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El
ex jefe de la Casa Real Nicolás
Cotoner (centro), con Sabino Fernández
Campo, ex secretario general de
la Casa (izquierda), y Fernando
Gutiérrez, ex presidente de las
relaciones con los medios de comunicación
en una imagen de 1986 ( Marisa
Flórez).
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El
Rey sólo había podido pronunciar las primeras
palabras de su discurso -"Siempre había
sentido el anhelo de que mi primera visita..."-.
Cuando doce minutos después la treintena
de representantes de Herri Batasuna que
habían intentado boicotearle con el canto
del Eusko Gudariak, puestos en
pie y puño en alto, quedaron desalojados
de la Casa de Juntas de Gernika en aquella
lluviosa mañana de febrero de 1981, don
Juan Carlos reanudó su intervención pero
con otras palabras: "Frente a quienes
practican la intolerancia, desprecian
la convivencia, no respetan ni las instituciones
ni las normas más elementales de una ordenada
libertad de expresión, yo quiero proclamar
una vez más mi fe en la democracia y mi
confianza en el pueblo vasco".
El
texto con esa ajustada, y aplaudida,
respuesta se lo había hecho llegar discretamente,
poco antes de terminar el altercado,
su ayudante militar, Fernando Poole
-años después jefe de su Cuarto Militar-
en cuanto Sabino Fernández Campo, visto
cómo había transcurrido el incidente,
lo escogió de entre las seis alternativas
que llevaba preparadas y que ya tenían
el visto bueno del Rey. Seis párrafos,
distintos, para ser insertados sobre
la marcha en el discurso y que habían
sido redactados la noche anterior en
Bilbao, tras una larga reunión en la
que representantes de la Casa del Rey,
el Ministerio de Defensa y mandos de
las Fuerzas de Seguridad habían estudiado
las respuestas a los diversos tipos
de incidentes que podían provocar los
representantes de HB en la primera visita
del Rey al País Vasco.
Once años después, en julio y agosto de 1992, la labor de los
colaboradores del Rey y el trabajo en equipo con altos cargos
del Gobierno ayudaba a que la presencia del monarca en un acontecimiento
más festivo pero que también entrañaba riesgos -los Juegos Olímpicos
de Barcelona- resultara un éxito. La campaña Freedom for Catalunya,
en la que había participado activamente un hijo de Jordi Pujol
y a cuya presentación había asistido su esposa, Marta Ferrusola,
tenía preocupados a quienes debían asegurar que la estancia de
la Familia Real en Cataluña y su asistencia a los Juegos resultase
un éxito. Aunque Carlos Ferrer Salat, miembro del Comité Olímpico
Español, había transmitido en privado su temor a que se repitieran
los pitidos que recibieron los Reyes en la inauguración del estadio
olímpico de Montjuïc, el gabinete de don Juan Carlos y el Gobierno
coincidieron en que si el príncipe Felipe intervenía en la ceremonia
de apertura debía hacerlo con un protagonismo que estuviese a
la altura de su condición de heredero. Acordaron que fuese el
abanderado del equipo español, después de desechar otras opciones,
como que corriera el último relevo con la antorcha olímpica o
que realizase públicamente el juramento de deportista participante
en las Olimpiadas. Y, a propuesta de Pasqual Maragall, hicieron
coincidir la entrada de la familia real en el palco de Montjuïc
con el arranque de Els Segadors.
Durante los Juegos, una red de informadores organizada por la
Secretaría de Estado de Deporte tuvo al Rey siempre alertado,
a través de teléfonos móviles, de qué deportistas españoles, y
en qué instalaciones, disputaban competiciones que podían ser
determinantes para ganar medallas. Ese dispositivo, unido a su
afición al deporte, posibilitó que el Rey acudiera a animar a
los deportistas españoles en competiciones que luego ganaron,
lo que suscitó la imagen de que su presencia traía siempre buena
suerte al equipo español.
Pocos meses después, en enero de 1993, se materializó uno de los
relevos más importantes llevados a cabo en la Casa del Rey. Sabino
Fernández Campo ponía punto final a su asesoramiento a don Juan
Carlos, labor que había desarrollado durante 16 años con enorme
autoridad e influencia. Durante ese tiempo fue la persona que
seleccionó y coordinó los asesoramientos que utilizó el Rey, fue
el principal responsable de sus discursos, el supervisor de los
viajes de Estado, interlocutor con los directivos de los medios
de comunicación y, en definitiva, el principal consejero político
del monarca. Su actuación ante el intento de golpe de Estado del
23-F fue esencial para abortar la rebelión.
Había llegado a La Zarzuela en el verano de 1977 por indicación
inicial del general Juan Castañón de Mena, que había sido enlace
entre Franco y el Príncipe y que en la etapa de ministro del Ejército
le había tenido de jefe de su secretaría militar. Sin él saberlo,
don Juan Carlos teledirigió su preparación para desempeñar el
puesto que luego le encomendó, a su lado: La Zarzuela transmitió
al ministro de Presidencia del primer Gobierno de la Monarquía,
Alfonso Osorio, designado para ese puesto por decisión del Rey,
que esa casa "vería muy bien" que eligiese como subsecretario
a Fernández Campo.
Cuando llegó a la secretaría general de La Zarzuela, una de sus
primeras tareas, y de Nicolás Cotoner y Cotoner, que era jefe
de la Casa del Príncipe desde 1969, fue reglamentar con criterios
de normativa civil un aparato que había crecido con precariedad
y que había tenido que heredar los efectivos de la extinta Casa
del Generalísimo. Para empezar, el nuevo equipo del que se rodeó
don Juan Carlos tras las primeras elecciones democráticas redujo
la Casa Militar de Franco a Cuarto Militar del Rey. Con el transcurso
del tiempo y el apoyo del Gobierno socialista, estableció que
el segundo jefe de la Casa no fuese el teniente general al mando
del Cuarto Militar sino el secretario de la Casa del Rey, lo que
daba preeminencia al engranaje civil, y a los criterios políticos
para asentar una monarquía parlamentaria y moderna.
La precariedad de medios de La Zarzuela era tal que Fernández
Campo llevó a Joel Casino, entonces coronel de Intervención, para
que actuara como interventor de cuentas a efectos de control interno
-la gestión del presupuesto de la Casa del Rey, como el del Parlamento,
el Consejo del Poder Judicial, el Tribunal Constitucional y el
Consejo de Estado no está sujeta a una fiscalización pormenorizada
y queda justificada mediante una documentación global-. También
tuvo que implantar una verdadera organización administrativa.
Muchos años después, a principios de 1991, Casino llegó a ser
secretario general de la Casa, cuando relevó en ese puesto al
diplomático José Joaquín Puig de la Bellacasa, que no se consolidó
en un cargo en el que esperaba haber encontrado más competencias
y que requería absoluta adaptación a todas las actividades del
monarca. Era la segunda vez que dejaba La Zarzuela. En 1974, en
una hábil maniobra en la que también se asesoró bien, el Rey le
había llevado a su equipo, desbaratando con ello un intento de
Arias Navarro, presidente del Gobierno franquista, para colocarle
en su gabinete de La Zarzuela al derechista Antonio Carro, poco
después dirigente de Alianza Popular.
Ya jubilado, Fernández Campo explicó en conversaciones privadas,
en relato no exento de alguna amargura, que él "estaba incómodo
desde hacía tiempo, porque tenía menos influencia para evitar
cosas inconvenientes". Una explicación alusiva, en gran parte,
al asentamiento de Mario Conde en el círculo con acceso directo
al monarca. Conde era entonces presidente de Banesto y aspirante
a la máxima cota de poder político -consciente de sus dificultades
para ser líder de un partido, defendía que el presidente del Gobierno
fuese elegido directamente por los ciudadanos y no por el Parlamento-.
Fernández Campo se había opuesto además, poco antes y sin ningún
éxito, a que don Juan Carlos aceptase hablar en primera persona
de su vida, incluido el 23-F, en una serie de conversaciones con
José Luis de Vilallonga, que éste grabaría en cinta magnetofónica
y utilizaría para escribir una biografía autorizada, que finalmente
publicó dos meses después.
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Rafael
Spottorno y Fernando Almansa, secretario y jefe de la Casa
del Rey, respectivamente. (Cristóbal Manuel)
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Fernández
Campo dejó su puesto con casi 75 años,
cuando el Rey estaba a punto de cumplir
los 55, en un momento en que don Juan
Carlos se sintió animado, e impulsado,
a poner fin a un largo periodo de asesoramiento
por parte de consejeros pertenecientes
a una generación anterior a la suya, militares
de carrera y con una acentuada personalidad,
según personas que vivieron de cerca ese
final de etapa. Las relaciones entre Fernández
Campo y el Rey llevaban un año resquebrajadas,
y en el verano de 1992 don Juan Carlos
dio señales de tener madurada la inevitabilidad
del relevo. Cuando Fernández Campo le
comunicó su renuncia, el Rey ya tenía
claro el nombre del sucesor: Fernando
Almansa. Hijo de un monárquico tradicional
y conocido suyo, el nuevo Jefe de la Casa
del Rey tenía 45 años, título de vizconde
del Castillo de Almansa, llevaba dos décadas
en el cuerpo diplomático y era amigo de
Mario Conde desde que fueron compañeros
de estudios en la Facultad de Derecho
de la Universidad de Deusto. Don Juan
Carlos nombró, a la vez, secretario general
de la Casa a Rafael Spottorno, de 48 años,
con 25 de servicio en la carrera diplomática
y que había consolidado una buena relación
con La Zarzuela como jefe de gabinete
de los ministros socialistas de Asuntos
Exteriores Francisco Fernández Ordoñez
y Javier Solana.
Algunas
personalidades preocupadas por encontrar un sucesor de Fernández
Campo que fuera un asesor de la categoría que requería ese puesto
vieron en Emilio Alonso Manglano la figura idónea. Pero el asunto
no llegó a ser planteado en firme porque para el Rey Manglano
era incomparablemente más útil y eficaz al frente del Cesid. Entre
ellos había una relación de amistad y compenetración que venía
de muy atrás. Manglano, uno de los pocos militares que en pleno
régimen de Franco se sentía comprometido con la monarquía y también
con la democracia, había favorecido las relaciones entre don Juan
de Borbón, cuyo entorno le era familiar, y don Juan Carlos. Ahí
arrancó una larga trayectoria de apoyo y protección al Rey. En
el golpe de Estado del 23-F, Manglano jugó un importante papel
en Madrid al garantizar desde el primer momento la lealtad al
Rey de la Brigada Paracaidista, donde era jefe del Estado Mayor.
Y en los años posteriores, hasta 1985, fue esencial para la consolidación
de la monarquía. Desde la dirección del Cesid, a donde le llevó
Leopoldo Calvo Sotelo porque conocía su lealtad monárquica y democrática,
fue el artífice de la persecución y desmantelamiento de todos
los movimientos involucionistas, que después del 23-F perseguían
tanto derribar a la democracia como a la monarquía.
Hasta que una y otra se fueron consolidando, otro personaje decisivo
al lado de don Juan Carlos fue Nicolás Cotoner y Cotoner, al que
trataba como a un padre, aunque no despachara apenas con él. Instructor
suyo durante la preparación para el ingreso en la Academia Militar
de Zaragoza, cuando don Juan Carlos tenía 17 años, fue el jefe
de su Casa como Príncipe y como Rey y uno de sus asesores más
íntimos hasta que se retiró a principios de 1990, con 85 años.
En ese dilatado periodo realizó para La Zarzuela multitud de misiones
importantes y delicadas. En julio de 1976 fue la persona enviada
por el Rey al Vaticano para comunicar al Papa que renunciaba a
la prerrogativa de presentar las propuestas para la designación
de obispos. Cuando Franco comunicó a don Juan Carlos que le iba
a nombrar sucesor a título de rey, le pidió que no se lo comunicara
a don Juan. El futuro Príncipe envió en secreto al Marqués de
Mondéjar a Estoril para que don Juan se enterase por él de la
noticia. Al llegar a Villa Giralda, tras viajar toda la noche
en tren, se encontró con la desagradable sorpresa de que don Juan
ya se había enterado por otras vías. La Administración franquista
se había adelantado.
El primer relevo importante de un asesor de don Juan Carlos, de
profesión militar, mayor que él y con marcada personalidad, aunque
en ese caso caracterizada por un acentuado conservadurismo político
y religioso, se produjo en 1977. Alfonso Armada dejó la secretaría
general de la Casa del Rey tras las primeras elecciones democráticas,
en las que un hijo suyo fue candidato a diputado por Alianza Popular,
y después de un grave enfrentamiento con quien conducía, con plena
confianza del Rey, la transición a la democracia: Adolfo Suárez.
Armada había sido uno de los integrantes, como el marqués de Mondéjar,
del equipo castrense que en 1955 fue encargado de preparar a don
Juan Carlos para su ingreso en las Academias militares.
Armada había jugado desde 1965, año en que se hizo cargo de la
secretaría del Príncipe, un activo papel como organizador de la
vida y actividad oficiales de don Juan Carlos en un régimen que
debía reconocerle y aceptarle como monarca, a la vez que Torcuato
Fernández Miranda, profesor y asesor de máxima confianza, instruía
al futuro Rey en el dominio "de la paciencia, de la serenidad
y en ver las cosas como son, sin crear falsas ilusiones ni fiarse
de las apariencias", en expresión, ésta última, de don Juan Carlos.
En 1981, el tribunal que juzgó el intento de golpe de Estado condenó
por rebelión militar a Armada, quien tras dejar La Zarzuela se
había reincorporado a la carrera militar con aspiraciones de alcanzar
el más alto rango profesional, y se había promovido como presidente
de recambio para un Gobierno que desalojara, sin pasar por las
urnas, al que presidía Adolfo Suárez.
Fernández Miranda, que defendió como jurista que los cambios se
debían hacer desde el respeto y el aprovechamiento de la legalidad,
encajó con sabiduría política y gran lealtad una trascendental
decisión del Rey, que reflejaba bien el carácter de don Juan Carlos
pero a él le sacrificaba como político: escogerle como presidente
de las Cortes, para que condujera la reforma legal que aniquilaría
a esa cámara y al franquismo, mientras reservaba a Suárez para
presidente del Gobierno. Fernández Miranda dejó escrito en ese
otoño de 1975 una reflexión enjundiosa: "Me acepta como consejero
pero no soportaría un tutor".
Ya antes de esas fechas, el futuro Rey daba muestras claras, y
valientes, de que no se resignaba a quedar atrapado en la ortodoxia
de las instancias oficiales. En 1970 comentaba, en conversación
con un periodista de The New York Times, que deseaba contactar,
al margen de los cauces oficiales, con personas que no eran del
régimen y con dirigentes de la oposición moderada. Al año siguiente
recurrió al abogado José Mario Armero para que preparase el viaje
que iba a realizar a Estados Unidos, y que resultó un éxito. En
aquella etapa utilizó con frecuencia a Nicolás Franco y Pascual
de Pobil, amigo suyo desde la niñez, para establecer comunicación
con personas aperturistas del régimen y con miembros de la oposición
democratacristiana y socialista. En 1974 le encargó que contactase
con el secretario general del PCE, Santiago Carrillo, en París.
En febrero de 1975 pidió a Laureano López Rodó, que entonces era
una de las personas con las que contaba a menudo, que animara
al general Franco a efectuar la sucesión en vida. La gestión no
tuvo éxito, como tampoco la consulta que el Príncipe hizo directamente
a Franco, alentada por Lopez Rodó, para asistir a reuniones del
Consejo de Ministros, cosa que le desaconsejaban Alfonso Osorio
y Marcelino Oreja: "Cuando a usted le toque será todo distinto",
zanjó el general. Años más tarde, el Rey comentó a algunos de
sus consejeros que en buena hora no participó en las reuniones
de un Gobierno que poco después, en septiembre de 1975, dio el
visto bueno a la ejecución de cinco penas de muerte, impuestas
en Consejos de guerra a miembros del FRAP y de ETA.
El verano anterior, en 1974, cuando Franco le cedió sus poderes
durante varias semanas por estar hospitalizado con flebitis, el
Príncipe promovió un artículo del colectivo Tácito en el
que se pedía al Jefe del Estado que retomase el mando o realizase
un "acto de generosidad" y entregase las riendas, con todas las
consecuencias, al sucesor a título de Rey. Don Juan Carlos quería
poner fin a la interinidad. La respuesta de Franco consistió en
informarle por teléfono de que retomaba el poder.
En aquellos años eran interlocutores habituales de don Juan Carlos
en La Zarzuela muchos de los políticos que fueron designados ministros,
por indicación del Rey, tras la muerte de Franco. Entre esas personas,
a las que recibía siempre de una en una, se encontraban Adolfo
Suárez, Alfonso Osorio, Marcelino Oreja, Carlos Perez de Bricio,
Leopoldo Calvo Sotelo y José Luis Leal, además de Torcuato Fernández
Miranda, entre otros. Según algunos de ellos, el Príncipe había
ido confeccionando con la ayuda de Jacobo Cano un fichero con
datos de las personas de valía que podrían ocupar puestos importantes
el día que cambiase el régimen. Cano, de la generación del Príncipe,
monárquico y con contactos en el mundo universitario -había sido
director del Colegio Mayor San Pablo- había sido llevado en 1965
a La Zarzuela por Alfonso Armada para que le ayudase en la secretaría
del Príncipe, y se acabó convirtiendo en un íntimo amigo de don
Juan Carlos. Una de sus labores consistió en contactar con personas
relevantes que por entonces se mostraban escépticos sobre la ideoneidad
del Príncipe, para que cambiaran su opinión, y abrió las puertas
de La Zarzuela a jóvenes aperturistas adscritos a la Asociación
Católica Nacional de Propagandistas (ACNP) y que años después
nutrieron los primeros gobiernos de la monarquía. Cano estaba
llamado a convertirse en el sucesor de Armada, pero falleció en
1971 en un accidente de tráfico dentro de La Zarzuela.
Cuando la vida de Franco ya declinaba, don Juan Carlos empezó
a utilizar para misiones de política exterior a su amigo Manuel
Prado y Colón de Carvajal, cuyas gestiones facilitaron al Rey
numerosos éxitos y contactos en las relaciones internacionales,
no sin que produjeran cierta alarma en quienes percibían los riesgos
de una actuación que se escapaba a todo control institucional
y se ejercía invocando el nombre de don Juan Carlos. Aunque lo
que hoy preocupa es que haya sido socio de Javier de la Rosa.
Prado fue el intermediario utilizado para conseguir que Giscard
D'Estaing acudiese como presidente de Francia a la ceremonia de
entronización de don Juan Carlos en la iglesia de los Jerónimos
y el mensajero enviado al presidente de Rumanía, Nicolae Ceaucescu,
para que éste convenciera al secretario general del PCE, Santiago
Carrillo, de que debía dar un margen de confianza al nuevo monarca,
entre otras misiones.
Cuando los socialistas llegaron al Gobierno, la labor de asesoramiento
del Rey se vio facilitada por la buena conexión establecida entre
don Juan Carlos y Felipe González, y la que después entabló con
Narcís Serra. Una relación ésta propiciada por la sintonía con
el ministro de Defensa que llevó adelante la reforma militar -hasta
ahora siempre ha tenido una comunicación especial con los ministros
de Defensa- y que cuajó una confianza que continúa hoy. Durante
la etapa de Gobierno socialista, Serra fue el responsable político
con quien más conversó el Rey, después de Felipe González, y fue
a menudo un mensajero muy especial del monarca. Durante ese periodo,
los socialistas que tuvieron más relación con el Rey valoraron
especialmente el asesoramiento, prudente y eficaz, que le proporcionaba
desde hacía mucho, y le siguió proporcionando, su amigo Jaime
Carvajal y Urquijo.
El Rey ha admirado a menudo a sus interlocutores con la calidad
y actualidad de la información que maneja. Una información procedente
de informes que le suministran sus asesores pero también, y en
gran medida, de la multitud y diversidad de contactos que él promueve.
En el verano de 1975, cuando aún no se sabía que a Franco le quedaban
sólo tres meses de vida, varios medios de comunicación difundieron
que el Príncipe se había reunido con José María de Areilza y Alfonso
Osorio, entonces personalidades críticas con el franquismo. Cuando
uno de ellos llamó a La Zarzuela con deseo de aclarar que lo publicado
no era cierto, la respuesta que escuchó fue sorprendente y reveladora:
"Esa noticia la hemos dado nosotros, para que se vea que el Rey
tiene libertad para recibir a quien quiera".