En
los últimos años de su vida, el dictador general Franco decidió
que sería sucedido por una monarquía comprometida con la continuación
de las instituciones que habían constituido la base de su largo
mandato. Con una destreza verbal digna de la mejor empresa moderna
de publicidad, se refería a sus planes como instauración, y no
restauración, de la monarquía española. En aquellos años nadie
conocía los verdaderos pensamientos, aptitudes y posibles oportunidades
futuras del discretísimo joven príncipe Juan Carlos. En los siguientes
párrafos, un historiador estadounidense carente de conocimientos
especiales sobre la historia de la monarquía como tal intentará
hacer balance de los resultados reales de esa instauración.
Las primeras etapas de su vida no fueron fáciles en modo alguno.
Creció básicamente en el exilio, pero al mismo tiempo su escolarización
y su servicio militar estuvieron determinados más por los deseos
del general Franco que por los de sus padres. Sufrió la terrible
desgracia de soportar la responsabilidad accidental de la muerte
de un hermano, y posteriormente disgustó a muchos monárquicos
tradicionales con su decisión de casarse con una princesa griega,
ortodoxa de nacimiento, en lugar de con una católica romana. Durante
toda su juventud, su relación personal con su padre, el legítimo
pretendiente al trono, don Juan, se vio constantemente amenazada
por la deliberada utilización de la oposición entre padre e hijo
en las ambiguas intenciones del dictador, con quien no se podía
discutir.
En 1967 fue nombrado oficialmente sucesor del Caudillo, pero a
excepción de los pocos meses en que Franco estuvo gravemente enfermo
en 1974 no se le permitió desempeñar ningún papel en el que pudiera
haber mostrado sus habilidades personales.
En noviembre de 1975 heredó el muy conservador y antidemocrático
Gobierno de Carlos Arias Navarro, pero unos meses después demostró
su clara determinación a restablecer la libertad política en España
al nombrar nuevo presidente del Gobierno a Adolfo Suárez, encargado
de convocar elecciones parlamentarias libres y de redactar una
Constitución parlamentaria. Siguiendo el modelo de las monarquías
escandinava, holandesa o inglesa contemporáneas más que el ejemplo
de la monarquía griega, que colaboró con el régimen militar dictatorial,
o el de su propio abuelo, que había perdido el trono de España
en gran parte debido a arbitrarias intervenciones en los asuntos
públicos, Juan Carlos se mantuvo auténticamente neutral con respecto
a los partidos políticos, los resultados electorales y los debates
sobre la nueva Constitución. Unos años después, en febrero de
1981, cuando el régimen democrático se vio amenazado por un pronunciamiento
como los que con tanta frecuencia se desarrollaron entre 1808
y 1936, el joven Rey arriesgó su trono, aunque no su vida, al
negarse a permitir que una junta militar destruyera el régimen
parlamentario civil. Sólo por estas dos acciones es admirado con
máximo agradecimiento por millones de españoles que no son monárquicos,
y que antes de estos hechos no tenían ningún motivo para creer
que era siquiera capaz de tomar tales decisiones.
Afortunadamente, tanto para él como para los pueblos de España,
la era de los pronunciamientos parece estar claramente acabada
con el fracaso del golpe de Tejero. Su papel desde 1981 ha sido
principalmente la tarea representativa simbólica de un Rey constitucional
en una sociedad democrática. Pero también este papel lo ha desempeñado
de una forma que va mucho más allá de las obligaciones convencionales
de una cabeza de Estado simbólica.
En las visitas oficiales a países con largas historias de dictadura
e inestabilidad, él ha hablado diplomática pero firmemente a favor
de la democracia y los derechos humanos. Cuando ha recibido títulos
honoríficos en las universidades europeas y estadounidenses, siempre
ha expresado su respeto por las humanidades y las ciencias, y
por la libertad humana que hace posible sus grandes avances. Ha
entrado en las mezquitas de sus anfitriones en los países islámicos
y ha entrado también en la reconstruida sinagoga judía de Madrid.
Estos gestos han sido especialmente importantes debido al contexto
en que se han producido. Desde las guerras de religión del siglo
XVI, el desconocimiento y la falta de información que se tenía
en el extranjero sobre España ha sido poco menos que una caricatura
grotesca de la realidad, la clase de verdades parciales que pueden
hacer más daño que las mentiras evidentes. Tierra de la Inquisición,
conquistadora cruel y explotadora en México, el mar Caribe y Suramérica;
el ridículo fracaso de la Armada Invencible y los esfuerzos fracasados
por mantener una monarquía católica y autoritaria en Holanda;
más tarde la terca dinastía Borbón, de la que se decía que nunca
olvidaba y nunca aprendía; la cultura de los gitanos y el flamenco,
con guardias civiles que llevaban curiosos sombreros de tres picos
e interferían torpemente en la política nacional. Esta ha sido
la imagen de España, primero en Europa y luego en Norteamérica
desde 1500 hasta finales del siglo XX.
Tan importante como todo lo demás en el reinado de Juan Carlos
ha sido el papel complementario de doña Sofía. Como otras esposas
contemporáneas con importantes intereses y aptitudes propios,
mujeres como Eleanor Roosevelt, Rosalyn Carter y Danielle Mitterand,
la Reina ha contribuido a la perspectiva mundial de su esposo
y a numerosas causas culturales y sociales. Entre ellas me gustaría
destacar su interés activo por las artes y por la educación, su
amistad con dos grandes músicos humanistas, el violoncelista ruso
Mstislav Rostropovich y el fallecido violinista judío angloestadounidense
Yehudi Menuhin. Como mecenas de la Fundación Yehudi Menuhin de
España, fomenta en este país los elementos excepcionales que formaron
parte del legado de ese músico a la humanidad: la creencia en
la música como forma de expresión personal, como medio para unir
espiritualmente a personas de todas las edades, creencias religiosas
y nacionalidades; y como instrumento terapéutico en una era en
la que tantos seres humanos padecen afecciones psicológicas y
nerviosas.
Finalmente, me gustaría señalar que sus majestades, y la élite
política y económica de la España democrática se han beneficiado
también de las actitudes predominantes del pueblo español, especialmente
en los años críticos que precedieron y siguieron a la muerte del
general Franco. Nos han ofrecido numerosas autobiografías y relatos
sobre la "modélica" transición, en las que los autores -no el
propio Juan Carlos- se han asegurado de que todos los lectores
sepan lo generosos, inteligentes y sacrificados que fueron aproximadamente
entre los años 1967-1981.
Dicha
transición dependió también de la paciencia y de la sagacidad
política de millones de españoles. Dependió de la moderación y
del optimismo provisional de CCOO y UGT, de socialistas y comunistas
largo tiempo perseguidos, de nacionalistas vascos y catalanes,
de los veteranos del derrotado y perseguido ejército republicano,
de los hijos y nietos de exiliados externos e internos. Dependió
de la voluntad de esos millones de personas de renunciar, por
el bien de la paz civil, a cualquier purga sustancial de policías
y funcionarios de estilo especialmente fascista. Demos crédito
también a esa anónima sabiduría popular.
Gabriel Jackson
es historiador y reside en Barcelona.
