Menuda
semana. Fueron siete días que sacudieron
a una España que ya no soportaba, como
enseguida se vio, la angustiosa pervivencia
de un régimen caduco con un pasado de
espanto, un presente de impotencia y un
futuro imposible. Incluso la meteorología
acompañó el tránsito: del gris y plomizo
que saludó desde el cielo el entierro
de Franco se pasó al sol que se abría
para saludar a reyes e invitados en la
ceremonia de los Jerónimos, un templo
bien significativo para los madrileños.
Para que aquellos días existieran, antes
tuvieron que ocurrir algunas cosas. Como
la prolongada agonía del anterior jefe
del Estado, eufemismo que tanto gustó
en tiempos de la transición y que en realidad
encubría decir, como casi todos querían,
la muerte del dictador. Una agonía salpicada
de dolor, de fusilamientos, de pequeñas
miserias cortesanas y de grandes juegos
políticos.
Los
partes del equipo
médico habitual eran leídos a la prensa
en el vestíbulo de la clínica de la Paz
por Manuel Lozano Sevilla, taquígrafo
de Su Excelencia, por decirlo con la terminología
de la época. Su tenor hubiera podido deducirse
sin error por un sordo que observara las
caras de los circunstantes. Cuando indicaban
alguna mejoría, los más comprometidos
con aquel régimen mostraban alivio, los
desafectos se miraban con paciencia. Cuando
la alternativa era inversa, de agravamiento,
los franquistas apretaban los dientes
y sus adversarios ensayaban el mejor de
los disimulos. En El Pardo, la anciana
dueña del restaurante La Marquesita, con
su toquilla negra de punto grueso, seguía
como una verdadera profesional esas vicisitudes.
Sentada al fondo de la barra estaba siempre
a la escucha de Radio Nacional, que interrumpía
su programación para ofrecer el último
avance informativo. Luego, por teléfono
encargaba el pan que estimaba necesario
calculando la afluencia previsible de
periodistas y curiosos en proporción directamente
proporcional a la gravedad del paciente,
tantos años su vecino tras las tapias
del palacio situado enfrente de su local.
Subrayemos que todo sucedía en la anterior
glaciación, antes de la era de los móviles,
y que la Compañía Telefónica, para facilitar
el trabajo, había dispuesto, tanto allí
como en las inmediaciones de la clínica,
unos autobuses convertidos en locutorios
donde todos hacíamos cola para reportar
a nuestras respectivas redacciones.
Muchas cosas habían cambiado de modo paulatino en un régimen cuyas
señas de caducidad eran tanto más visibles cuanto con más énfasis
proclamaba su permanencia e inalterabilidad, a tenor de la Ley
de Principios del Movimiento. Era la inútil pretensión de haber
descubierto en política el movimiento continuo que se pensó consagrado
haciendo jurar al Sucesor aquellas improrrogables Leyes Fundamentales.
Por su parte, Franco había dado garantías en 1961 a sus fieles
concentrados para la ocasión en el cerro de Garabitas de la Casa
de Campo de Madrid cuando empezaban a preguntarse aquello de ¿después
de Franco, qué? Su compromiso fue que todo quedará atado y bien
atado bajo la guardia fiel de nuestro Ejército. Luego se comprobaría
que el error de cálculo consistió en considerar suyo al Ejército.
Un Ejército que, muerto Franco, terminó prefiriendo dejar de ser
su Ejército, el vencedor de la mitad de los españoles para ponerse
a las órdenes del nuevo poder constitucional, encarnación de la
soberanía popular, después de transferir, no sin algunos graves
sobresaltos, sus anteriores lealtades al Rey.
Pero, a lo que íbamos, concluída la guerra, la posguerra y los
años de pertinaz sequía, los españoles empezaban a sentirse de
clase media, habían comprado a plazos su seiscientos y tenían
acceso a las clínicas de la sanidad pública mejor dotadas que
los hospitales militares. Por eso, Franco, cuando sufrió un accidente
de caza en el monte de El Pardo al explotarle en la mano su escopeta
Purdley en diciembre de 1961, fue atendido en el Hospital del
Aire, situado en la calle de la Princesa de Madrid junto a la
Iglesia del Buen Suceso (obras ambas trazadas por los nombrados
arquitectos hermanos Ortiz de Villajos, que sucumbieron a la piqueta
años más tarde víctimas de una operación especulativa del Patrimonio
Nacional), mientras que al sobrevenirle la flebitis en 1974 fue
internado en el Hospital Provincial que llevaba su nombre y hoy
el de Gregorio Marañón, y cuando su recaída definitiva ingresó
en la Clínica de la Paz, dos centros de la red de la Seguridad
Social. Nadie pensó en llevarle al Hospital Militar Gómez Ulla,
carente de los adelantos de la medicina más moderna.
También habían avanzado las formalidades políticas. En 1961, los
médicos aconsejaron intervenirle con anestesia general y entonces
Franco ordenó que localizaran inmediatamente al ministro de la
Gobernación, Camilo Alonso Vega, compañero desde la Academia de
Infantería de Toledo donde ambos obtuvieron sus despachos como
subtenientes en 1910. "Me van a tener que intervenir con anestesia
y te hago responsable de todo lo que suceda en España en estas
horas, ve al ministerio y redacta una nota oficial para el telediario
de las nueve", le dijo el jefe del Estado cuando llegó a su presencia.
Una vez en su despacho, Alonso Vega inició a lápiz una nota oficial
del Ministerio de la Gobernación en los siguientes términos: estando
cazando... Es una figura gramatical que Fabián Estapé ha caracterizado
en sus memorias como gerundio de repetición.
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Don
Juan Carlos desayuna con Giscard d'Estaing en la Zarzuela
el 22 de noviembre.
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Trece
años después, en 1974, se había registrado una evolución institucional
desde aquel Estado campamental surgido a raíz de la sublevación
del 18 de julio de 1936. Estaba vigente la Ley Orgánica del Estado
dictada en 1966 y el príncipe Juan Carlos era, desde 1969, sucesor
a título de rey por designación del jefe del Estado. Por eso,
el 19 de julio de 1974, cuando su primera enfermedad, Franco transmitió
de modo provisional las funciones de la Jefatura del Estado al
Príncipe en un oficio que el ministro de la Presidencia, Antonio
Carro, redactó delante del jefe de la Casa Civil, Fernando Fuertes
de Villavicencio, y del marqués de Villaverde. Que este último
estuviera presente denotaba la pérdida de facultades de Franco
y el papel que su yerno deseaba adoptar en nombre de la familia
y de los incondicionales del régimen. Al marqués se atribuye que
Franco reasumiera por sorpresa todos los poderes el 2 de septiembre,
una vez que el Príncipe hubiera regresado a Mallorca después de
presidir días antes en el Pazo de Meirás un Consejo de Ministros.
Un año después, el 26 de septiembre de 1975, el Franco de siempre,
el de mi pulso, no temblará, vuelve a sus orígenes para dar el
enterado a tres ejecuciones que se producirían en la madrugada
siguiente. Pero el 21 de octubre se reconoce oficialmente que
le aqueja una insuficiencia coronaria y el 30 se aplica el artículo
11 de la Ley Orgánica del Estado a tenor del cual, en caso de
enfermedad del Jefe del Estado, debía asumir sus funciones el
heredero de la Corona de lo que el presidente del Gobierno habría
de dar cuenta a las Cortes, a aquellas Cortes de las que mejor
no hablar. Empieza entonces un extraño pugilato para prorrogar
la agonía de Franco con ánimo de sobrepasar la fecha del 26 de
noviembre en la que caducaba el mandato del falangista Alejandro
Rodríguez de Valcárcel como presidente de las Cortes, que a su
vez lo era del Consejo del Reino y del Consejo de Regencia.
Leopoldo Calvo Sotelo ha recordado al profesor Jesús Fueyo diciendo
aquello de después de Franco, las instituciones. Pero aquellas
instituciones, como ya entonces se echaba de ver, tenían anillada
su fecha de caducidad. Aclaremos, para los que han llegado después,
que las Cortes eran orgánicas, es decir, compuestas por representantes
elegidos de aquella manera a través de la familia, el municipio
y el sindicato, y cabildeados siempre por el llamado Movimiento
Nacional, un híbrido de los alzados en el 36 a base de falangistas,
tradicionalistas y católicos colaboracionistas, más unas dosis
de tecnócratas laureanistas que el público percibía como propiciados
por el Opus Dei. En cuanto al Consejo de Regencia baste decir
que tenía una composición tan estrafalaria como la siguiente:
el presidente de las Cortes, el prelado de mayor jerarquía y antigüedad,
el consejero del Reino y el teniente general en activo y de mayor
antigüedad de los Ejércitos de Tierra, Mar o Aire.
En Portugal, la revolución de los claveles había demostrado
la invalidez del maquillaje caetanista para la continuidad del
salazarismo sin Salazar, y además había deparado la sorpresa de
que fueran los militares, el movimiento de los capitanes de abril,
los educados en la más pura ortodoxia autoritaria, los que tomaran
la iniciativa de liquidar el sistema. Por eso, aquí cundía el
temor ante cualquier analogía y se tomaban todas las medidas precautorias
frente a la Unión Militar Democrática que apenas sumaba unas docenas
de oficiales y frente a cualquier frustración que afectara a las
unidades de primera línea en el Sáhara, sobre el que, aprovechando
los estertores del régimen, el rey Hassan II anunciaba por esos
días la marcha verde. El Príncipe viajó el 2 de noviembre
a la capital del territorio El Aaiún en un gesto destinado a garantizar
que se haría lo necesario para que nuestras fuerzas conservaran
ese intangible del honor.
Pero don Juan Carlos llegaba a estos momentos finales del franquismo
curado de cualquier tentación militar por dos casos de familiares
muy cercanos. Primero, el de su abuelo el rey don Alfonso XIII,
a quien su respaldo al golpe del general Primo de Rivera le acabó
costando el trono. Segundo, más íntimo, en su propia generación,
el de su cuñado el rey Constantino de Grecia, arrastrado en su
caída por el régimen de los coroneles y convertido, todavía muy
joven, en un expatriado sin retorno. El Príncipe estaba dispuesto
a ahorrarse el amargo caviar del exilio. Nunca quiso ser ese monarca
alauíta a lo Hassan II que configuraban las leyes franquistas
con súbditos aherrojados por sus propias fuerzas armadas. Siempre
quiso reinar sólo sobre ciudadanos libres. Pero sucedía que Franco
iba a morir y era previsible e inevitable la desfranquización,
mientras que él, que era el sucesor, debía quedar indemne y convertirse
cuanto antes en un rey consentido por todos los españoles. Después
de 36 años de victoria, es decir, también de derrota para los
vencidos, le correspondía inaugurar la paz, la reconciliación,
la concordia.
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Los
Reyes, a la salida del acto religioso en los Jerónimos el
27 de noviembre de 1975. (Europa Press)
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Así,
con el intento de dimisión del presidente del Gobierno Carlos
Arias Navarro incluido, al sentirse puenteado por el Príncipe,
y con toda suerte de movimientos de las fuerzas democráticas de
oposición imbuidas de la inminencia del fin, llegamos al 20-N,
inicio de la semana más larga que vivieron muchos españoles. La
hora del fallecimiento de Franco parece fijada a las 3.40 de la
madrugada. El presidente del Gobierno Carlos Arias Navarro comparece
ante las cámaras de TVE para leer un mensaje propio y unas cuartillas
de Franco que aporta su hija Carmen. Llora, pero las tomas son
incorrectas y deben repetirse. Como un actor profesional vuelve
a llorar por segunda vez con el consiguiente agradecimiento de
los técnicos encargados de la grabación. Franco insiste con el
"arriba España" de triste memoria y agradece a quienes han colaborado.
Por una vez se olvida de la antiEspaña, aunque no del todo, porque
asegura sólo haber tenido como enemigos a los que lo fueron de
España. Narváez, en el mismo trance, dijo que no podía perdonar
a sus enemigos porque los había fusilado a todos.
El cadáver de Franco pasa primero por El Pardo y se instala al
día siguiente en la sala de Columnas del Palacio Real. Llamamientos
y colas de fieles y de incrédulos retransmitidas en directo, lo
que ayuda a mantener la animación de la espera y a aumentarla.
Consejo de Ministros, decretos sobre funerales y sobre la proclamación
del Rey. Nada de coronaciones. Una jura sobre las leyes que serían
derogadas por necesidades del guión y para alivio de todos. El
22 de noviembre, el presidente de las Cortes pasa el trago de
gritar "viva el Rey" metiendo el gazapo de que lo hace "desde
la emoción en el recuerdo a Franco". Don Juan Carlos pronuncia
un mensaje escueto centrado en la concordia y pasando por algunas
menciones como sobre ascuas encendidas. Cómo ilustra repasar cuál
fue la reacción del auditorio, aquellas Cortes que terminarían,
quién iba a decírselo, haciéndose el haraquiri. Aplauden la mención
a Franco y la alusión a Gibraltar (grandes y prolongados aplausos,
registra el diario de sesiones). Sólo algunos se atreven débilmente
a subrayar la referencia al todavía jefe de la dinastía y padre
del rey don Juan de Borbón. En las tribunas no hay más representación
extranjera relevante que un siniestro Augusto Pinochet envuelto
en un capote gris y parapetado tras unas gafas negras de uniforme
de dictador, junto a los Marco filipinos y a uno de los Rockefeller,
por entonces vicepresidente de Estados Unidos, sepultado entre
un mar de guardaespaldas. Lo demás es frialdad. Luego, los Reyes
se encaminan a la capilla ardiente, pero hacen una escala técnica
para que doña Sofía cambie su indumentaria y pase del fucsia al
negro. Después, el entierro en el Valle de los Caídos.
Don Juan Carlos desea inaugurar su reinado con otros parabienes.
Por eso se organiza el jueves 27 de noviembre una misa del Espíritu
Santo en la iglesia de los Jerónimos. Ese momento permite la venida
a España del presidente de la República Francesa Valery Giscard
D'Estaing y del presidente de la República Federal Alemana Walter
Scheel, que nunca hubieran venido con Franco vivo o para asistir
a sus exequias. El Rey cuenta con los buenos auspicios de quienes
cuentan en Europa. España puede pensar en salir del lazaretto.
La Monarquía puede ser una salida funcional. El cardenal Tarancón,
que tantos odios concita de los del búnker, dice en su homilía
que la Iglesia se siente comprometida con la nueva situación y
que no regateará su estima, su oración ni su colaboración al Rey.
El cardenal, secundado y ayudado en todos sus movimientos por
un discreto y eficaz José María Martín Patino, sabe que tiene
algún margen mayor que el que tuvo el Rey días antes con Franco
todavía corpore insepulto, y por eso pide al Rey que lo
sea de todos los españoles, que promueva un reino de justicia
en el que quepan todos sin discriminaciones, que ninguna forma
de opresión esclavice a nadie y que acoja las diferencias y, respetándolas,
las ponga todas al servicio de la comunidad. En la puerta del
templo, ante las escalinatas, desfilan las fuerzas que han rendido
honores y los invitados siguen a los Reyes a Palacio, donde se
ofrece un almuerzo. Hay algunos curiosos al paso, pero el entusiasmo
hacia el Rey sobrevendrá años después cuando se juegue y se gane
la Corona, cuando empiece a verse clara la importancia del papel
que ha jugado en la recuperación de las libertades de todos, como
motor del cambio. Nada se le concedió por adelantado.
Ahora, sí, ¡viva el Rey!