La ciudad de Arlington, Tejas, decidió construir un estadio para los Rangers con fondos públicos, y la inversión inicial de Bush, de 600.000 dólares, obtuvo unos beneficios de 15 millones.
Su primer trabajo real, obtenido a los 42 años, fue el puesto de gobernador de Tejas. Lo logró por el acceso que tuvo, a través de sus familiares y el brillo que tiene su apellido en los círculos republicanos, a las enormes cantidades de dinero que se necesitan en Estados Unidos para financiar una campaña electoral. No estaría donde está hoy, con la perspectiva de cuatro años en la Casa Blanca, si no perteneciera a la dinastía Bush, de la misma forma que el príncipe Carlos no sería heredero del trono británico si no fuera un Windsor.
¿Qué méritos tiene Bush? En resumen, según los que apoyan su candidatura, es un hombre con un carácter afectuoso y agradable que goza de abundante energía. Se parece, habrían pensado los invitados al hotel Century Plaza, a una estrella del deporte retirada que se ha mantenido en forma, que muestra un bronceado permanente, que retiene el don de la normalidad. En agudo contraste con su rival, el hierático y excesivamente serio Al Gore, Bush presenta la imagen del tipo corriente con el que la mayoría de los norteamericanos se sentirían a gusto charlando en una barbacoa de domingo.
Ésa es la razón, aparte de las grandes cantidades de dinero que ha acumulado para su campaña, por la que es muy posible que gane las elecciones de noviembre.
Bill Greider, un conocido autor de Washington que ha escrito ampliamente de la política y la economía estadounidenses, opina que éstas son "las elecciones más estúpidas desde hace muchos años, quizá desde siempre". "La idea general", se lamenta, "es que todo va bien y va a seguir yendo bien eternamente. Así que la victoria va a depender, probablemente, de cuál de los candidatos resulte más simpático".
Un motivo importante de la popularidad de Ronald Reagan con el electorado estadounidense fue -como escribió el columnista de The New York Times James Reston en su momento- que era "como los americanos", afable y no demasiado interesado por los datos. George W. Bush es un personaje decididamente antiintelectual, que no tiene reparos, cuando se le pregunta por sus lecturas, en reconocer que sólo lee periódicos. Bush, como Reagan, ha hecho virtud de una alegre falta de curiosidad por las cosas que están más allá de su órbita inmediata. Cuando se le preguntó hace poco sobre una visita que hizo a China, Bush respondió que lo que le llamó la atención fue que "todos parecían llevar exactamente la misma marca de bicicleta".
¿Sirve este comentario de pista sobre la actitud de Bush hacia la política exterior? Sí. El hombre que pretende ser el líder de la última superpotencia, de la única nación capaz de alterar, por sí sola, el destino de otras muchas naciones, tiene un conocimiento del mundo exterior poco superior al del estadounidense medio que uno puede encontrarse en un McDonald's.
Veamos la calidad de su pensamiento en materia de política exterior, al margen de su incapacidad para distinguir entre Eslovenia y Eslovaquia o su idea -expresada en una entrevista en televisión- de que los Talibán (la milicia fundamentalista que gobierna Afganistán) eran un grupo de rock. El 31 de mayo, mientras hacía campaña en Albuquerque, Nuevo México, hizo una síntesis de su visión global: "Éste es un mundo mucho más incierto que en el pasado... Pero, aunque es un mundo incierto, estamos seguros de algunas cosas. Estamos seguros de que, a pesar de que haya muerto 'el imperio del mal', el mal sigue existiendo. Estamos seguros de que hay gente que no puede soportar lo que representa América... Estamos seguros de que hay locos en el mundo, y terror, y misiles...".
Como éste, hay muchos ejemplos similares. Son las palabras no sólo de un hombre con escaso conocimiento de los asuntos internacionales, sino de alguien que no ha conseguido memorizar del todo lo que tiene que decir. ¿Quién dicta sus frases? Su Kissinger, según la califica una revista de Washington, es una profesora universitaria llamada Condoleeza Rice, que habla ruso, se considera "europeísta", pero reconoce que sus conocimientos sobre otras partes del mundo son pocos. Bush confiesa sin rubor que no le agrada leer documentos de trabajo sobre temas internacionales y que se alegra de tener a su lado a la fiel Rice, "alguien capaz de explicarme los temas de política exterior de forma que la entienda". La amistad entre Bush y Rice, que se conocieron hace cinco años, se fraguó a partir de su común afición al béisbol. Bush -según han contado varios colegas- quedó "muy impresionado" por los conocimientos de Rice sobre este deporte.
Los conocimientos del vicepresidente Al Gore para abordar los retos que, sin duda, surgirán en Oriente Medio, en los Balcanes, en India y Pakistán son mayores. Pero, a pesar de que un presidente estadounidense tiene mucha más capacidad de influir en el extranjero que en su propio país, debido a las restricciones que impone la Constitución, la política exterior no será un factor de peso para los votantes estadounidenses. Por eso se podría argumentar que quienes deberían elegir verdaderamente al próximo presidente de Estados Unidos no son los estadounidenses, sino los mexicanos, los iraquíes, los kosovares o los serbios. Sin embargo, la identidad del futuro presidente dependerá del mito de que el candidato va a llevar a la práctica sus propuestas de política nacional y, todavía más, de cuál de los dos rivales se parezca más al Harrison Ford de la película Air Force One. (Respuesta: Bush.)
¿Cuáles son sus propuestas de política nacional? La única área en la que tiene opiniones diferentes del pensamiento conservador convencional es la inmigración. "Hay que acoger a los nuevos norteamericanos como vecinos", dice, "y no temerlos como se teme a los extraños". Por lo demás, el programa de Bush responde fielmente al catecismo republicano. Quiere reducir impuestos, como dicen siempre todos los candidatos presidenciales republicanos (su padre hizo la famosa promesa y, una vez en el cargo, los aumentó); quiere invertir más fondos en el aparato militar y en el programa de defensa nuclear de la guerra de las galaxias, y quiere encaminar fondos de la educación pública hacia organizaciones privadas. Y está en contra de la discriminación positiva, lo cual, según varios demócratas, demuestra la hipocresía más espectacular, puesto que él es el mayor beneficiario del principio de la discriminación positiva que se conoce actualmente en la vida pública estadounidense.
Ello explica, quizá, por qué varias cosas de las que dice, cuando no lee un discurso previamente elaborado, suelen resultar confusas, ambiguas o incluso claramente tontas. Como este grito desde las entrañas, cuando andaba a la caza del voto en febrero, en Carolina del Sur: "¡Si estáis hartos de la política del cinismo y los sondeos y los principios, uníos a esta campaña!".
Sus principios parecen centrarse en su dedicación a la familia, que, en el caso de su padre, tan bien le ha servido. Ante su público en el hotel Century Plaza de Los Ángeles alabó a su mujer, Laura -"una gran madre, una gran esposa, una gran americana"- y declaró: "Estoy impaciente por ser el presidente de todos los papás y las mamás de América".
Parece poco probable que los padres de los Gary Grahams de este mundo consideren a George W. Bush su presidente. Pero, por otro lado, Al Gore parece tan partidario de la pena de muerte como Bush. No es extraño, ya que más de dos tercios de la población estadounidense está a favor. Sin embargo, lo que es más inquietante de Bush que de Gore, a este respecto, es su aparente falta de sensibilidad ante el poder sobre la vida y la muerte que le corresponde como gobernador de Tejas -la "fábrica de la muerte" de Estados Unidos, en palabras de Amnistía Internacional-, el mismo poder que tendría como presidente sobre los "malos" o "locos" que podría llegar a identificar fuera de su país.
De triste fama fue lo que dijo Bush en una entrevista con la revista neoyorquina Talk después de negarse a detener la ejecución de Karla Faye Tucker, una mujer que se había convertido al cristianismo y por quien intercedió el Papa. El entrevistador le preguntaba si podía recordar lo que declaró Tucker en una entrevista que le había hecho la CNN en el pasillo de la muerte. "Por favor", gimoteó Bush, en clara burla de la petición de Tucker, "no me mate".
La idea de que Bush podría ganar en noviembre horroriza a muchos estadounidenses, pero lo que nadie duda es que, como candidato presidencial, sabe lo que hace. Sabe que la política exterior no cuenta nada a la hora de decidir el resultado de las elecciones.
Sabe que los temas de política nacional poco influyen en una época de gran bienestar económico y sabe que el factor determinante es la percepción que tenga el público de la personalidad del candidato. Cuando The Washington Post le preguntó en marzo por qué se presentaba a presidente, respondió: "Tengo un motivo para presentarme. Hablo de un objetivo más amplio, que es apelar a lo mejor de América... Voy a ganar porque la gente percibe mi corazón, conoce mi optimismo".
Lo mejor de Estados Unidos, su rasgo definitorio, es el optimismo. El optimismo radiante y satisfecho que Ronald Reagan, con su cerebro libre de datos, sabía proyectar tan bien. Los estadounidenses están programados para reaccionar ante esa actitud en sus dirigentes. Ésa es la razón por la que Bush, con su "corazón de buena voluntad", aventaja a Gore en las encuestas; ésa es la razón por la que -a no ser que se le escape de las manos el guión y revele finalmente al público estadounidense su falta de preparación para el cargo- lo más probable es que "W" sea el próximo presidente de Estados Unidos.
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