A
mi entender, lo más importante de la
actual monarquía española no son las
reglas protocolarias y sucesorias del
Título II de la Constitución, sino dos
aspectos de la política de estos 25
años que aparecen poco o nada en el
texto constitucional. El primero es
la facilidad con que una monarquía configurada
por Franco para sucederle, a él y a
su régimen dictatorial, se convirtió
sin traumas en una monarquía parlamentaria,
perfectamente equiparable a las modernas
monarquías parlamentarias de Escandinavia.
El segundo es el acuerdo histórico,
no escrito ni proclamado, entre la monarquía
y la izquierda política. Ambos aspectos
están íntimamente vinculados entre sí.
El
primero de estos dos asuntos tiene una
interesante historia. Después de la espantosa
guerra civil, la derrota de los republicanos
y la implantación de un violento régimen
dictatorial en España, el general Franco
implantó varias leyes que se llamaron
orgánicas. Una de ellas, la Ley de Sucesión
en la Jefatura del Estado, de 1947, decía
en su artículo 1 que "España, como unidad
política, es un Estado católico, social
y representativo que, de acuerdo con su
tradición, se declara constituido en Reino".
El artículo 2 de la misma ley se apresuraba
a decir, sin embargo, que el jefe del
Estado no era un rey, sino el Generalísimo
Franco. Y en los artículos sucesivos se
regulaba la plena restauración monárquica,
en caso de fallecimiento o incapacidad
del propio Franco. Mientras Franco viviese
era, pues, un reino sin rey, una monarquía
sin monarca.
Veinte años después, en 1967, se aprobó la Ley Orgánica del Estado
en la que se intentaba, sin mucho éxito como se vio después, cambiar
algunas cosas para mantener en pie la estructura del régimen dictatorial
y se intentaba ya regularizar el camino de una posible sucesión.
De acuerdo con ello, el 22 de julio de 1969 Franco designó a don
Juan Carlos de Borbón como sucesor en la Jefatura del Estado a
título de Rey. Pero mientras tanto, el régimen franquista seguía
siendo un reino sin rey, una monarquía sin monarca y así se mantuvo
hasta la muerte del dictador y el nombramiento de don Juan Carlos
como Rey.
Con la muerte de Franco el franquismo se desmoronó. Las fuerzas
clandestinas perseguidas por el franquismo aparecieron de golpe
a la luz pública, dispuestas a cambiar el régimen y a abrir la
puerta a la democracia. Los núcleos franquistas propiamente dichos
se dividieron. Algunos pensaron que con la ayuda de las Fuerzas
Armadas iban a mantener el viejo timón en sus manos, pero la sociedad
española ya no era exactamente la de los años cuarenta y cincuenta.
Y el Rey y sus asesores comprendieron que el franquismo institucional
había terminado y que sólo abriéndose a toda la sociedad y a todas
las fuerzas políticas, incluyendo naturalmente a las clandestinas
o semiclandestinas, podrían asegurar la estabilidad de un nuevo
régimen auténticamente monárquico, capaz de asegurar la plenitud
de las libertades públicas en una Europa que iba a abrir todas
sus puertas a la España recuperada y liberada. Ahí estaban Gran
Bretaña, Suecia, Dinamarca, Noruega, Holanda y Bélgica para demostrar
que esto era posible y, viceversa, que todo intento de volver
al pasado significaría la marginación y el retroceso de España
en Europa. De ahí la facilidad con que se aceptó el modelo europeo
de la monarquía parlamentaria, en la que el Rey -o la Reina, en
su caso- reina pero no gobierna.
Y aquí es donde entra en juego el segundo aspecto señalado más
arriba: el acuerdo implícito entre la nueva monarquía y una izquierda
política y social que había sufrido mucho bajo el franquismo y
que entraba en escena con una fuerte tradición republicana y un
rechazo histórico de la monarquía. Tenía muchas razones para ello,
viniendo como venía de un siglo XIX y un siglo XX tan espantosos
en el que la monarquía española había recurrido una y otra vez
a unos militares derrotados en Cuba y Filipinas para perseguir
a los trabajadores, había accedido a un primer ensayo de dictadura
con el general Primo de Rivera y finalmente parecía haber aceptado
el paraguas del franquismo para sobrevivir. Socialistas y comunistas
entraban, pues, en la escena con sus estandartes republicanos
desplegados mientras el futuro nuevo monarca parecía manejado
por un Franco que quería hacer de él el continuador de su dictadura.
Sin embargo, pronto se planteó en el seno de la izquierda, sobre
todo en el seno de los socialistas y los comunistas, el problema
fundamental: ¿cuál era realmente la línea divisoria fundamental
en las condiciones sociales, económicas y políticas de aquel momento?
¿La confrontación entre monarquía y república? ¿O la confrontación
entre dictadura y democracia?
Éste
y no otro fue el gran debate en el seno de las dos principales
formaciones de la izquierda, los socialistas y los comunistas,
un debate largo y profundo en el que los principales dirigentes
-un Felipe González, un Santiago Carrillo, y otros- condujeron
a unos partidos esencialmente republicanos hacia un acuerdo con
la nueva monarquía, si ésta aceptaba las condiciones básicas de
una monarquía parlamentaria. Estas condiciones se podían resumir
de la siguiente manera: aceptaremos la monarquía si con ella podemos
obtener los derechos y las libertades que a lo largo de la historia
sólo podíamos alcanzar derribando a la monarquía y proclamando
la república.
Éste
fue el envite y éste fue el pacto no escrito ni proclamado. Cuando,
como ponente de la Constitución, pude escribir con mis otros colegas
textos como el apartado 3 del artículo 1 ("La forma política del
Estado español es la monarquía parlamentaria") y luego los diversos
artículos que dejaban claro que el Rey iba a reinar pero no a
gobernar, supe que el acuerdo no escrito ni explicitado había
funcionado. La nueva monarquía se sentía consolidada y la izquierda
conseguía sin mayores traumas los derechos y las libertades por
las que tanto había luchado. Y cuando, unos años más tarde, el
PSOE ganó las elecciones de 1982 por mayoría absoluta y por primera
vez en la historia de España un partido de izquierda, un partido
socialista, gobernaba en solitario en un Estado monárquico entendí
que nuestra democracia había salido adelante y ya no estaba amenazada
como lo había estado tantas veces en el pasado.
Jordi Solé Tura
es senador socialista y fue miembro de la ponencia que redactó
la Constitución.