No
murió un día antes ni un día después.
Sólo cuando lo dispuso la biología.
O todavía peor: sólo cuando Dios quiso.
La dictadura de Franco duró tanto tiempo
y superando tantas fases, desde la victoria
aliada en la segunda guerra mundial
hasta las transformaciones sociales
de los sesenta, que llegó a parecer
una imposición del más allá o una grave
enfermedad local que había caído sobre
nosotros como consecuencia de alguna
culpa o malentendido histórico. Costaba
tanto entender que el mundo más próximo
dispusiera tranquilamente de partidos
políticos y sindicatos de clase, periódicos
de oposición, libertades civiles, películas
sin cortes, libros sin censuras, hippies
pacifistas y playas top-less
y nosotros no, que la más revolucionaria
reivindicación antifranquista coincidía
con la ansiedad de estar al día.
Cuando
Franco murió creyó haberlo dejado todo
atado y bien atado. La tarea consistió,
a partir de entonces y desde la coronación
del Juan Carlos I, en desanudar el enorme
baúl de modernidad que había quedado arrumbado
durante treinta y nueve años; y 39 noches
de agonía. Ese baúl, celado bajo la custodia
de los escuadrones neofalangistas, los
democristianos de la primera ola, los
centuriones del Opus Dei, la Iglesia oficial
y el Ejército armado, fue el que vimos
entreabrirse a finales de noviembre de
1975.
Hasta pareció, entonces, que mejoraba el tiempo y el perfil de
las cosas se revelaba más claro. La Constitución, que estuvo lista
para ser votada el 6 de diciembre de 1978, fue el texto que dejó
abierto el panorama donde, en adelante, nos íbamos a reconocer
duchados, estrenados moralmente, legítimos ciudadanos de una comunidad
a la que pertenecíamos en casi todo menos en la vetusta peculiaridad
del régimen. El fin de Franco y la llegada del Rey significó,
pues, acceder a una nueva vida, y el ocaso del régimen fue como
la conclusión de una epidemia demasiado pesada.
Antes de las elecciones democráticas de 1977, Europa significaba,
sin querer, lo otro. Inmediatamente después tendía fácilmente
a ser lo mismo. Pero no sólo esta aspiración se demoró todavía
varios años, hasta ingresar en la Unión Europea el 1 de enero
de 1986, sino que provocó desajustes y tensiones, parodias y prisas,
que definieron parte del carácter social y cultural español durante
los últimos 25 años.
La síntesis dramática de lo que nos ha sucedido en este último
cuarto de siglo consiste en que mientras España, desprendida de
la dictadura, se lanzaba a vivir su modernidad aplazada, Occidente
se hallaba ya instalado en la postmodernidad. Las particularidades
de este desacuerdo explican no pocas consideraciones de España
como un país "diferente"; diferente no por los contrastes atribuibles
a su idiosincrasia -todos poseen "idiosincrasia"- sino por sus
desajustes dentro del panorama en que se encuadra. Siendo también
verdad otra cosa, y es la enorme curiosidad que la sociedad española
ha mostrado por el exterior, codiciosa de sus modas e interesada
por contrarrestar su retraso.
La falta de sincronía en los procesos de desarrollo ha provocado
numerosos saltos españoles en el vacío. Nunca se adquirió en España
la cultura escrita de los franceses o los italianos, ni la instrucción
musical de los alemanes; sólo hace poco logramos rebasar los diez
periódicos por cada 100 habitantes y sólo los Tres Tenores han
procurado atención sobre la ópera, pero ya alcanzamos cifras comparables
a las europeas en el nuevo consumo audiovisual. Pocos intelectuales
europeos desconocían a finales de los años 70 los textos de Althusser,
Foucault, Lacan o Lèvi Strauss, pero cuando llegaron aquí aterrizaban
fuera de nuestro contexto. Significativamente antes, cuando España
abordó su primer plan de desarrollo en los sesenta, las parejas
más audaces empezaron a arrimarse en los bailes pero también,
fuera de contexto, llegó el rock and roll y obligó a separarse
de nuevo. Las asincronías, los desajustes, fueron causa de repetidas
confusiones: en la música, en las lecturas, en los debates intelectuales,
en el sexo.
A lo largo de los años setenta, mientras en España se corría todavía
algún riesgo policial siguiendo a carcamales del marxismo, en
Occidente se sucedían la contracultura, la psicodelia, el antiautoritarismo,
el tercermundismo, la pedagogía libertaria, la antisiquiatría,
la antiescuela, el neofeminismo, la liberación sexual, la autogestión,
la semiología, el consumismo. De ese tiempo en que el mundo bullía
desde la modernidad a la posmodernidad aquí sólo llegaban salpicaduras,
ideas troceadas, libros sueltos, visitas nerviosas a París o a
las librerías cómplices.
Al término de esa década cruzó por la política y la flamante democracia
española la sensación de "desencanto". La democracia desencantaba
a los periódicos, las radios, a los contertulios del café. Desencantaba
la personalidad de los políticos, la simpleza de sus discursos,
la inconveniencia de sus atuendos. No era aquello que habíamos
soñado que fuera y durante unos años, hasta que sobrevino el golpe
del 23-F, en 1981, se vivió un periodo de desilusión precoz. Se
creía, acaso, que la democracia se había producido de manera tan
sosa o baja en calorías que enseguida la habíamos metabolizado.
O quizás: que habíamos llegado tan tarde a la democracia que tenía
perdida la intensidad de su glamour.
Decenas de libros en Europa hablaban de ello por la misma época.
Hablaban de la "melancolía democrática" de Occidente, pero nosotros,
por tiempo de vida y de ida no podíamos considerarnos de regreso.
¿Era, pues, una pose? ¿Una constatación de lo más real tras décadas
de delirio? El resultado fue que para quienes esperaban que, en
adelante, fueran a atarse los perros con longanizas sobrevino
una batería de efectos que obligaron a revisar la inventada suculencia
del sabor.
Uno de esos efectos, a nivel popular, fue comprobar casi enseguida
que junto al incremento de las libertades aumentaban algunos desmanes.
Uno de ellos fue que España dejó de ser un simple lugar de paso
para la droga y llegó a convertirse en un importante consumidor,
de manera que en 1984 se registraban ya 11.500 detenciones por
tráfico de estupefacientes y se calculaba en 100.000 el número
de heroinómanos. La legislación española sobre consumo de drogas
llegó a ser la más permisiva del mundo con el Gobierno socialista
de 1982, y el yonqui emergió como un personaje en el elenco
del costumbrismo callejero. En 1989, el número de delitos al año
redondeó el millón, un 86% de ellos contra la propiedad e inducidos
por la drogadicción.
En 1975 no se conocía todavía el fax, el teléfono inalámbrico,
el chip o los pistachos pero tampoco los guardias de Segur
ni las puertas blindadas, que se revelaron un negocio de formidable
prosperidad. De esta inseguridad ciudadana, muy de Nueva York
y ciudades extranjeras pero desconocida aquí bajo el franquismo,
las fuerzas conservadoras obtuvieron la prueba de nuestra imparable
descomposición moral. Y más si a ello añadían otras supuestas
sevicias como las provenientes de la reforma fiscal que mandaba
pagar impuestos, de la autorización de los anticonceptivos que
dotaba de mayor libertad a la mujer, de la legalización del divorcio
y la despenalización del aborto, que juntaban la tierra con el
cielo.
Tras la reforma fiscal y la legislación divorcista, España se
colocaba a la par de los países occidentales pero en cuanto al
aborto ocupó además la vanguardia. De nuevo, España trataba de
remediar años de retraso mediante zancadas y los socialistas fueron,
durante los 80, los grandes impulsores de normativas -sobre consumo
de drogas, divorcio, aborto, adulterio, amancebamiento- que afectaban
directamente a la complexión moral.
En general, llegó un momento, durante la segunda mitad de los
ochenta en que España se había convertido, junto a Holanda, en
uno de los países más tolerantes de todo el mundo. Toleraba el
consumo de droga, dentro o fuera de las casas, toleraba la prostitución
en las carreteras, las plazas o las aceras, la pornografía en
los quioscos o en los videoclubes, los 172 millones de horas de
huelga de 1979, aguantaba la sequía y a Alfonso Guerra. Aumentó
en cambio la oportunidad de hallar diversiones nuevas. El strip
tease o los bingos clandestinos fueron elevados a entretenimientos
de la clase popular pero paralelamente se consintió la exhibición
general de películas clasificadas "X" en otros países, como Enmanuelle
o versiones íntegras, como Instinto básico , de cintas
censuradas en Estados Unidos.
 |
|
Reciente
manifestación de jóvenes frente al Congreso para exigir
la dedicación del 0,7% del PIB a los países menos desarrollados
(EFE).
|
También
hubo tolerancia para hacer mucho ruido en las calles y las playas
cuando los vecinos se disponían a descansar, hubo tolerancia para
contaminar las aguas de los ríos o los mares e incluso para enriquecerse
en el desempeño de numerosos cargos públicos y privados. Los años
ochenta fueron especulativos, eróticos, estéticos y ligeros. Fue
la década del láser que corta sin rasgar, de los microondas que
calientan sin quemar, de la compresa que no se nota, de las operaciones
financieras que no se ven. La segunda parte del decenio se convirtió
en la gran oportunidad de los menos escrupulosos de los empresarios
y también, por razón de la dinamicidad total, en el tiempo más propicio
para los "creadores". Por esos años fue más fácil encontrar un artista
en el mundo del diseño, de la nueva cocina, de la pintura o de la
enología que a un electricista o a un fontanero.
Gracias al fenómeno de la moda, los españoles pudieron recorrer
el mundo vendiendo valores contemporáneos y autóctonos con un
orgullo que nunca, ni al final del siglo XVIII, habían sentido
nuestros viajeros. La nueva democracia, los bailes flamencos,
la intrepidez empresarial, el aflujo y la permisividad de la droga,
la movida madrileña, el ingreso en Europa, la confirmación en
la OTAN, el golpe del 23-F, la trágica muerte de Paquirri, el
Mundial de Fútbol de 1982, la estampa del Rey, los nuevos diseñadores
(de Sibyla a Miró y Adolfo Domínguez), los nuevos novelistas (Marías,
Landero, Millás), los nuevos pintores (Barceló, Broto, Sicilia),
los nuevos deportistas (Ballesteros, Butragueño, Perico Delgado)
y directores de cine (Almodóvar, Trueba, Gutiérrez Aragón), el
premio Nobel de Cela.
Muchos ciudadanos compraron chalets adosados, abrieron una boutique
o un restaurante exquisito con hipotecas, se emplearon en una
fábrica moderna donde se trabajaba con algunos ordenadores o en
naves pulcras donde se hacían cultivo de bacterias. No había nadie
que no hablara de dinero o no invirtiera en bolsa, no bailara
sevillanas o tuviera previsto viajar a Thailandia.
En 1980 se matricularon en España 27.195 nuevos coches de importación.
En 1989, 370.000. El gran despegue nacional se situó en torno
a 1985 y pese al crash de Wall Street (19 octubre 1987:
un 22,6 % bajó el Dow Jones) la "movida" continuó hasta comienzos
de los noventa. Es decir, cuando empezó el tiempo de la gran corrupción
o la conversión de lo que fue parte de la beautiful people
( en piedras de escándalo. Con el último franquismo se había asistido
a los affaires de Matesa, Sofico, Reace, pero no podía
esperarse que bajo un mandato con "100 años de honradez", se llegara
a tanta perdición.
Finalmente la agregación de los descubrimientos en la trama del
GAL y las escuchas del Cesid crearon una situación insuperable
para la continuidad del PSOE en el poder. La crisis económica
que regresó en 1994 hasta arrojar un 25% de desempleo -tanto paro
como el peor momento de la Gran Depresión de los años 30 en Estados
Unidos- decidió el fin de 12 años de Felipe González.
En realidad, la inflexión del comienzo de los noventa operó en
Occidente como un sabotaje sobre el confiado paraíso anterior
y tuvo su reflejo sobre la cultura visual inmediata. A los colores
pastel que caracterizaron las fachadas del postmodernismo arquitectónico
en los 80 siguieron los tonos pardos del grunge o del dirty
look , con su cohorte de pantalones desgarrados, botas podridas,
pelos grasientos. Los partícipes de esta nueva cultura del desastre,
importada de Seattle, apreciaban los lugares "fuertes", las sensaciones
"fuertes". Comer pizzas en el desayuno, apagar los cigarrillos
sobre el helado, ver por enésima vez Easy Reader , leer
a Williams Borroughs, odiar todo lo light anterior (el
agua mineral, los descafeinados, los descremados, los zumos) fue
la respuesta internacional contra los años frívolos de las rayas
esnifadas en los lavabos de las discotecas, las ropas orientalistas
de Terry Mugler, el tratamiento facial de Elisabeth Arden, las
óperas de Peter Sellars, el paleto de jicama con mostaza de ruibarbo,
las lámparas de Iguzzini, la moda del kiwi, el broker, el yuppy
y el brunch.
¿Qué
sucedió por entonces en España? España era cada vez más igual
por fuera en relación al mundo y más diferente en su interior.
El Estado de las Autonomías había logrado un pastel dos gustos
del producto nacional. Era el Estado de las nacionalidades o la
nación de naciones. Cada una de las nacionalidades con sus peculiaridades,
sus romerías, sus gastronomías y sus bailes recuperados, más la
lengua, el dialecto y el acento diferencial. Ahora esto ha decaído
en muchas partes pero queda presente, transformado en el peor
de los problemas, el nacionalismo terrorista del País Vasco.
Respecto al último comportamiento global en los noventa, España
prolongó el entusiasmo por integrarse en lo internacional y adoptó
las corrientes dominantes. El eticismo, por ejemplo: nada más
oportuno y apropiado para enjuagar la turbia marea de la corrupción,
política y empresarial, que la moda ética, ecomoral, de los años
noventa. El PP, Joaquín Leguina, el propio Mario Conde en 1995,
propusieron un código ético para los cargos públicos y los comportamientos
de empresa. Ética para Amador, de Savater, fue el gran
éxito en libros de no ficción del decenio. Las Virtudes públ
i cas, de Victoria Camps, o los libros de Alberoni, McIntyre
o Guyau se vendieron como una cosecha natural de la temporada.
La ética se manifestó en los fondos de inversión éticos, en las
tiendas de comercio justo, en las discusiones sobre la biotecnología,
en la caridad mediática, las acciones humanitarias, la salvaguarda
del entorno, la "transparencia" exigida a la política, a los consejos
de administración o a las cuentas del fútbol. Debates sobre la
eutanasia, la clonación, la ingeniería genética, el derecho a
la intimidad, el acoso sexual, las cruzadas contra el racismo
y la violencia, la lucha contra la droga, la batalla por el
0,7 devolvieron la idea de un renacimiento moral.
Sin embargo, no se trataba de un verdadero retorno de lo moral
en su sentido clásico, ni aquí ni fuera de aquí. Porque en ninguno
de los planteamientos morales de hoy se pide al individuo o al
ciudadano morir o sacrificarse por algo. Nada que se parezca a
morir por la patria, por una revolución o por el fin de la injusticia.
Se ponen en cuestión los males de la globalización y los jóvenes
españoles se enrolan en ONG o se manifiestan en paralelo con las
revueltas de Seattle, Washington o Praga, pero no existe un movimiento
fuertemente organizado al estilo de hace medio siglo. Cunde la
sensibilidad por los males del Tercer Mundo pero la respuesta
no es la lucha política sino las prácticas de una nueva caridad.
En Calcuta, una ONG de ayuda a los pobres llamada Fundación Sabera
es obra de Nacho Cano y participan entre los financiadores Ana
Torroja, Alejandro Sanz o Penélope Cruz. Prácticamente no existe
hoy empresario, cantante o actor que no apadrinen una asociación
contra el cáncer, el sida o la miopatía; o que no preste su nombre
para colectar fondos para el Sahel o Bagladesh.
La idea de solidaridad crece junto al desarrollo hiperindividualista
que en España se manifiesta con un mayor encerramiento en el hogar,
menos contactos vecinales, mayor tendencia a vivir solos (10%
de la población) o una inferior inclinación a tener hijos. De
hecho, de las 677.456 personas que nacieron en 1976, año record
en la fertilidad española, se ha pasado a 377.809 nacimientos
en 1999, sólo 7.386 más de los que fallecieron. España es hoy,
con Italia, la nación de menor natalidad mundial y la que soportará
acaso la población más envejecida del planeta en 2.025. Pero también,
por una de esas proverbiales zancadas de avance, la que proporciona
más órganos para trasplantes, la que contará con mayor proporción
de médicos y la que habrá conseguido, con o sin rigor, más títulos
de grado universitario por cabeza. En la actualidad no existe
ya población española con más de 50.000 habitantes que no tenga
universidad, si se exceptúa Ponferrada.
Las casas de cultura, los cines, los polígonos de ocio, las instalaciones
deportivas y hasta los parques temáticos han enriquecido las opciones
de entretenimiento nacional y potenciado el interés de ciudades
que 25 años atrás representaban la vida deslucida de provincias.
Las autonomías han generado este bien de fertilización cultural
y civil sin paralelo en Europa y se ha llegado a configurar metrópolis
como Barcelona o Vitoria que se repiten como ejemplos de urbanismo
en los congresos.
Ni se posee todavía el nivel de conocimientos de idiomas ni el
intercambio suficiente para situar a España entre los países más
globalizados, pero el salto ha sido espectacular en la democracia:
las cifras de estudios y viajes en el extranjero se han multiplicado
en este cuarto de siglo, y personalidades españolas han ocupado
la cabecera de numerosas organizaciones internacionales, desde
la UNESCO a la OTAN y el COI.
¿Desajustes
hoy? En España gobierna desde 1996 un partido conservador, neoliberal
y partidario del pensamiento único. ¿Cómo podría pensarse en algo
más "fuerte" y actual? ¿Más Hermés? Es verdad que no se participa
a gran escala del mercado financiero planetario pero el desarrollo
de la inversión española en Latinoamérica ha sido espectacular
y el auge de la visibilidad del español en el mundo ha potenciado
la importancia de España. En cuanto a la presencia en Internet,
punto obligado en los diagnósticos, todavía sólo un millón de
hogares se encuentran conectados a la red y un 60% lo utilizan
menos de 20 horas mensuales, la cuarta parte que la media europea.
Con todo, los incrementos anuales son ya superiores al 160% y
las nuevas viviendas cableadas crearán nuevos nidos individuales
y aislados.
Los españoles son, con todo, de las poblaciones europeas que más
salen en sus tiempos de ocio y más gastan, proporcionalmente,
en bienes de exhibición, ropas o coches. No importa que haya aumentado
la tendencia a estar en el hogar y que el precio de la gasolina
crezca. El 22 de noviembre de hace 25 años, cruzado por una crisis
petrolera mayor a la actual, la súper costaba 26 pesetas y ahora
seis veces más. De aquel tiempo se han perdido algunas costumbres
(comer pipas en el cine, enviar telegramas, calentar la leche
en un cazo, levantarse para cambiar la sintonía del televisor,
acudir al día del Domund) y se han impuesto otras como comer palomitas
en el cine, pasear mientras se telefonea, hacerse un chequeo,
sacar dinero de un cajero, pedir pizzas , comprar kleenex
en los semáforos, dormir con almohada cervical. También se hace
footing, masters, reciclajes, hidroterapia, yoga, tai
chi o se toma sopa de mijo como no se conocía en la escasez.
Pero España ha pasado en estos años a ser la séptima potencia
económica del mundo y vive el designio de compartir las responsabilidades
y tendencias de las demás naciones de su entorno. Excepto en dos
puntos, que seguimos mostrando lo distintos de toda la vida que
somos. Somos diferentes en nuestros horarios, que siguen amparando
-con o sin ella- el tiempo para la siesta, y somos diferentes
en la fiesta de los toros. Entre una cosa y otra, España, 25 años
después de la coronación del rey Juan Carlos I, sigue pugnando
por ocupar un puesto internacional que no obligue a asumir el
Tireless ; pero ahora, a diferencia de lo que ocurría en
1975, hay libertad y oportunidad para participar en nuestro tiempo
sin el castigo de ver a la historia pasar por ahí. Por donde pasa
también hoy, desdichadamente todavía, el terrorismo, el más grande
y grave desajuste que padecemos. El desajuste más clamoroso entre
el adelanto civil de nuestra democracia y la regresión de esa
patología que repite su perversión histórica y moral.