El Palacio Real nunca ha dejado de ser la casa de Su Majestad.
Pero Juan Carlos I optó al principio de su reinado por ocupar
una vivienda más discreta: la Zarzuela, antiguo pabellón de caza
de los monarcas. Mientras, la residencia de los Reyes de España
durante siglos se ha mantenido en estado vegetativo. 800.000 personas
la visitan cada año. Pero no tiene inquilinos. Alfonso XIII fue
el último. Hay dudas sobre si Manuel Azaña, presidente de la II
República, lo llegó a habitar. Don Juan Carlos nunca ha pernoctado.
Pero hoy, lunes 18 de septiembre, recobra el esplendor de antaño.
Los Reyes están en casa.
Mohamed VI, rey de Marruecos, visita España. Un viaje delicado.
Nada puede fallar. Cuestión de Estado si se tiene en cuenta que
la de Palacio es la única cena de gala que se organiza en España
en honor de un mandatario extranjero. Moncloa, sede de la Presidencia
del Gobierno, ofrece almuerzos. Y las cenas, sencillas y de traje.
La consternación en el rostro de los turistas japoneses a la puerta
del Palacio Real indica que algo ocurre esta mañana. "¿Cerrado?
La guía dice que el Palacio no cierra nunca". "Cerrado por acto
oficial", repiten los conserjes. Libre de los 3.000 turistas que
lo visitan a diario, el edificio amanece relajado, ausente de
lo que ocurre extramuros.
Una maquinaria bien engrasada co-mienza a funcionar en el momento
en que La Zarzuela comunica a Patrimonio Nacional (el organismo
que gestiona los bienes históricos que en tiempos constituyeron
el Patrimonio Real) la celebración de una cena de gala. Fernando
Fernández-Miranda, director de Actos Oficiales, imparte instrucciones.
La ciudad se pone en marcha. Como en un cuento de hadas, esos
guías que acompañan a diario a los turistas en su visita al Palacio
se transforman en vistosos lacayos a las órdenes del Rey. El servicio
del museo es por unas horas el servicio de la Casa Real. Un centenar
de personas lo tiene asumido. Uno de estos empleados atípicos
recuerda el 2 de enero pasado, el día que murió la madre del Rey
en Lanzarote: "Era domingo y nadie nos llamó, pero en una hora
estábamos aquí todos para instalar la capilla ardiente de doña
María. Eso está fuera de convenio".
Tras la llamada de La Zarzuela, la actividad
se vuelve frenética en la planta cuarta
del Palacio. Lo que hasta la década
de los cuarenta eran viviendas del personal
palaciego, hoy albergan talleres que
conservan un cierto aire de patio de
vecinos. Mili Moreno, la sastra, pone
a punto las federicas: historiadas
libreas de gala de tiempos de Carlos
IV que portarán los camareros durante
la cena; un instrumento de tortura que
pesa 17 kilos. Alguna tiene 100 años.
A partir de las originales, se comenzaron
a reproducir en 1985, de manos del anterior
sastre, Agustín Blasco. A primera hora
de la mañana de hoy lunes las federicas
ya están alineadas junto a las medias
y los zapatos de hebilla plateada que
completan el atuendo. Un cartel preside
el vestuario: "Es obligatorio pasar
por la ducha antes de vestirse de uniforme".
En otro rincón del Palacio, Carmina Lizana recibió hace una semana
la indicación de preparar manteles y servilletas de hilo de Alcoy
para 200 personas, "y las de la mejor calidad, en esta visita
quieren que todo sea lo mejor", relata Mina que fue responsable
de la lencería doméstica en la boda de las Infantas, "y aquí tengo
todo preparado para cuando le toque al Príncipe".
La misma señal de alerta llegó a Luis
Francisco Adrados, encargado del chinero
de gala: servicio para 200. La vajilla
oficial de los Reyes (azul prusia con
el filo de oro y el escudo de la Casa),
fabricada por Santa Clara; los platos
de plata, elaborados el siglo pasado
por la Fábrica de Platería de Martínez;
1.200 copas de cristal de Bohemia y
la cubertería de plata que se comenzó
a fabricar para la boda de Alfonso XII
y se terminó para la de su hijo, Alfonso
XIII. "¿Cómo la limpio? La base, jabón
Lagarto y estropajo suave. El resto,
secreto profesional".
En estas primeras horas de la mañana impresiona contemplar a los
empleados manejando aspiradoras, mopas y fregonas entre cuadros
de Goya, frescos de Tiépolo y tapices de Teniers. Un maestro relojero
descendiente de Colón ajusta la colección de relojes; un equipo
de restauradoras actúan de detectives en busca de desperfectos
en las obras de arte. Trabajan con calma; aún no hay controles
de seguridad. No de forma evidente: coches de policía camuflados
ya recorren las inmediaciones. El control exhaustivo llegará por
la tarde, cuando los efectivos de la Guardia Real tomen el Palacio.
En un abrir y cerrar de ojos el museo
se convierte en residencia de reyes.
Se quitan las pantallas de metacrilato
que impiden a los turistas manosear
porcelanas y esculturas; los cordones
de terciopelo que encaminan a las visitas,
y los protectores de tela que envuelven
las cortinas. Se instalan alfombras
decimonónicas, la de la escalera principal
entre 30 personas. Y se reordena y repasa
el mobiliario: ninguna pieza puede herir
la sensibilidad del invitado. Hay que
evitar el cuadro de Santiago matamoros
o la estatua de Carlos I "dominando
el furor" (es decir, el turco), que
ya fue retirada de su pedestal en el
salón de Columnas con motivo de la Conferencia
de Paz en Madrid, en 1991. Fue sustituida
por La justicia.
Hilar fino. Ni el menú, la decoración o el protocolo pueden tener
significado religioso o histórico que moleste al invitado. Hoy
es musulmán: ni cerdo ni alcohol.
En el comedor de gala, gran escenario de la representación, inaugurado
en 1879 con motivo de la boda de Alfonso XII con María Cristina
de Habsburgo, los empleados trabajan en semipenumbra. No se abren
las ventanas: la luz es el peor enemigo de tapices y entelados.
No se encienden las lámparas: las 896 bombillas elevarían la temperatura
de la estancia. Todo el escenario es supervisado por Francisco
López Bermejo, de 39 años, Conserje mayor desde hace 12, a diario
encargado del personal y hoy transmutado en hombre del Rey en
Palacio. Acompañará al Monarca a su llegada a "casa" y, dentro
del comedor, adivinará todas sus necesidades. "Aquí todos tenemos
una doble, incluso, una triple vida".
-¿El Rey también le llama Paco?
-Disculpe no conteste a esa pregunta.
La mesa, altar regio de la ceremonia, no es ningún tesoro artístico,
sino 15 tableros soportados por borriquetas. 60 metros de longitud.
Esos paneles de madera se cubren con fieltro y sobre él con cinco
manteles de hilo de 12 varas (una vara es algo menos de un metro).
A continuación se colocan los centros de mesa que albergarán las
flores. Dos operarios suben descalzos a la mesa y colocan con
precisión las enormes corbellas de plata con las armas de Alfonso
XIII, y 10 candelabros de plata de los 38 que encargó Alfonso
XII a la firma Christoffle. A continuación se sitúan los servicios
de mesa con las manos enguantadas. Los platos, a cuatro dedos
del borde de la mesa. A los lados, los cubiertos, la cuchara de
postre de plata sobredorada. A cuatro dedos del plato, cinco copas:
licor, jerez, blanco, tinto y agua; cuatro dedos por delante,
la copa de cava… Listo. ¿Listo? Llega el conserje mayor y otro
empleado. Cada uno se coloca en una punta de la mesa sujetando
un bramante paralelo al borde. Otros empleados alinean a lo largo
del cordel platos y copas. Perfecto.
Cuando se habla del Palacio Real como la Casa del Rey, no es retórica.
El edificio, y especialmente la zona que no visita el público,
guarda un inconfundible aire de familia. No sólo por los tesoros
artísticos reunidos por generaciones de Reyes de España, también
por los rostros que lo adornan. Para el visitante son Goya, Sotomayor,
Sorolla, Winterhalter. Para don Juan Carlos, sus antepasados.
Su abuelo, Alfonso XIII; su bisabuelo, Alfonso XII; su tatarabuela,
Isabel II, cuyo retrato preside el comedor de diario donde el
Rey almorzó en privado con Bill Clinton y donde la Familia Real
celebra cada año la comida de Navidad. Más íntimas aún, las fotografías:
sobre repisas, un piano, escritorios; dedicadas, recuerdos entrañables
de los últimos inquilinos. El pequeño despacho del Rey es el que
usó su abuelo y conserva la decoración primitiva. Por una puerta
camuflada tras un tapiz se accede a los antiguos apartamentos
privados de Alfonso XIII, que se conservan tal y como los dejó
en abril de 1931. Una subrepticia mirada muestra paredes enteladas
en tonos amarillos, pequeños retratos y una decoración un poco
triste. Un hogar en el que nunca nadie volverá a vivir.
Hoy, este Palacio, como todos los lugares que un día pertenecieron
a los Reyes, son gestionados por Patrimonio Nacional. Un organismo
que se fue fraguando a lo largo del siglo pasado a medida que
se deslindaba el patrimonio privado del Rey del patrimonio que
está a su servicio, pero que no puede vender, dividir o regalar.
El Patrimonio Nacional se regula por una ley de 1982, que especifica:
"Tienen la calificación jurídica de bienes del Patrimonio Nacional
los de titularidad del Estado afectados al uso y servicio del
Rey y los miembros de la Real Familia para el ejercicio de la
alta representación que la Constitución y las Leyes les atribuyen".
La ley continúa: "En cuanto sea compatible, el Consejo de Administración
adoptará las medidas conducentes al uso de los mismos con fines
culturales, científicos y docentes".
"Y
eso es lo que más me impresiona, cómo hemos logrado compaginar
las visitas turísticas con los actos de Estado. Piense que Buckingham
se visita sólo 15 días al año y el de Estocolmo tiene un único
día gratuito, mientras que en este Palacio la entrada es gratis
todos los miércoles", explica Álvaro Fernández-Villaverde, duque
de San Carlos, presidente del Patrimonio Nacional desde 1997.
"Utilizamos los recursos a tope: esto, mañana lo estará visitando
la gente como si no hubiera pasado nada. Los actos dan vida a
este palacio".
No se equivoca el duque. Hoy está vivo. Es una casa grande. Pasadas
las tres de la tarde, los floristas preparan en la galería los
centros que adornarán la mesa principal con rosas blancas, helecho
de cuero, paniculata y brezo. Hasta que comience la cena, las
flores darán al recinto un aroma fresco que sustituirá al cerrado
ambiente propio de un caserón deshabitado.
"Zarzuela
nos pide que los centros no sean altos, para que no impidan la
visión de un lado a otro de las mesa; que no sean flores con aroma,
como las gardenias o los nardos; que no manchen, que no encierren
simbolismos. Y que no nos repitamos".
Rotar. Una de las directrices de la Casa del Rey en la preparación
de una cena de gala. Variar invitados, vinos, menús, y que el
programa que interprete la Banda de la Guardia Real (con supervisión
de la Reina, una verdadera especialista en música barroca) sea
digerible.
En Palacio no se cocina. Sus fogones en el sótano son un museo
al arte culinario. Desde hace 15 años los menús los confecciona
el restaurante Jockey, restaurador habitual en las ceremonias
y cacerías de la aristocracia madrileña del blasón y el dinero.
Carmelo Pérez, director de la firma, explica cómo elabora una
serie de propuestas para la cena, y la Reina tiene la última palabra
(como Ana Botella en los almuerzos oficiales en La Moncloa). "Son
cenas suaves y ligeras, aunque tengan tres platos y postre, en
las que se tiene en cuenta los gustos y el origen del invitado,
pero siempre con productos y denominaciones muy españolas. En
eso es tajante la Reina. Algunos platos los traemos acabados,
y el resto se termina en las cocinas que se han instalado junto
al comedor".
¿Y
el vino? El palacio de la Zarzuela, como el de la Moncloa, poseen
excelentes bodegas que, en el caso del primero, se denomina Cava
Real y está al cuidado de tres sumilleres de la Guardia Real.
En La Zarzuela hay orden de que se roten rioja, ribera, navarra,
priorato, penedés… La misma práctica se sigue últimamente en la
Presidencia del Gobierno ante las críticas de otras denominaciones
de origen por la excesiva publicidad que hacía José María Aznar
de los caldos de la Ribera del Duero.
En la cena de hoy se degustarán vinos andaluces, catalanes y del
Duero. El menú se compone de sopa de melón, pastel de berenjenas,
lenguado con higos y suflé de frambuesa. La copa y el café, de
pie en el salón de Gasparini, auténtica joya rococó de tiempos
de Carlos III.
No será ese menú el único que se servirá
esta noche en Palacio. Dos salones contiguos
acogerán a un centenar de asistentes
con menor rango de los 140 que abarrotan
el comedor principal; son las "mesas
técnicas": el mismo menú, pero con vajilla,
cristalería y cubertería de inferior
pedigrí. Mientras, en el sótano, en
la mejor tradición de Arriba y abajo,
150 personas de servicio de la Casa
Real y Patrimonio comerán canapés, jamón,
carne y helado de chocolate. Muy cerca
de la Incógnita, la puerta más
discreta del Palacio, orientada hacia
el Campo del Moro, los soldados de la
Guardia darán cuenta de gazpacho, entremeses
y filete. Todavía más: los camareros
de Jockey devorarán pollo y cervezas
junto al comedor de gala. Alguien bromea:
"La próxima cena de empresa, a ser posible,
aquí".
A las seis de la tarde las principales estancias del Palacio quedan
"selladas" por motivos de seguridad. Nadie puede ascender por
la escalera principal o entrar en el ya majestuoso comedor de
gala. En éste aún se rompen la cabeza media docena de miembros
de la Guardia Real redistribuyendo los puestos en la mesa ante
el aviso de que algunos invitados "se han caído". Hay sudores.
Las cancelaciones de última hora son el gran enemigo de Protocolo.
Con una puesta de sol velazqueña, mezcla de suaves azules y rojos,
el patio principal adquiere un aspecto irreal. Soldados con uniforme
del regimiento Monteros de Espinosa de tiempos de Alfonso XIII
practican con viejos fusiles Mauser, mientras alabarderos ataviados
como la guardia de Alfonso XII se preparan a tomar posiciones
en la escalera para rendir honores al invitado. La ensalada de
uniformes se completa con el azul marino de los ayudantes militares
y los diplomáticos, el blanco de los marinos y los primeros frac
de la noche. En una hora llegará el Rey de España.
Últimas
preguntas.
-¿Si alguien se pone enfermo?
-Patrimonio Nacional cuenta con un servicio médico al que hay
que sumar el médico del Rey, el del jefe de Estado invitado, el
del presidente del Gobierno, una UVI móvil del Ejército y otra
contratada.
-¿Van los invitados al baño?
-Durante la cena es impensable. Cuando se pasa a tomar café, es
posible. (Este periodista pudo ver dos de los tres habilitados:
el de Carlos III, para todos los invitados, con bañera de mármol,
retrete de porcelana y un tirador de raso para accionar la cisterna.
Y el coqueto de Rey Francisco, destinado al invitado de honor.
El Rey tiene el suyo en la zona de Tapices).
-¿Está permitido fumar?
-En la mesa, no. Con el café, en el salón Gasparini, se reparten
puros que se encienden con un encendedor de plata montado sobre
una auténtica pata de elefante, regalado a Alfonso XIII en 1909.
-¿Cómo se sientan?
-El saludo a los Reyes se hace según el Decreto de Precedencias
en el Estado, de agosto de 1983. En la mesa, Protocolo de Zarzuela
organiza la disposición.
-¿Cómo se sirve la cena?
-A la rusa: se ofrece la fuente al comensal por la izquierda para
que se sirva. Primero, a los Reyes y sus invitados. El vino, por
la derecha.
Llega Juan Carlos I. Entra a Palacio
por la puerta del Príncipe, que da a
la calle de Bailén: el portal
de su casa. A través de la escalera
del Príncipe y por el ala privada avanza
hasta la Cámara Oficial, donde espera,
junto a la Reina y el Príncipe, la llegada
de su invitado. La espera se prolonga.
Mohamed VI, siguiendo la costumbre de
su padre, Hassan II, llega tarde. En
el zaguán es recibido por el jefe de
Protocolo de la Casa del Rey, un teniente
de Alabarderos y el portero de Banda.
Éste anuncia al invitado. Mohamed VI
asciende la escalera Principal (a su
paso, la guardia golpea los escalones
con sus alabardas) y se encuentra con
el Rey de España en el salón Teniers.
Después de los saludos, besamanos
de los invitados en el salón del Trono.
A las 21.40, el Rey y su invitado entran en el comedor de gala.
El coronel Grau, director de la Banda, y sus 100 profesores atacan
el himno nacional de Marruecos. Se alza el telón. Discursos. Brindis.
Una legión de camareros entra en acción. La representación durará
tres horas.
Mañana el Palacio volverá a ser museo.
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