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1996

2000

 


- Debates  

Tres duelos sin un claro vencedor

Muchos pensaban que la carrera hacia la Casa Blanca quedaría sentenciada tras los debates, pero no fue así.

Al Gore y George W. Bush llegaron a los debates televisados empatados en los sondeos. Todo hacía prever que sólo los cara a cara conseguirían desestabilizar la balanza. Había que remontarse a 1960 para encontrar semejante igualdad a estas alturas de la campaña. Entonces, la telegenia de John F. Kennedy había arrasado frente a la malhumorada expresión de Richard Nixon. Pero la historia no se repitió y, después de tres duelos más bien aburridos, ni el vicepresidente ni el gobernador de Tejas consiguieron despegarse de su rival.

Demócratas y republicanos sabían muy bien lo que en los debates se estaba jugando: la televisión era la mejor forma de engatusar al indeciso. Y de eso poseían pruebas irrefutables. Un torpe morreo con su esposa ante las cámaras le había valido más votos a Gore que sus profesorales exposiciones sobre cifras económicas. Y Bush sólo consiguió darle vidilla a sus sondeos tras pasar una noche haciendo gala de su buen humor en el programa de Oprah Winfrey. Por eso se negoció hasta el final el cómo, cuándo, quién y dónde de los encuentros ante los millones de telespectadores-votantes.

Para Gore era la ocasión de demostrar su preparación para el cargo de presidente frente a las hondas carencias programáticas y de estadista de su rival. Por algo era el claro favorito. Pero el demócrata tenía que ser muy cuidadoso con no ahondar en el sambenito que le persigue de ser un soberbio y aburrido repelente niño Vicente.

Explotar el populismo 'tipo Reagan'

Bush, con menos historial que el vicepresidente, menos datos en la cabeza y más propenso a trabucarse, debía explotar una cualidad heredada de Ronald Reagan que le encanta al público medio estadounidense: que parece uno de ellos.

Con estas armas, Gore y Bush llegaron el 3 de octubre a su primer debate en la Universidad de Massachusetts de Boston. Sobre fondo azul y moqueta roja, ambos candidatos se instalaron detrás de los dos podios vestidos de forma casi idéntica. Empezaba el primer duelo de la campaña.

El demócrata mostró su mayor talla con un discurso que, pese a sonar mecánico en ocasiones, estuvo más cargado de contenido que el de su rival. Pero Bush aguantó el tipo y jugó bien el papel del honesto gobernador provinciano enfrentado a un astuto miembro privilegiado de la curia de Washington.

Las primeras encuestas dieron una victoria por la mínima a Gore. Según un sondeo posterior, un 96% de los telespectadores dijeron "no haber cambiado de opinión" tras el primer debate. Para los analistas eso significaba, oh paradoja, una victoria para el republicano, que al empatar, había ganado la partida.

Lo del segundo debate, celebrado en Winston-Salem el 11 de octubre, fue otra historia. No sólo el escenario había cambiado (candidatos y moderador sentados alrededor de una mesa), también cambiaron las partituras de los aspirantes a la Casa Blanca. Con un Bush ligeramente crecido por el resultado del primer debate y por su ligera ventaja en las encuestas, Gore acudió al enfrentamiento a la defensiva, esperando, quizá, una de las famosas meteduras de pata del republicano. Pero se quedó esperando.

El debate fue una amable discusión en voz baja en la que en demasiadas ocasiones se daban la razón uno a otro y en la que Gore dejó a Bush sorprender a propios y extraños exhibiendo conocimientos, ideas claras y espíritu estadista en temas internacionales, hasta ese día uno de sus puntos más débiles. No solo no se equivocó con los nombres y los datos, sino que el candidato republicano destiló un enfoque coherente del papel de EE UU en el mundo.

En la segunda mitad del encuentro el vicepresidente despertó y criticó acertadamente la actuación de Bush como gobernador acusándole de plegarse a las petroleras y de ser responsable de una deficiente cobertura sanitaria. Pero ya era tarde y, aquella noche, analistas y encuestas dieron al republicano una clara victoria.

La contraofensiva de Gore

El 17 de octubre en Saint Louis, el Gladiador Gore llegó con ganas de contraataque en un escenario que le convenía: ambos candidatos contestarían las preguntas de un grupo de indecisos. Gore defendió sus ideas moviéndose más y mejor por un plató que una y otra vez colonizaba, cortando con frecuencia a su rival y gesticulando para apoyar su arsenal de propuestas y cifras. George Bush, con su voz baja y sus propósitos vagos, pareció pequeño. Y sin embargo, su calma conectó con el público. Pese a que las encuestas dieron a Gore la victoria dialéctica, a siete de cada 10 estadounidenses les cayó mejor el republicano.

El día 2 de octubre ambos candidatos obtenían un 45% de intención de voto cada uno, según la encuesta de la CNN-Usa Today-Gallup. Pasados los tres debates, el mismo sondeo daba una ligera ventaja de tres puntos al candidato republicano. Los tan esperados debates acababan sin aclarar nada en la carrera a la Casa Blanca. Si hubo un perdedor, ese fue Al Gore, que no sacó provecho a su mayor preparación y más convincente discurso. Por su parte, George Bush podía darse con un canto en los dientes, uno, por no perder, y dos, porque, al no cometer errores garrafales, muchos pudieron imaginarle ocupando el Despacho Oval.

Y sin embargo todo quedaba aún en el aire. Tras 270 minutos de confrontación de ideas y estilos, ni Al Gore borró su imagen de hombre arrogante, aburrido y poco sincero, ni George W. Bush supo convencer al votante estadounidense de que es necesario cambiar de equipo en la Casa Blanca.

· Transcripción íntegra de los debates


PROCESO Y SONDEOS
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40 millones de telespectadores presenciaron el primer debate, celebrado en Boston. Una cifra similar al anterior Clinton-Dole, pero lejos de los 80 millones que vieron a Ronald Reagan frente a Jimmy Carter en 1980 (Ap).


Para preparar su primer cara a cara, Gore y Bush se hicieron construir estudios que reproducían por completo el instalado la noche del 3 de octubre en Boston. Sus equipos negociaron hasta la temperatura del plató, que sería de 18 grados centígrados (Reuters).


El periodista Jim Lehrer (centro) moderó los tres debates presidenciales, de 90 minutos cada uno y abiertos a todas las cadenas de televisión. Para poder participar, los candidatos debían tener al menos un 15% de intención de voto (Reuters).


La crisis en Yugoslavia y Oriente Próximo llevó la primera mitad del debate del 11 de octubre a asuntos de política internacional, un tema en el que un sorprendente George W. Bush aprobó el examen (Reuters).


El último duelo en Saint Louis estuvo a punto de ser cancelado después de que, aquel mismo día, falleciese en un accidente de aviación el gobernador de Misuri y candidato demócrata al senado, Mel Carnahan (Reuters).


La víspera del primer debate, Al Gore y George Bush estaban empatados en los sondeos. Tras 270 minutos de debate, la misma encuesta daba una ligera ventaja de tres puntos al candidato republicano (Ap).


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