Cuando
se produjo la muerte del general Franco,
don Juan Carlos de Borbón sabía que
tenía una misión que cumplir para la
que se había estado preparando durante
muchos años a lo largo de una vida no
exenta de dificultades. Nacido en el
extranjero y con pocas esperanzas inmediatas
de volver a una España entonces en guerra
civil, y donde los monárquicos en su
inmensa mayoría no solo no eran demócratas
sino tampoco liberales, había estado
sometido a lo largo de su vida al ritmo
de las cambiantes relaciones entre Franco
y su padre. Éste, sin duda, cometió
errores a lo largo de su vida: sin duda,
no era demócrata en los años cuarenta,
sólo se le puede describir como liberal
desde 1944 y la Monarquía en la que
pensaba tan sólo llegó a ser democrática
a mediados de los años sesenta. Pero
nunca se sometió a Franco, como hicieron
los Braganza en Portugal, y su colaboracionismo,
cuando existió, siempre fue tenso y
conflictivo.
Se
puede decir, sin duda, que su hijo heredó
de él una idea de misión reconciliadora
de los españoles, que el Rey siempre
ha reconocido y sin la cual no se entiende
su significación histórica. Lo que sucede
es que en el modo de cumplirla difirió
de su padre. Don Juan Carlos parece
haber dicho a Carrillo que, tras haber
pasado muchos años haciéndose el tonto,
mucha gente pensó que lo era. En realidad,
durante los largos años del franquismo
hizo muchas y más importantes cosas
que hacerse el tonto: debió aplacar
las declaraciones de su padre, evitar
la desconfianza de El Pardo, atraer
a los más jóvenes reformistas del régimen
y enlazar con la oposición, al mismo
tiempo que explicaba a los políticos
de fuera que un día habría democracia
en España, aunque no sabía cómo se llegaría
a ella.
El protagonismo en la transición
Claro está que la transición no la hizo el Rey, sino todos los
españoles. Todavía se podría decir más: antes de que la transición
se iniciara, de alguna manera existía un sentimiento difuso en
la sociedad española que consistía en el generalizado deseo de
entenderse. El resultado final es que esa actitud de fondo acabó
por identificarse con una democracia consolidada bajo una Monarquía
parlamentaria.
Pero el proceso por el que se llegó a este final feliz fue muy
complicado y difícil. Quizá todavía merece otro calificativo más,
imaginativo, porque, en efecto, no había un modelo o ejemplo en
que basarse. El Rey debió aprender día tras día, y en muchas ocasiones
previo error. Una de las personas que estuvo más cerca de él durante
el tenso mes de noviembre de 1975 fue Torcuato Fernández Miranda,
y éste ha dejado escritas unas notas en las que se contienen sus
conversaciones con él. Los propósitos eran claros -democratización,
caras nuevas, una monarquía por encima de cualquier partidismo...-,
pero debió reconocer: "Me falta experiencia", cuando, por ejemplo,
le dimitió Arias Navarro.
Se suele decir -lo hacen los profesores de Derecho Político- que
en España el Rey reina porque no gobierna, pero hay que recordar
que, al menos durante algún tiempo, reinó y gobernó al mismo tiempo.
Hubo dos decisiones que sólo él podía tomar y que tuvieron un
resultado positivo: los nombramientos sucesivos de Torcuato Fernández
Miranda, como presidente de las Cortes, y de Adolfo Suárez, como
presidente del Gobierno. De esta manera, por más que fueran muchas
las personalidades reformistas del régimen que por entonces pulularon
por el entorno real, parece justo afirmar, como en más de una
ocasión ha hecho Santiago Carrillo, que el Rey fue el auténtico
dirigente de esta tendencia de la política española cuyo papel
fue fundamental en la transición.
Pero, al mismo tiempo, don Juan Carlos, en su actuación diaria,
fue Rey constitucional incluso antes de que hubiera Constitución;
no tomó parte en las decisiones diarias de carácter político-partidista
ni tan siquiera emitió opiniones al respecto. No se le pudo atribuir
un programa concreto ni tan siquiera en lo que respecta a la ley
fundamental, pero, en cambio, hizo muchos gestos, y muy significativos.
Landelino Lavilla ha llamado la atención acerca de ellos. En julio
de 1976, por ejemplo, presidió los Consejos de Ministros en los
que se decidió la renuncia de España al derecho de presentación
de los obispos, y la amnistía. Más adelante, cuando ya se aproximaba
el momento de las elecciones generales, recibió en La Zarzuela
la renuncia de su padre a sus derechos dinásticos. En este caso,
el gesto fue doble: se realizó porque la consulta popular eran
inminente y tuvo lugar en La Zarzuela porque las Cortes seguían
siendo franquistas. También fueron gestos significativos que los
Reyes acudieran a votar en los dos referendos sucesivos y no en
la primera elección constituyente.
Muro de contención
No sólo gobernó e hizo gestos: su papel decisivo e irreemplazable
consistió en convertirse en escudo protector de la transición.
En aquellos momentos se dijo, por monárquico tan ilustre como
siempre fue José María Areilza, que el Rey era el motor del cambio,
pero, en realidad, se puede más adecuadamente afirmar que a quien
le correspondió ese papel fue a la propia sociedad española. Luego,
en un libro valioso, el historiador Charles T. Powell le describió
como "el piloto del cambio". Parece, sin embargo, más apropiado
decir que el piloto del cambio fue la propia clase política española,
más la del poder que la de oposición; el Rey, en cambio, no hizo
el día a día de la transición porque ése no era el papel que debía
corresponderle.
En cambio, lo más definitorio del papel del monarca fue haber
contribuido a evitar que se produjera una intervención que hiciera
imposible que los españoles tomaran posesión de su propio destino.
Por supuesto, de ella hubieran sido culpables militares que ocupaban
puestos de primera importancia en el escalafón de entonces, tenientes
generales o generales de brigada. Cuando la transición tuvo lugar
-o inmediatamente después- no se contó con toda crudeza esta realidad
quizá porque no todos fueron conscientes de ella, aunque parece
indudable que lo conocieron quienes ocupaban los puestos políticos
más importantes. Si evitaron decirlo fue porque la denuncia también
hubiera podido ser tomada como una provocación.
La relación del Rey con estos mandos que, por su franquismo, estaban
dispuestos a presionar a las autoridades políticas fue a menudo
tensa y se resolvió en pugilatos psicológicos nada fáciles, aunque
acabaran en un final feliz. A estas alturas ya se puede poner
un ejemplo, hasta ahora por completo desconocido. En marzo de
1976 -es decir, cuando faltaban todavía meses para que Suárez
llegara a la presidencia-, una serie de generales y otros mandos
militares se reunieron en Madrid. La jerarquía máxima era el general
Pérez Viñeta, y se esperaba, pero no llegó, a Milans del Bosch.
Los reunidos coincidieron en que el Gobierno era poco franquista
y debía ser sustituido por otro que lo fuera. Como no desconfiaban
del vicepresidente de Defensa ni del Rey, acordaron presionar,
a través del primero, al segundo. El Rey recibió el papel en una
ocasión muy particular: en medio de unas maniobras militares.
Debió ser para él un momento crítico, pero reaccionó de la forma
oportuna: cuadró a quien le entregaba el papel y aseguró que ese
asunto quedaba tan sólo en sus manos. Ya se puede imaginar lo
que hubiera sucedido de tolerarse esta intromisión.
Así se explica el verdadero sentido de la actitud del monarca
ante el 23-F. Para muchos españoles, ese día se produjo una revelación:
sabían que el Rey había sido importante para el cambio político,
pero ignoraban hasta el momento hasta qué punto. Ahora, la España
de izquierdas se hizo masivamente juancarlista y, poco
a poco, quizá se haya convertido en monárquica, al menos en cierto
sentido. Pero, para el Rey, lo que hizo aquella noche fue una
consecuencia de toda una trayectoria, propia y de la institución.
Muerto Franco, había emprendido un rumbo que entonces culminó.
Pero aquella noche no fue la ocasión más difícil de su vida porque
sabía lo que tenía que hacer. Peores fueron aquellos días finales
del franquismo, en medio de un campo de minas, en los que ni siquiera
se sabía cómo acertar.
Javier Tusell es
escritor e historiador.
