Así
tradujo al inglés Nabokov su vieja novela rusa de 1925 Korol,
Dama, Valet, sin duda jugando con el doble sentido de la palabra
knave, que además de "sota" o "jota", significa "bribón".
No es aquí el caso, si bien es una bribonada encargarle sendos
perfiles del Rey, la Reina y el Príncipe a un republicano convencido
como el que esto firma. Alguien a quien, sin embargo, y sorprendentemente,
ninguna de esas tres figuras desagrada ni molesta, mas bien al
contrario, si no atendemos a sus respectivos cargos, sino a las
personas que los desempeñan circunstancialmente.
Imagino
que no me diferencio en esto de otros muchos españoles, la mayoría
de los cuales no deben de saber, a estas alturas, si son monárquicos
o republicanos; o, lo que es aún más saludable, no les interesa
saberlo, ni siquiera se lo plantean. Eso hace pensar que la mayor
astucia o habilidad del Rey durante estos veinticinco años ha
consistido en reinar como si la ciudadanía fuera, en efecto, y
en su conjunto, republicana de espíritu (sin olvidar que hasta
su coronación había sido dictatorial de espíritu), y no conviniera
provocarla con nada que la llevara a serlo también de razonamiento.
Al
cabo del tiempo, el rey Juan Carlos se aparece como un hombre
simpático y algo distraído o ausente, lo bastante como para caer
bien a la gente y lo bastante impreciso o difuminado -en algún
aspecto casi opaco- para no ofrecer ningún flanco diáfanamente
débil. Ha evitado tener una Corte, y con ello, el riesgo de verse
en exceso asociado a los lúgubres y donjuanistas profesionales
(capaces de arruinar las reputaciones más altas con sus empellones
e insidias y su consiguiente contacto) y a los vivarachos y pavoneantes
juancarlistas que brotaron en su momento, pero que no arraigaron.
En realidad, el Rey parece un hombre sin amigos, pese a saberse
que tiene tantos (o eso se dice), como si bajo su campechanía
manifiesta hubiera una invisible capa de hielo con la que antes
o después se topasen cuantos se le acercan, respetuosos o ufanos,
curiosos o babeantes, untuosos o tan sólo cordiales.
Hace
veinticinco años, a este hombre se le tenía por un niñato, en
el mejor de los casos. Yo mismo recordé una vez por escrito la
única ocasión en que lo había visto en persona, siendo él Príncipe
treintañero y yo un adolescente, antes de su Advenimiento, ahora
conmemorado.
Jugaba divertido al Scalextric gigante con un grupo de amigos
más bien pijos y ociosos en unos billares del barrio de
Salamanca. Visto lo más tarde visto, me preguntaba si aquella
imagen pueril e inofensivamente alocada no pudo responder al muy
largo fingimiento que acaso le tocó mantener ante las miradas
ora suspicaces, ora despreciativas, ora lacrimosas de su guardián
Arias Navarro, supervisado a su vez por aquellos ojillos falsamente
hibernantes del dictador periférico Franco (periférico por gallego,
como tiende a olvidarse).
Si así fue, y si las vejaciones padecidas por el entonces Príncipe
fueron tantas como imaginamos, hay que reconocer que al Rey no
le han quedado rencores, o los ha ocultado a conciencia. Y de
aquél caparazón de hombre liviano y hasta un poco hueco ha sabido
conservar algún elemento atenuado (los individuos festivos y despreocupados
en principio no dan miedo): se sabe de su afición al esquí y a
la vela, y que en lo primero no es tan diestro como para haberse
ahorrado los batacazos; también se sabe que es lo bastante distraído
-o quizá vehemente- para haberse estrellado una vez contra una
puerta de cristal transparente, con resultado de aparatosos vendajes
o aun escayolas, no recuerdo. Al principio de su reinado se contaba
que jugaba a las quinielas por ver de pagarse el helicóptero,
y que un ratero muy vivo le había birlado el reloj al estrecharle
la mano en medio de una aglomeración entusiasta. Todo esto, cierto
o no (y en todo hay un aroma de apócrifo ben trovato),
lo ha hecho parecer cercano, inocuo y hasta gracioso.
Pero los límites a esta imagen algo patosa han estado bien trazados.
Cualquier parecido con aquel monarca que interpretó Jack Lemmon
en La carrera del siglo (modelo al que se han acercado
religiosamente algunas realezas europeas) es inexistente, sobre
todo desde el 23 de febrero de hace ya tanto tiempo, cuando el
Rey hubo de ponerse serio. Todo el mundo se recuerda bien a sí
mismo durante aquella noche, pero quizá hemos olvidado a menudo
algún detalle o elemento importantes: la mayor duda o incertidumbre
fue, durante largas horas, no qué iba a decir el Rey, sino si
el Rey iba a poder decir algo, o bien estaba ya tan cautivo como
el Gobierno y el Parlamento en pleno. Parecemos no recordar a
veces que nuestro temor máximo, sentido minuto a minuto, fue a
que los golpistas de Tejero y Milans del Bosch se hubieran adueñado
ya de todo, incluido el palacio de La Zarzuela. Y lo segundo
que más temíamos era que, si el Rey permanecía libre y era contrario
a la asonada, sus órdenes fueran desobedecidas y objeto de carcajada
por parte de los militares levantados en armas. Ese riesgo existió
(y quién no pensó, al vislumbrarlo, en una nueva guerra civi1),
más aún cuando Juan Carlos todavía no había dado definitivas pruebas
de haber dejado atrás para siempre la risueña máscara blanda del
Scalextric. Tan fundamental fue que el Rey se opusiera al golpe
como que los sublevados acataran sus órdenes, y esto, insisto,
podía no haber pasado. Y, suspicacias suscitadas aparte, uno no
puede por menos de pensar que él debió de padecer tanta zozobra
y tanto miedo, a fe que justificados, como cualquiera de nosotros,
hasta que supimos él y nosotros que su autoridad se imponía. Y
le tuvimos gratitud y confianza.
Supongo que desde entonces algo fuerte nos une con él, seamos
republicanos, monárquicos, anarquistas o apolíticos: algo que
vincula mucho, y es el miedo compartido. Desde entonces, al Rey
y a los suyos se los ha visto eminentemente como a gente familiar,
apacible y discreta y aun moderadora, nunca caprichosa ni destemplada.
Y que lleven veinticinco años inmunes a este país viperino resulta
una hazaña notable, o casi, sobrenatural, de hecho.
De la reina Sofía se conoce poco, más allá de las rutinarias loas
de los papanatas profesionales. Es, sin duda, una dama elegante
y de expresión agradable, con un punto de timidez pública, o de
cariñosidad contenida, y se la ve apiadarse. Se sabe que es devota
de la música, y de Bach sobre todo (nada que objetar a ello),
que le interesa la filosofía y, según algún maestro de mi generación
que se prestó a darle unas pocas clases, la doctrina de la transmigración
de las almas le provoca curiosidad como mínimo. Su lengua materna
es el alemán más que el griego, aunque aquí no la hemos oído en
ninguna de las dos; sí en buen inglés, en cambio, y el español
lo ha hablado siempre con leve acento, pocas veces en público,
en todo caso. Un novelista se sentiría inclinado a pensar que
detrás tiene más de una historia digna de ser contada, aunque
sólo sea porque su hermano Constantino fue defenestrado en Grecia,
y eso ha de ser un mal trago para cualquier monarca y familia.
Y también diría uno que no le faltan algunos rasgos que no saltan
siempre a la vista: cierto talento estratégico, capacidad de persuasión
(o, si se tercia, de mando), un sentido de la rectitud acaso un
poco exagerado, ideas claras respecto a cómo desempeñar el papel
-nunca mejor dicho: estrictamente representativo- que les ha caído
en suerte a ella y a los suyos. Su reciente condición de abuela
la ha hecho más vulnerable a los ojos de la ciudadanía, más común,
por lo tanto, más comprensible y más apreciada. Tanto a ella como
al Rey, a ojos del novelista, les faltan, en cambio, dos elementos
que los hacen poco tentadores como "personajes": un lado oscuro
y atormentado, una pizca de incertidumbre, un algo de desasosiego,
una brizna de inestabilidad y peligro. Y también les falta tragedia.
No es que no las haya habido en sus vidas, no me refiero a eso.
Es otra cosa que atañe más a la personalidad que a los hechos:
digamos que nunca respiran trágicamente, ni siquiera con dramatismo.
Pero más vale que así sea y que en esta oportunidad la ficción
se fastidie, pues estas posibles carencias son sólo beneficiosas,
sin duda, para los españoles reales.
En cuanto al príncipe Felipe, algo puedo decir sin conjeturas:
hará dos o tres años prohibí durante días a mi agente literaria,
a mi editorial, a mi señor padre, que dieran mi número de teléfono
a la Casa Real -que se lo andaba pidiendo-, convencido de que
se trataba de la última y disparatada artimaña de alguien indeseable
que ya se había hecho pasar ante ellos u otros por Rosa Montero,
por Bibi Andersen e incluso por el fisco, según expresión
de mi portero, Teo. Cuando la Casa resultó ser real, me sentí
descortés y culpable, y acudí a conversar con el Príncipe un par
de horas a palo seco (quiero decir que hasta bien pasada una hora
no nos dieron bebida). Me preocuparon los escasos controles a
que fui sometido, y el excelentemente educado joven me causó una
impresión muy grata, pues no se dio ningún pisto ni pretendió
haber leído lo que no había leído (cosa ya de gran mérito en España).
Recuerdo que rió con facilidad y frecuencia, parecía bastante
alegre y todavía más confiado. Sé por qué hablamos de Shakespeare
y no sé por qué hablamos del amor asimismo. Sin duda estaba bien
enterado. Creo que durante un rato, a buen seguro impertinente,
me dediqué a "compadecerlo", verbalizando el espanto que me producía
imaginar una cotidianidad como la suya, con una única opción laboral
(digamos), con resquicios de libertad tan sólo, con la prohibición
permanente de ser sincero, con millares de ojos vigilándolo para
su bien y para su mal, con la constante obligación de asistir
a ceremonias y actos que lo debían de aburrir hasta la náusea,
sin más remedio que sonreír y estrechar la mano de dictadores
y asesinos de cuando en cuando, sin poder elegir a quién se trata
y a quién se rechaza... Escuchó, atento en apariencia y en todo
caso paciente, y no me quitó la razón.
Todo eso era cierto a veces, no tan grave como yo pensaba. Pero
se lo compensaba, dijo, "la posibilidad de ayudar, de ser útil..."
Por fortuna, no añadió "a España", ni "a mi país", ni "a la patria",
ni siquiera "a los españoles" ni "a mi pueblo". Añadió "a la gente".
No es mala predisposición dado su cargo. No es mala para nosotros
-parecía voluntarioso, y conforme, cosa distinta y mejor que resignado-.
Para él quizá ya es menos buena. Tampoco a este Príncipe le vi
un lado oscuro, ni una brizna de peligro. Y en cuanto a la sombra
o el aliento trágicos, más vale que no permita esta extraña y
también conforme República Coronada en la que vivimos que jamás
lo alcancen. Suerte.
Javier Marías
es escritor.