Fue
como si de pronto se abrieran las ventanas
todas a la esperanza, cuando oímos el
discurso que pronunció el Rey el día
de su coronación. El Rey de todos los
españoles... Superar divisiones del
pasado... No sé si fueron estas exactamente
las palabras, sí las que todavía resuenan
en mi memoria, el mensaje que
yo entendí cuando las escuchaba, cuando
después
las leía. No dejaba lugar a dudas su
firme intención,
como Rey y como Jefe del Estado, de
superar, por fin, la división entre
españoles, entre vencedores y vencidos,
legado, mantenido y alentado hasta ese
momento, de nuestra guerra civil.
Y
los cambios, pese a las dudas que en
algunos suscitaron los primeros meses
de su mandato, se fueron sucediendo
en crecimiento continuo hacia la recuperación
de la libertad y la democracia para
todos los españoles, y cambiando una
estructura política que ya no tenía
sentido para la inmensa mayoría de los
españoles, ni querían que siguiera siendo
la clave de su vida pública, porque
impedía el desarrollo normal de la sociedad
española y que España se incorporara,
plenamente, al mundo de las naciones
democráticas.
Sería septiembre de 1977; por primera
vez, como ministro de Industria y Energía
del Gobierno de Adolfo Suárez formado
después de las primeras elecciones generales,
legalizados ya todos los partidos políticos,
asistí a una cena de gala en el Palacio
Real. Allí estaban con los Reyes, el
Gobierno en pleno, los dirigentes de
todos los partidos políticos representados
en el Parlamento, los presidentes de
ambas Cámaras y, entre otras personalidades,
los jefes de los Estados Mayores del
Ejército, de la Armada y del Aire. El
Rey, vistiendo el nuevo uniforme de
gala de Capitán General, me cogió del
brazo y me dijo: "Ven, que tenemos que
hacer algo". Sin soltarme, me llevó
donde estaban Santiago Carrillo y su
mujer un poco apartados del resto de
los presentes, coge a Carrillo del brazo,
y nos lleva, la mujer de Carrillo al
lado de su marido, donde estaban los
tres tenientes generales, que se quedan
casi en actitud de firmes cuando el
Rey les dice: "¿Conocéis a Santiago
Carrillo y a su mujer?". Y, uno a uno,
hace las presentaciones y, uno a uno,
estrechan las manos de Santiago Carrillo
y de su mujer. El Rey, a continuación,
dijo: "Al ministro Oliart ya lo conocéis".
Todo
aquel verano, El Alcázar, Arriba
y algún otro periódico habían estado
machacando el recuerdo de las actuaciones
de Santiago Carrillo en la guerra civil,
intentando sembrar cizaña entre las
Fuerzas Armadas y el Gobierno salido
de las elecciones recién celebradas.
Aquel gesto del Rey era la afirmación
de su decidido propósito de acabar con
la separación entre vencedores y vencidos,
entre amigos y enemigos heredados de
la guerra civil, de pedir a todos que
guardaran las formas y modos que la
democracia política exige, legitimando,
además, el reconocimiento del Partido
Comunista como un partido más dentro
del sistema democrático que se estaba
construyendo.
Por eso, porque además al Rey, como Jefe del Estado y Capitán
General, le correspondía el mando supremo de las Fuerzas Armadas,
la noche del 23 de febrero de 1981, cuando al banco azul, donde
estaba sentado como ministro de Sanidad y Seguridad Social, nos
llegó, transmitido de boca a oído, desde los bancos superiores,
lo que el Rey había dicho en su mensaje radiado y televisado,
oído en pequeñas radios que los diputados de los bancos superiores
podían escuchar burlando la vigilancia de los guardias civiles,
que habían seguido a Tejero, Íñigo Cavero, al que tenía sentado
a mi izquierda, y yo, comentamos: "Ahora sí que éstos están perdidos".
Porque estábamos seguros de que los oficiales, jefes y generales
del Ejército cumplirían las órdenes del Rey. Como así fue.
Cuando no muchos días después, entonces como ministro de Defensa,
tuve que informar al Congreso de los Diputados de los sucesos
del 23 de febrero, en sesión que de secreta no tuvo más que el
nombre, dije, y era verdad, que el 99% de las Fuerzas Armadas
habían obedecido las órdenes de los Jefes de Estado Mayor de los
tres Ejércitos y las del Rey, salvaguardando, como la Constitución
establecía, nuestro ordenamiento constitucional y nuestra democracia.
Y eso fue así también en el caso de las fuerzas que habían ocupado
la ciudad de Valencia, siguiendo las órdenes del entonces teniente
general Milans del Bosch. Cuando el general Caruana, obedeciendo
las órdenes que había recibido directamente del general Gabeiras,
Jefe del Estado Mayor del Ejército de Tierra, va a detener al
general Milans del Bosch y, ante la actitud de éste, le convence
para que reúna a todos los jefes y generales presentes en Valencia
y les pregunte su opinión, todos, empezando por el coronel Veguillas,
que había acuartelado su regimiento de Ingenieros, pero se había
negado a sacarlos a la calle -el mismo Veguillas que, siendo teniente
general, murió asesinado por ETA-, le dicen que después del mensaje
del Rey las fuerzas debían volver a sus cuarteles y obedecer al
Rey. Entonces, el general Milans del Bosch y el coronel y tenientes
coroneles que después fueron procesados deponen su actitud y cursan
las órdenes de retirada de todas las tropas que habían ocupado
las calles de Valencia y centros neurálgicos de la ciudad; y el
general Milans del Bosch se retira en espera de los dos generales,
que, enviados desde Madrid, llegarán a primera hora de la mañana
siguiente, a comunicarle su arresto y su inmediato traslado a
Madrid por orden del general Gabeiras. Tejero y sus guardias civiles
quedaban aislados y el intento de golpe de Estado, gracias a la
firmeza del Rey, habían fracasado.
Durante todo el juicio del 23-F, tanto la defensa de los procesados,
con la excepción de la del general Armada, como todos aquellos
que hubieran deseado el triunfo de la involución, se empeñaron
en propagar que los procesados se sublevaron convencidos de que
lo hacían por orden del Rey, o que el Rey estaba enterado del
golpe. Pero si algo quedó claro en el juicio fue la falsedad de
tal aserto. Y el juicio del 23-F, el primer juicio, que yo sepa,
de la historia de España, al menos desde el siglo XIX incluido,
en que se sentaban en el banquillo de los acusados treinta y tres
oficiales, jefes y generales, fue posible llevarlo a término por
la firmeza del presidente Calvo Sotelo y su Gobierno, y el respaldo
sin fisuras del Rey.
También contamos entonces, en este tema concreto, con el apoyo
de todos los partidos políticos democráticos y con la permanente,
objetiva y veraz información de los servicios del Cesid dirigido
por el teniente coronel, luego Coronel, Emilio Alonso Manglano.
En resumen, la firme y hábil actitud del Rey la noche del 23 de
febrero de 1981 fue decisiva para que las Fuerzas Armadas cumplieran
su misión de salvaguardar el orden constitucional, y su respaldo
y consejo permanente durante aquellos largos, arriesgados y difíciles
23 meses del Gobierno de Calvo Sotelo también lo fueron para continuar
con éxito la transición democrática y terminar, de acuerdo con
las leyes y con el Estado de Derecho, con el último coletazo de
40 años de dictadura.
Veinticinco años después, ¡qué lejanos y extraños parecen todos
estos sucesos! Pero conviene recordarlos para esa mayoría de la
población que los vivieron siendo niños o adolescentes, o que
han nacido después. Conviene recordarlos para que sepan que la
democracia y la libertad de la que hoy gozan no fueron fáciles
en sus principios y, sobre todo, para convertir ese recuerdo en
un homenaje al Rey que hizo posible, con los hombres -Adolfo Suárez
en primer lugar- que en un primer momento él eligió, la transición
de la dictadura a la democracia y luego, en la noche del 23-F
de 1981, a defenderla y reafirmarla para todos los españoles.
Alberto Oliart
fue ministro de Defensa desde el 26 de febrero de 1981 hasta diciembre
de 1982.
