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¿Cómo
se elige al presidente?
La
carrera presidencial estadounidense es
un complejo y largo maratón en tres tiempos
que comienza con unas primarias dentro
de los partidos y acaba con un puro formalismo
en el que 538 personas eligen al mandatario
en nombre del pueblo
La
paradoja de una de las democracias más presidencialistas del mundo
es que el pueblo no elige directamente a su presidente, sino que
vota en cada Estado un número de electores, que, a su vez, designan
por mayoría absoluta al presidente y vicepresidente "el lunes siguiente
al segundo jueves de diciembre".
Previamente,
las formaciones han celebrado sus primarias
o caucus en cada estado,
de las que sale, tras pasar por una populosa y colorista Convención,
el nombre del candidato oficial de cada partido. En total, los estadounidenses
invierten un año en saber quién será su presidente los siguientes
cuatro.
El
sistema, tan viejo como la Constitución (1787), es tan complicado
que, a pesar de aprenderse en las escuelas, se olvida y es una de
las principales fuentes de la abstención
histórica, que llega a rozar el 60%.
A
pesar de la confusión y de las críticas que provoca, sólo se pude
cambiar por medio de una enmienda a la Constitución, que debe proponer
el Congreso con el apoyo de dos tercios de ambas cámaras y dos terceras
partes de los estados deben ratificarla.
Sin
embargo, hay una poderosa razón para dejar las cosas como están:
los controles y equilibrios que establece esta fórmula, el famoso
check and balance en
el que se basa todo el sistema político. Los padres fundadores de
la República establecieron el voto indirecto para proteger los intereses
de los Estados más pequeños y garantizar que los grandes no colocarán
en la Presidencia a su ‘hombre fuerte’.
Salida:
los candidatos oficiales
En
esta fase radica la apertura del sistema. Si en Europa son los partidos
los que deciden el nombre de su candidato, en EE UU las formaciones
ofrecen una lista de presidenciables que votan los electores
(primarias) o los comités locales (caucus).
De
esta primera votacion no sale un nombre, sino unos 4.000
delegados adeptos a una u otra candidatura que deben
volver a votar. Así, la pugna por la candidatura oficial se reproduce
en cada uno de los Estados y la consigue el que obtiene la mayoría
absoluta de delegados en la convención de su partido, que se celebra
en el verano del año electoral.
Para
un español, ver cómo se enfrentan entre sí los aspirantes de un
mismo partido es todo un espectáculo,
que tiene sentido en EE UU porque las formaciones son más pragmáticas.
Es decir, que la política va a depender del talante de la persona
que finalmente se siente en el Despacho Oval más que del programa,
programa, programa de su partido.
En
el caso de las primarias, los votantes se inscriben en el partido
que prefieran. Este proceso está abierto a todos y no sólo a los
afiliados, porque la militancia con carné es tan baja que
no tendría ningún tipo de representatividad.
Ya
sea por la vía de las primarias (agotadoras y con multitud de fórmulas)
o por caucus (en varias fases), los delegados llegan a las
convenciones nacionales de los partidos pertrechados de pancartas,
chapas, gorros, serpentinas y globos, un puro teatro en el que ya
se sabe quién va a ganar. El nominado candidato oficial se
da su primer baño de masas, propone a su vicepresidente,
que se acepta mayoritariamente sin rechistar, y da su discurso clave,
que contiene las líneas generales de su programa de Gobierno.
Sólo
entonces, comienza la verdadera campaña
electoral, una fase curiosamente más corta que las anteriores, en
la que se retocan los programas para captar a los indesisos y a
los que preferían a un rival derrotado. Es el momento de los anuncios
en televisión, de los debates y de las giras por los estados en
donde la candidatura es más frágil.
Prueba
de fuego: el Colegio Electoral
"El
martes que sigue al primer lunes de noviembre", en este caso el
7 de noviembre, los ciudadanos de cada estado eligen tantos electores
presidenciales como representantes tenga en el Congreso federal,
que posteriormente serán los que decidan el nombre del presidente.
El
número de electores presidenciales varía de 3, que tienen Columbia,
Wyoming, Alaska y las dos Dakotas, a los 54 de California o los
33 de Nueva York. En total, son 538 electores,
un honor al que no pueden optar ni congresistas ni funcionarios
federales.
Por
un sistema mayoritario simple, el ganador en cada circunscripción
electoral, aunque sea por un solo voto,
obtiene todos los sufragios emitidos en ese estado. Es decir, que
gana todos los votos electorales de cada Estado el candidato
oficial que más votos populares tiene, excepto en Maine y
Nebraska, donde se aplica el sistema proporcional.
Pero,
para ser presidente, se necesita la mayoría absoluta de esos votos
electorales, es decir, 270.
Llegada:
la elección final
Aunque
la incógnita desaparece incluso incuso antes de que se publiquen
los resultados -a unas horas del cierre de los colegios en el oeste
gracias a la precisión de los sondeos-, los miembros del colegio
electoral depositan su voto formalmente
en el Congreso de su respectivo Estado.
Las
urnas se envían al presidente del Senado federal que hace el recuento
el 6 de enero. Si ninguno de
los candidatos obtuviera los 270 votos, existe un procedimiento
subsidiario en el que la Cámara de Representantes elige al presidente
y el senado al vicepresidente.Tras
jurar los cargos, los flamantes presidente y vicepresidente toman
posesión el 20 de enero.
Obstáculos
en el camino
Este
sistema produce algunas situaciones tan infrecuentes como inverosímiles.
Una de ellas es que un candidato puede perder la presidencia a pesar
de ganar el voto popular, como le ocurrió a Hayes en 1876, a Harrison
en 1888 y como puede ocurrir en el 2000.
La
pesadilla de estas reñidas elecciones
es que podría producirse no sólo esta anomalía -un Bush vencedor
del voto popular y un Gore ganador del Colegio Electoral-, sino
también un empate en votos electorales, como en 1800 con
Thomas Jefferson y en 1824, con John Quincy Adams.
Otra
rareza del sistema es la posibilidad del desmarque:
los compromisarios no están obligados por ley a votar al candidato
de su partido -al igual que tampoco tienen el voto vinculado los
delegados de las Convenciones-. Pero los casos de desobedicencia
al candidato son contados.
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