La
lealtad de catalanes y aragoneses a su conde-rey en la Edad Media
se expresaba en este acuerdo: "Nosotros, que somos tan buenos
como vos, juramos a vuestra merced, que no sois mejor que nosotros,
aceptaros como rey y señor soberano siempre que respetéis todas
nuestras libertades y leyes; pero si no, no".
En aquellas épocas 1ejanas, el conde-rey
de Barcelona gobernaba por este diáfano
contrato. Ciudadanos y reyes, en pie
de igualdad, acordaban protegerse, defenderse,
sobrevivir y, sobre todo, respetarse.
Todo un estilo que la historia colectiva
de los españoles diluyó en el olvido.
Quién
hubiera dicho, pues, que en el año 2000,
a la hora de hacer balance de 25 años
de una monarquía moderna, la que representa
Juan Carlos de Borbón, esa vieja fórmula
de acuerdo quizás encarne, otra vez,
un estilo básico de relación, que no
de gobierno, entre ese símbolo que es
el Rey y sus iguales, los ciudadanos
del país.
Posiblemente
sin ese acuerdo de fondo, acuerdo tácito
que hoy puede contrastarse tras 25 años
de feliz convivencia, y sin ese nuevo
estilo de relación entre la gente y su
símbolo, a estas alturas de la historia
hubiera resultado imposible que este país
hubiera aceptado otra fórmula de monarquía.
Ninguna otra cosa habría funcionado.
Porque ha funcionado. Ahora lo vemos, aunque aún no seamos capaces
de entender cómo ha sido. Cuestión de estilo, un estilo nuevo,
propio e innovador: un nuevo estilo para un nuevo país del cual
el Rey ha sido la marca, la referencia. La historiadora y miembro
del Consejo de Estado Carmen Iglesias piensa que, "con perspectiva
histórica, este período puede ser visto como milagroso
dentro de la historia de España".
Un periodo de cambio social y cultural acelerado, eso es lo que
el Rey ha representado con su sensibilidad e intuición para percibir,
con un profundo sentido de la realidad, las preocupaciones del
final de siglo. Todo lo cual se ha producido con naturalidad,
sin aspavientos.
En ese marco de cambio social, este estilo ha producido estabilidad
y ha sido un factor de integración. Da la impresión de que el
Rey es alguien que está siempre aprendiendo y ha convertido su
papel en un trabajo sutil que consiste en ese juego entre tradición
o innovación. Es un estilo innovador, un camino propio, que no
tiene nada que ver con el de otras monarquías, como la británica".
En suma, en un país quemado por su historia, el juancarlismo
ha legitimado la monarquía, justo en el momento más imprevisto,
cuando todas las monarquías parecían un anacronismo o cosa del
pasado.
He pedido otros diagnósticos cualificados sobre el estilo de estos
25 años. He aquí el de Miquel Roca, padre de la Constitución,
hoy alejado de la política: "Lo más importante del estilo de la
Casa Real en esta etapa ha sido una sabia y prudente combinación
entre proximidad y distancia. Proximidad social y distancia política;
proximidad con todo cuanto afecta a la ciudadanía y distancia
en la pugna política partidista".
Este equilibrio no ha sido fácil ni responde a la tradición monárquica
en España. No ha sido fácil porque han sido muchos los que han
intentado colocar a la Casa Real en posiciones partidistas; han
sido muchos los que han intentado instrumentalizar a su favor
actitudes y comportamientos regios. Y no lo han conseguido, fortaleciéndose
así la imagen de un rey que quería asumir más un papel de símbolo
que de protagonista activo de la vida política.
Y no era ésta la tradición borbónica en España. El nuevo estilo
de la Casa Real hoy se agradece porque representa haber aceptado
la lección de la historia. Y cuando la tradición aprende de los
errores anteriores, tiene el gusto de la modernidad. Es bueno
hablar del estilo de la Casa Real; quiere decir que no hay necesidad
ni motivo para hablar de voluntades y posiciones construidas al
margen de la voluntad popular. Esto es bueno y es nuevo".
Equilibrio entre proximidad y distancia, aprendizaje de la historia;
el gran triunfo de ese nuevo estilo parece consistir en no haber
creado problemas; antes, al contrario, convertirse en la orilla
donde las olas y los problemas pueden diluirse. No es poco mérito.
El ensayista José Antonio Marina dice que "el rey Juan Carlos
ha impuesto un estilo de patrón de barco. El buen navegante sabe
aprovechar a su favor elementos que están en su contra. Puede
navegar a barlovento, es decir, contra el viento. Para eso necesita
un rumbo fijo, y el Rey lo tenía: consolidar la democracia y la
monarquía. El estilo deportivo ha sentado muy bien a toda la familia
real, porque es el antídoto más claro de la corte y sus covachuelas.
Por último, el Rey ha sido discreto, que es la cualidad
que Gracián decía que tenía que tener todo gobernante. Una inteligencia
prudente y astuta".
Un estilo deportivo y tenaz, capaz de sortear los obstáculos del
camino, gracias a tener el rumbo del viaje, la democracia, muy
claro.
En 1984 recabé la opinión del Rey (que se publicó en mi libro
La generación del cambio) acerca del objetivo de su generación.
Ha sido una de las pocas veces en las que don Juan Carlos se pronunció
personalmente, implicándose generacionalmente, sobre el rumbo
de ese viaje que él y la gente de este país habíamos emprendido:
"Lo que caracteriza a esta generación es el compromiso de tomar
decisiones que no se pueden delegar en otros y que van a afectar
de modo importante al futuro, sin apoyarse en precedentes o costumbres
institucionalizadas".
Por lo tanto, el nexo común (de esta generación) resulta ser la
importancia que dan a la obra bien hecha, y la necesidad de que
esta obra tenga la mayor duración posible, aunque no puede perderse
la idea de aplicar las reformas que las circunstancias vayan urgiendo.
De ahí se deduce una serie de caracteres y valores: sentido de
lo concreto, saber entender y entenderse, no confundir deseos
y realidades, y, sobre todo, ser consecuente con los principios
y la ética que se profesa.
Es claro que estas observaciones pueden aplicarse a todas las
generaciones, pero creo que se presentan a la nuestra de forma
especialmente aguda y urgente. El Rey dijo también entonces que
quería lograr para España el mayor bienestar posible y conseguir
que recupere en el mundo el lugar que le corresponde. Es preciso
consolidar una democracia vivida y no solamente escrita. Este
rumbo también es la marca de una generación de autodidactas que
pilotó una transición con un rey que en 1975 parecía provisional.
Tras 25 años, ciertamente puede hablarse de un nuevo estilo, un
estilo propio que enlaza con el de un nuevo país convertido en
un océano de clase media (una Casa Real de clase media, ¿por qué
no?). Un sinfin de detalles conocidos, como los matrimonios libres
de las infantas, o desconocidos, como que el Rey va tranquilamente
a esquiar a Baqueira con su sastre, Larraínzar, o que en los retratos
como el que hace ahora el pintor Antonio López prefiere posar
con traje de calle, o que cada mes los miembros de su Casa se
reúnen con él y con la Reina y el Príncipe para debatir aspectos
de la agenda, como si la monarquía fuera una empresa, indican
que estamos ante algo que tiene poco que ver con los clichés de
la historia.
Quizás el éxito, hoy constatable, de ese estilo que ha hecho del
oficio de ser rey un trabajo digno de tal nombre, se basa en la
recuperación de ese acuerdo tácito según el cual el Rey es un
ciudadano más, uno de nosotros, alguien que nos respeta y se hace
respetar por su talante liberal y poco sectario, que ése es otro
milagro.
Hoy hablaríamos de complicidad para describir ese tipo de relación
que ha convertido a la monarquía española en un símbolo de modernidad
por su capacidad de adaptación a los tiempos. Un símbolo que es
una marca, en esta época en que los reyes, como cualquier ejecutivo,
sólo se justifican si son buenos profesionales. Las marcas hoy
simbolizan productos, pero también servicios, utilidades, ideas,
formas de vida y valores. La monarquía de don Juan Carlos es,
tras 25 años, la marca más visible de la España actual. Una marca
de prestigio en el mundo que habla del estilo de la nueva España.
Resumir la pluralidad, la realidad y la esencia de un país diverso,
variopinto y muchas veces contradictorio; sintetizar los mejores
deseos y aspiraciones de los ciudadanos, dar cuerpo a una presencia
colectiva: ésa es la función de la marca Juan Carlos. Una marca
en la cual los ciudadanos son capaces también de reconocerse porque
acaso la marca minimiza los defectos y garantiza la diversidad
y la solvencia del colectivo. Una buena marca para una empresa
colectiva que ha ido a más.
Recordemos que en 1975 la marca España tenía no pocos problemas.
Recordemos que nadie hubiera dado dos duros por una nueva marca
como la que encarnaba entonces el príncipe Juan Carlos. Recordemos
el evento del 23 de febrero de 1981 como el definitivo impulso
al acuerdo tácito entre los ciudadanos y su monarca, entre los
ciudadanos y su nueva marca. Pero hay mucho más.
Los publicitarios y demás expertos saben la dificultad de consolidar
las imágenes y los símbolos más sutiles: las marcas no pueden
avasallar, han de acompañar sin molestar, estar presentes y disponibles
en caso de necesidad. Las marcas, sobre todo se miden en el día
a día, en las rutinas.
Que la connotación peyorativa que arrastraba, para buena parte
de la ciudadanía, la idea tradicional de la monarquía se haya
diluido no es un milagro. Detrás hay un estilo, un talante, pero
sobre todo un trabajo, una profesionalidad y hasta unas cifras
que hablan de los beneficios colectivos y de la productividad
de la marca JC. La curva de productividad del Rey, un verdadero
ejecutivo de su trabajo, es un estudio que queda por hacer y que
probablemente daría interesantes resultados cuantitativos si tenemos
en cuenta tanto la incesante actividad real como la disponibilidad
presupuestaria (unos mil millones de pesetas anuales).
Por fin, lo que acaba contando, y fijándose en la historia, es
el estilo. El estilo de un Rey que se hizo perdonar ser rey, que
nunca alimentó la corte o el star system que es la corte
contemporánea hecha de espectáculo y cotización en las bolsas
de la fama. Un estilo que, en suma, se ha basado en ejercer de
rey como quien realiza un trabajo de singular responsabilidad
en el que es obligado aportar lo mejor de sí mismo, como es lo
deseable en cualquier otro oficio.
El estilo del rey Juan Carlos ha sido y es el del patrón de barco
que navega a barlovento con comodidad, el del hombre medio que
hace gala sin aspavientos de su sentido de la realidad, pero,
sobre todo, el de alguien que ha conseguido que una institución
anacrónica encontrara una nueva razón de ser en la democracia.
El éxito de esta marca es, sin duda, el éxito de todos.