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Tres
duelos sin un claro vencedor
Muchos
pensaban que la carrera hacia la Casa Blanca quedaría sentenciada
tras los debates, pero no fue así.
Al
Gore y George W. Bush llegaron a los debates televisados empatados
en los sondeos. Todo hacía prever que sólo los cara a cara conseguirían
desestabilizar la balanza. Había que remontarse a 1960 para encontrar
semejante igualdad a estas alturas de la campaña. Entonces, la telegenia
de John F. Kennedy había arrasado frente a la malhumorada expresión
de Richard Nixon. Pero la historia no se repitió y, después de tres
duelos más bien aburridos, ni el vicepresidente ni el gobernador
de Tejas consiguieron despegarse de su rival.
Demócratas
y republicanos sabían muy bien lo que en los debates se estaba jugando:
la televisión era la mejor forma
de engatusar al indeciso. Y de eso poseían pruebas irrefutables.
Un torpe morreo con su esposa ante las cámaras le había valido
más votos a Gore que sus profesorales exposiciones sobre cifras
económicas. Y Bush sólo consiguió darle vidilla a sus sondeos tras
pasar una noche haciendo gala de su buen humor en el programa de
Oprah Winfrey. Por eso se negoció hasta el final el cómo, cuándo,
quién y dónde de los encuentros ante los millones de telespectadores-votantes.
Para
Gore era la ocasión de demostrar su preparación para el cargo de
presidente frente a las hondas carencias programáticas y de estadista
de su rival. Por algo era el claro favorito.
Pero el demócrata tenía que ser muy cuidadoso con no ahondar en
el sambenito que le persigue de ser un soberbio y aburrido repelente
niño Vicente.
Explotar
el populismo 'tipo Reagan'
Bush,
con menos historial que el vicepresidente, menos datos en la cabeza
y más propenso a trabucarse, debía explotar una cualidad heredada
de Ronald Reagan que le encanta
al público medio estadounidense: que parece uno de ellos.
Con
estas armas, Gore y Bush llegaron el 3 de octubre a su primer debate
en la Universidad de Massachusetts de Boston. Sobre fondo azul y
moqueta roja, ambos candidatos se instalaron detrás de los dos podios
vestidos de forma casi idéntica. Empezaba el primer
duelo de la campaña.
El demócrata mostró su mayor talla con un discurso que, pese a sonar
mecánico en ocasiones, estuvo más cargado de contenido que el de
su rival. Pero Bush aguantó el tipo y jugó bien el papel
del honesto gobernador provinciano
enfrentado a un astuto miembro privilegiado de la curia de Washington.
Las
primeras encuestas dieron una victoria por la mínima a Gore. Según
un sondeo posterior, un 96% de
los telespectadores dijeron "no haber cambiado de opinión" tras
el primer debate. Para los analistas eso significaba, oh paradoja,
una victoria para el republicano, que al empatar, había ganado la
partida.
Lo
del segundo
debate, celebrado en Winston-Salem el 11 de octubre, fue otra
historia. No sólo el escenario había cambiado (candidatos y moderador
sentados alrededor de una mesa), también cambiaron las partituras
de los aspirantes a la Casa Blanca. Con un Bush ligeramente crecido
por el resultado del primer debate y por su ligera ventaja en las
encuestas, Gore acudió al enfrentamiento a la defensiva, esperando,
quizá, una de las famosas meteduras de pata del republicano. Pero
se quedó esperando.
El
debate fue una amable discusión
en voz baja en la que en demasiadas ocasiones se daban la razón
uno a otro y en la que Gore dejó a Bush sorprender a propios y extraños
exhibiendo conocimientos, ideas claras y espíritu estadista en temas
internacionales, hasta ese día uno de sus puntos más
débiles. No solo no se equivocó con los nombres y los datos, sino
que el candidato republicano destiló un enfoque coherente del papel
de EE UU en el mundo.
En
la segunda mitad del encuentro el vicepresidente despertó
y criticó acertadamente la actuación de Bush como gobernador
acusándole de plegarse a las petroleras y de ser responsable de
una deficiente cobertura sanitaria. Pero ya era tarde y, aquella
noche, analistas y encuestas dieron al republicano una clara victoria.
La
contraofensiva de Gore
El
17
de octubre en Saint Louis, el Gladiador Gore llegó con
ganas de contraataque en un escenario que le convenía: ambos candidatos
contestarían las preguntas de un grupo de indecisos. Gore
defendió sus ideas moviéndose más y mejor por un plató que una y
otra vez colonizaba, cortando con frecuencia a su rival y gesticulando
para apoyar su arsenal de propuestas y cifras. George Bush, con
su voz baja y sus propósitos vagos, pareció pequeño.
Y sin embargo, su calma conectó con el público. Pese a que las encuestas
dieron a Gore la victoria dialéctica, a siete de cada 10 estadounidenses
les cayó mejor el republicano.
El
día 2 de octubre ambos candidatos obtenían un 45% de intención de
voto cada uno, según la encuesta de la CNN-Usa Today-Gallup.
Pasados los tres debates, el mismo sondeo daba una ligera
ventaja de tres puntos al candidato republicano. Los
tan esperados debates acababan sin aclarar nada en la carrera a
la Casa Blanca. Si hubo un perdedor, ese fue Al Gore, que no sacó
provecho a su mayor preparación y más convincente discurso. Por
su parte, George Bush podía darse con un canto en los dientes, uno,
por no perder, y dos, porque, al no cometer errores garrafales,
muchos pudieron imaginarle ocupando el Despacho Oval.
Y
sin embargo todo quedaba aún en el aire. Tras 270 minutos de confrontación
de ideas y estilos, ni Al Gore borró su imagen de hombre arrogante,
aburrido y poco sincero, ni George W. Bush supo convencer al votante
estadounidense de que es necesario cambiar de equipo en la Casa
Blanca.
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Transcripción
íntegra de los debates
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