En
la primavera de 1976, de vuelta de un
muy exitoso y probablemente decisivo
viaje de los Reyes a los Estados Unidos,
el ministro de Asuntos Exteriores que
les había acompañado, José María de
Areilza, decía a un grupo de amigos
y colaboradores: "Está -el Rey- hecho
para comunicar e influir sin -y esto
es casi la cuadratura del círculo- hacer
sentir su peso. Transmite no ya lo que
somos, sino también lo que este país
puede ser". El experimentado diplomático,
lector en sus horas libres de los memorialistas,
adelantaba lo que hemos percibido, si
bien tal vez no transmitido con tanto
fuste literario quienes hemos tenido
la ocasión de acompañarle y atenderle
en sus viajes y refrendar sus actos.
Don
Juan Carlos es un gran comunicador, abierto
a lo que el otro expresa, tenaz y sutil
defensor de sus puntos de vista. Se somete
a esa disciplina de quienes colocan por
encima de propias opiniones lo que entiende
ser el interés nacional.
Ninguna
historia de las relaciones internacionales
de España estará completa sin una referencia
a la contribución del Rey. Pero todas
errarían si le considerasen como un
sujeto autónomo de la política internacional,
porque su acción, juicios y reflexiones
en este campo de la política exterior,
como en la interior, se han atenido
siempre con el máximo rigor a su función
como monarca constitucional.
Los tratadistas de la monarquía contemporánea reproducen la fórmula
de Walter Bagehot (1867), luego analizada por nuestros constitucionalistas
de principios de siglo, los Posada, Azcárate y Santamaría. Las
funciones del monarca constitucional son institucionales, ceremoniales
y representativas. Pero, en los sistemas de Constitución escrita,
el texto recoge y formula las de representación.
En nuestro caso, la Constitución es explícita y bastante completa
en cuanto a las competencias del soberano en lo que se refiere
a las relaciones internacionales; no hay duda, ni carácter residual
e indefinido como en el sistema británico. Nacen sus funciones
de la Constitución. El Rey asume la más alta representación del
Estado en las relaciones internacionales, especialmente con las
naciones de su comunidad histórica, expresa el consentimiento
del Estado para obligarse internacionalmente, acredita a los embajadores
de España y los extranjeros son acreditados ante él, todo esto
de acuerdo con la Constitución y las leyes, y decide la última
ratio previa autorización de las Cortes.
La acción del Rey en la esfera exterior en lo que se concreta
en las relaciones internacionales se desarrolla en el campo de
sus competencias fijadas en la Constitución. Siempre sobre la
base de la distinción entre Jefatura de Estado y de Gobierno,
y de la competencia del Gobierno de dirigir la política interna
y externa, la administración y la defensa (artículo 97) y del
control de la acción del Ejecutivo por el presidente del Gobierno
(artículo 98).
Desde hace veintidós años, muchas han sido las contribuciones
del Rey al bien común, pero la más decisiva y continuada ha sido
el respeto a estos principios y su entendimiento con los jefes
de Gobierno.
Su voluntad de evitar que se configurase cualquier otra referencia
en los asuntos internacionales que no fuese la que controlaba
y dirigía el Gobierno ha sido constante y sin interrupciones durante
su reinado. Quizás sea una contribución que destacará la historia.
Porque, como decía en estas horas de incertidumbre electoral estadounidense
un gran jurista americano, "la democracia la hacemos cada día
con nuestro comportamiento", es decir, que es como la nación para
Renan un plebiscito cotidiano.
Este rigor en no alentar falsas apariencias ha sido una norma
en el monarca incluso antes de la entrada en vigor de la Constitución.
En los primeros meses de su reinado, algún estadista europeo,
y algún embajador, trataron no ya de acercarse sino de situarse
cerca de La Zarzuela, tal vez como padrinos de pila de la nueva
democracia, y el titular de la Corona supo diplomática, pero firmemente,
espantar estas tentaciones.
La relación esencial en una monarquía constitucional entre Rey
y Gobierno, en especial con el presidente, se basa en ciertas
realidades nacidas de la lógica: el soberano debe ser informado,
y tiene como funciones en su colaboración con el Gobierno, aconsejar,
alentar y advertir.
Los soberanos de reinado de tiempo medio se convierten en unas
de las personas mejor informadas de su país. Las cancillerías
que buscan la eficacia cuidan de que así sea; a lo que se suma
esa fuente de conocimiento que son los contactos personales e
institucionales.
Alentar, ayudar con consejo, la advertencia, pueden ser factores
de valor decisivo. Es un mecanismo de difícil montaje y que requiere
cuidado de mantenimiento, esta relación entre Jefe de Estado y
Gobierno, pero cuando funciona, el resultado es excelente.
Cuando miramos a estos veinticinco años, entre las cosas que arrojan
un saldo inequívocamente favorable está este sistema. Y en lo
que ahora nos ocupa, sus resultados en la esfera internacional,
incluso, si se quiere, para nuestra política exterior.
Ostentar la máxima representación del Estado en el exterior es
la máxima función que un nacional puede desempeñar, y hacerlo
en relación con las naciones de nuestra comunidad es tarea que
tiene un impacto en no ya nuestra posición internacional sino
en nuestra imagen como comunidad en la historia. No es fácil ser
igual en las cumbres de Jefes de Estado iberoamericanos, y hacerlo
sin que la otra dimensión de esta relación cordial, el recelo
a ser apadrinados, les ronde la cabeza. Ser íntimo pero respetuoso
de la diferencia del otro es cualidad con la que se nace, o cuesta
mucho alcanzar.
En 1983, el Rey recibió en Caracas el Premio Simón Bolívar que
le había otorgado la Unesco, compartiendo este galardón con Nelson
Mandela, aún en prisión. Que el Rey de España fuese abrazado por
Bolívar significaba no ya la reconciliación en la meta común de
la libertad de peninsulares e independentistas, sino de las familias
ideológicas que nos habían dividido. La América emergente bolivariana
y la vieja España se unían en un mismo fin de libertad y justicia.
Areilza decía, pues, ciertamente que transmitía la imagen de lo
que podríamos llegar a ser. Aquí y allí, a los dos lados del Atlántico.
Fernando Morán
fue ministro de Asuntos Exteriores desde diciembre de 1982 a 1985.