Empecemos
por un asunto minoritario y que no despierta pasiones. Por ejemplo,
el fútbol.
Es el año dos mil y pico y el rey Felipe asiste en el palco a
la final del Campeonato de Europa, para la que se ha clasificado
España. Se le distingue bien, incluso desde las gradas de general.
No le es fácil ocultarse, pero la altura facilita las presentaciones.
No le ocurre lo que aquel vástago del emperador de Japón que entró
en Oxford y se presentó así: "Soy el Hijo del Sol". El portero
del colegio le dijo: "Pase, pase, que aquí hay de todo". La ventaja
de los reyes altos es que no necesitan corona. La llevan puesta,
como Einstein llevaba escrita la teoría de la relatividad en su
frente inmensa. A propósito de Albert, había llegado a importantes
conclusiones porque sus preguntas eran desternillantes. Una de
ellas: ¿tuvo Dios elección al crear el universo? En la mirada
de los reyes modernos, con mayor o menor intensidad, yace la melancolía
determinista, que la inteligencia puede acentuar. Su relación
con el destino es diferente a la de los demás. En el pasado, el
rey pertenecía al orden natural de las cosas. Ahora, ser rey pertenece
al orden extraño de las cosas. Tiene que preguntarse todos los
días qué es ser rey, como un republicano de sí mismo. También
eso se nota en un rostro. Siempre le han gustado los deportes.
Primero, como pasatiempo y para fardar; luego, como aprendizaje
humano y como disciplina; ahora, como una representación de la
historia.
Hoy, en el campo, como en una regata en el mar, se dirime un duelo
entre la voluntad y la fatalidad. Al nacer, ¡alehop!, nacía ya
príncipe heredero. Ese tanto hay que colocarlo en el casillero
del destino.
No dependió de él ni, en gran parte, de los demás. Esto ocurre
el 30 de enero de 1968. No son pocos los niños españoles nacidos
en esa época que serán criados por sus abuelos, mientras sus padres
emigran a la Europa rica. En las mañanas de domingo, con olor
a fritura en las ventanas, todavía se escuchan coplas emotivas
de un país pobre y triste, como aquella de Charo Reina: "Anda,
rey de España, vamos a dormir". Ese año, otras ventanas, las de
los palacios de medio mundo, son sacudidas por el vendaval de
un nuevo romanticismo juvenil. En este caso, la copla podía ser
una de Jim Morrison: "We want the world / and we want it now!
(Queremos el mundo / ¡y lo queremos ahora!)". Ése fue el año del
nacimiento. Una palmada y ése el primer llanto del niño príncipe
heredero. Y ahí se acaba la intervención del destino.
Para el ser humano, dice la sabiduría marina, el destino es como
el viento para el velero. En esa época, y en los años que siguieron,
había señales de todas clases, incluso para un nuevo apocalipsis
nacional en torno al cadáver del dictador. Un entrañable personaje
de una novela de Amin Maalouf, Baldassare, indignado con la psicosis
supersticiosa de sus contemporáneos de 1666, empeñados en la llegada
del fin del mundo, anota con fina ironía en su cuaderno: "Cuando
se buscan señales, se encuentran".
Las señales que emitía la sociedad española en 1975 no eran precisamente
las del Año de la Bestia. Bien al contrario, la niñez y la adolescencia
del príncipe coinciden con una época en la que abundan las señales
positivas. El país empieza a salir de ese estado de ánimo que
Keynes acuñó para las situaciones de crisis: "La estación muerta
de la suerte". Hay un mayor conocimiento, una apertura al exterior,
que genera también mayor deseo, porque ya se sabe que no se puede
querer lo que no se conoce. Hay un sentido comunitario, asociativo,
de transformar las condiciones de vida. El ecologismo y el feminismo
pasan a formar parte de un nuevo sentido común progresista. Se
produce la eclosión, con mucho ruido e incluso algunas nueces,
de una cultura artística, musical y cinematográfica desacomplejadas.
En ciertos aspectos, como la libertad de costumbres, la sociedad
va por delante de las reformas legales.
La transición, ya se sabe, fue un extraño proceso biopolítico,
entre la metamorfosis de Kafka y las de Walt Disney. En todo caso,
la generación del joven príncipe vivió más descubrimientos que
desengaños, más esperanzas que desilusiones, más optimismo que
cinismo. Quizá con un exceso de credulidad. Y esas marcas -la
curiosidad, la liberalidad y un optimismo dialogante de fondo-
se notan en el rostro. La pérdida de credulidad es lo que añade
unas arrugas de melancolía. El rey Felipe, sentado en el palco,
en el partido del dos mil y pico, podría recordar el día en que
un poeta dio las "gracias al aire" en su presencia. Era muy joven,
su primer acto público como príncipe de Asturias. Entregaba los
premios que llevan su nombre. "El aire", le dijo entonces José
Hierro, "se llama libertad, la libertad preciosa de nuestro clásico".
Lo decía entre las ascuas del fallido golpe de Estado del 23-F.
Conocía el valor del aire. Ahora recibía un premio, que agradecía,
pero él correspondía con un bien de valor incalculable: la confianza
básica, sellada con el aire de la libertad. Los Nostradamus, los
profesionales del apocalipsis, habían seguido trabajando para
que la peor profecía se cumpliese. Y estuvieron a punto. Al no
ceder, la monarquía se desembarazaba de la fatalidad. En el plano
histórico, consiguió el mayor consenso posible en España: no ser
percibida como un problema. Incluso en lo estético. Un recorrido
por los retratos de la realeza en la pinacoteca del Prado da paso
a una desasosegante reflexión sobre el espejo del alma, que roza
la pesadilla cuando Goya toma el pincel.
Volvamos al partido del año dos mil y pico. Mientras la mirada
sigue el combate ritual del balón, el recuerdo del "aire", de
la preciosa libertad, conduce al rey Felipe a otro momento más
cercano en el tiempo, pero cuando todavía era príncipe. Es el
año 2000. Un año duro, poco respirable. "Cuando se buscan señales,
se encuentran". Se acumulan señales. Y lo que es peor, los crímenes
cometidos como señales. En el País Vasco lleva años funcionando
la industria del dolor, "trabajando su profecía". La diferencia
es que el ánimo está más minado. La violencia envenena todo. Los
Nostradamus atizan el fuego. Se activan los mecanismos de producción
de odio, incluso entre aquellos que tienen por obligación mantener
la calma y transmitir serenidad. El lenguaje se embrutece, con
palabras que tienen gusano dentro. Ése es el peor síntoma, advertiría
Elias Canetti, el de la derrota de las palabras.
El ahora Rey podría recordar lo que dijo entonces en Oviedo: "Siempre
hay un lugar para el encuentro y el entendimiento entre los que
anteponen el valor supremo de la vida al fanatismo y al crimen".
Podría recordar que no tuvieron entonces mucho eco informativo
aquellas palabras. Podría recordar otro símil marino: "Un buen
capitán transforma el Atlántico en Mediterráneo; un mal capitán
transforma el Mediterráneo en Atlántico". Fue una mala época.
Pero, muy laboriosamente, pudo más la construcción de puentes
que la producción de odio. Se evitó lo peor gracias a la política.
Los gritos de júbilo le devolvieron al campo en aquel partido
del año dos mil y pico. Había visto la combinación genial, un
cambio de juego de banda a banda, el puente, el centro, el control
y la colocación precisa de un gol imparable. Ahora establecía
el vínculo de la jugada con la realidad.
Los seguidores españoles saludaban a una nueva estrella: Ibn Hazm,
de Córdoba. La mitad de los componentes de la selección de España
eran hijos de emigrantes originarios de África, Hispanoamérica
y Centroeuropa. El fútbol le estaba bajando los humos a la extrema
derecha, que había resurgido un tiempo atrás.