Cuando
reflexiono desde estas líneas sobre el país que la generación
de la democracia, mi generación, ha heredado, lo hago desde el
privilegio y la oportunidad de encontrarme entre los pocos representantes
de los ciudadanos que no conoció a Franco. Desde esta perspectiva,
no puedo evitar pensar lo mucho que ha cambiado este país. Hago
esta reflexión desde la óptica de alguien que ha nacido en la
transición, ha desarrollado su consciencia en la democracia y
se siente orgullosa de hablar euskera y catalán y de amar profundamente
las libertades y la pluralidad cultural y lingüística de nuestro
actual Estado de las autonomías.
Es en este momento cuando me viene a la cabeza mi primera mirada
al techo del hemiciclo aquel día que, como secretaria de la mesa
de edad, presidía la apertura de la actual legislatura. Era una
mirada expectante y sorprendente, pues apenas tengo un vago recuerdo
de aquel 23-F que hizo temblar los cimientos de mi país, pero,
al mismo tiempo, era una mirada absolutamente consciente de lo
que ocurrió y, en consecuencia, del país que he heredado. Y aquí
quiero detenerme por un momento.
Siempre he pensado que el contexto histórico marca la vida y los
discursos de los políticos. Es por eso que en nuestras palabras
hoy no queda apenas rastro de esa dicotomía roji-azul de nuestros
antecesores; que nuestra formación nos permite una mirada de futuro,
un talante distinto, compartir con total normalidad un grupo de
amigos personales formado por dirigentes del PP, del nacionalismo
democrático o de Izquierda Unida. Nos permite, por tanto, un discurso
diferente para una España diferente. Sin embargo, siempre he pensado
también que no es positivo obviar el pasado. Soy de las que piensa
que es necesario hablar de la historia, escuchar a quienes la
protagonizaron, porque debemos ser conscientes del país que hemos
heredado, conscientes de que la vida que podemos disfrutar hoy
es fruto del esfuerzo, la lucha y la sensatez de miles de españoles/as
que lo hicieron posible.
La primera vez que visité la sala de las constituciones en el
Congreso de los Diputados, pensé en la madurez de los políticos
que la consensuaron, pensé también en el Rey al que se le brinda
homenaje estos días. Una figura entrañable y, sin duda, valorada
con cariño por los españoles, una pieza clave en el proceso de
transición democrática del país que mi generación ha heredado.
Digo esto desde la consciencia de esa memoria histórica, de aquello
que he aprendido y valorado. Lo digo, también, desde el reconocimiento
sincero de una joven socialista que, desde la tradición ideológica
y el sueño utópico de una sociedad ideal, desea un país igualitario,
donde todos y todas disfrutemos de las mismas oportunidades, una
sociedad plural y abierta, profundamente democrática, donde la
ciudadanía tiene más libertades para elegir, donde todos los estamentos
son elegidos por el pueblo.
Pero es precisamente aquí donde comparto absolutamente las palabras
de Carrillo cuando dice que los problemas del mundo desarrollado
hoy no vienen de que haya repúblicas o monarquías, pues en estas
últimas la soberanía también reside en el pueblo. Por eso, aunque
mis recuerdos no lo recojan, mi conciencia reconoce absolutamente
el papel de Su Majestad en la transición, y el comportamiento
exquisito de la familia real en el desarrollo de sus funciones.
Hago este reconocimiento en este momento de la misma forma que
lo hice el día que prometí mi condición de diputada dentro de
la Monarquía parlamentaria que disfruta este país. Un reconocimiento
sincero a alguien que todavía hoy sigue siendo un símbolo, alguien
que ha evolucionando con la sociedad, alguien que cuenta con el
respeto y la consideración de todos, también de los que, como
yo, somos más jóvenes. Y quizás no tanto por la misma razón que
le brindan quienes vivieron aquellos tiempos difíciles, sino por
su capacidad de apelar a las conciencias ante temas como la inmigración,
la relación con Iberoamérica, la defensa de la paz y la libertad,
su papel conciliador en los conflictos internacionales, la valentía
en sus discursos (todavía recuerdo con admiración sus palabras
ante el conflicto del Sáhara Occidental cuando nadie se pronunciaba),
por su capacidad de conectar con la sociedad de hoy y, en definitiva,
por su visión de una España moderna.
Es por eso que desde estas modestas líneas yo también he querido
unirme a su homenaje. Un homenaje de agradecimiento a su valentía,
capacidad de cambio y comportamiento conciliador. Un homenaje
sincero al que también se sumarán mis compañeros en el Congreso
que han visto consolidar sus esfuerzos, su lucha; compañeros a
los que admiro y respeto y de los que aprendo cada día a valorar
lo que tengo, lo que soy.
Llegados a este punto, vuelvo a recordar lo que ha cambiado este
país, y no sólo en términos económicos y de desarrollo social,
sino en tolerancia, en formación y en madurez. Recuerdo ahora
lo que me impresionó la representación de El florido pensil
cuando fui a verla con mis padres o la educación confusa y monocolor
que se impartía no hace tanto tiempo. También, la discriminación
de la mujer sufrida en silencio, el toque de queda, el sufrimiento
y la falta de libertad.
Es por todo ello que quiero apelar a mi generación, para que nunca
olvide su pasado, para que mire al futuro valorando lo que tiene
y a las personas que, como don Juan Carlos, hicieron posible la
España de hoy. Me gustaría decirles también que rememorando la
historia se aprende mucho. Todavía me emociono recordando el pensamiento
escrito de Azaña, Pablo Iglesias o Ramón Rubial y de tantas personas
anónimas que contribuyeron con su esfuerzo al triunfo de la democracia
y la libertad.
Llego al final de este artículo mirando al futuro, a los nuevos
retos del siglo XXI con el deseo de que los españoles vuelvan
a soñar igual que lo hicieron hace 25 años, con el deseo de que
mi generación siga estando a la altura de los cambios, igual que
lo estuvieron y siguen estando personas como su majestad el Rey.
Leire Pajín
diputada socialista por Alicante. Es la parlamentaria más joven
del Congreso.