JESÚS CEBERIO | EL PAíS Semanal (27-12-1998)
El desastre de Cuba hizo del 98 un guarismo identificable al menos durante un siglo. No es seguro, ni siquiera probable, que la sombra de este 98 que ahora termina se proyecte por tanto tiempo, pero su cronología registra al menos media docena de acontecimientos memorables. Dos de ellos, en nuestro país: la tregua indefinida decretada por ETA después de 30 años de terrorismo y el acta de defunción de la peseta, autoinmolada en el altar del euro este 31 de diciembre, por mucho que su desaparición física se aplace tres años más.
Como hechos del todo improbables, y por tanto más difíciles de olvidar, aparecen la detención de Pinochet en Londres a petición del juez Garzón, y el interminable culebrón político-sexual protagonizado por la extraña pareja Clinton / Lewinski, que ha alcanzado su apoteosis con el bombardeo de Irak a sólo 24 horas de que el presidente fuera sometido a una votación de impeachment en la Cámara de Representantes. Nadie cree que esta cortina de humo pueda salvar a Clinton de la censura de los congresistas, incluso puede encender aún más los ánimos de sus enemigos republicanos, pero al menos gana tiempo y popularidad con una guerra aérea de escaso riesgo contra el odiado Sadam Husein. En un escenario internacional salpicado de conflictos locales de nunca acabar -con los Balcanes y Palestina en primer término, igual que en años anteriores- merece lugar de honor el acuerdo de paz de Stormont, que puso fin en el Ulster a tres décadas largas de un conflicto armado con casi todas las características de una guerra civil entre dos comunidades.
La sombra de Irlanda del Norte se ha proyectado duran-te todo el año sobre el curso del conflicto vasco. Los actores nacionalistas han hecho del proceso irlandés de negociaciones multilaterales una traducción interesada, legítima pero discutible, bajo la frase ya acuñada de "ámbito vasco de decisión". Éste es el nuevo grial que esgrime ETA en comunicados y entrevistas a la cadena británica BBC y al que condiciona el abandono definitivo de las armas. De momento ha conseguido que el PNV desechara la compañía de los socialistas en el nuevo Gobierno vasco por su negativa a aceptar este santo y seña que se adivina como el nudo principal para avanzar en un proceso de paz que necesita ser alimentado de inmediato con algún gesto de acercamiento de presos etarras al País Vasco. Pero las medidas de distensión serán apenas el preámbulo de una dura batalla política en la que cada bando volverá a medir sus fuerzas en las elecciones municipales de junio.
El Gobierno proclama, apoyado y también vigilado de cerca por los socialistas, que está dispuesto a hablar directamente con ETA, pero sólo de los presos y de las eventuales medidas de gracia una vez que el cese de la violencia adquiera carácter definitivo. La organización terrorista ni siquiera parece interesada en situar este asunto en el primer lugar de la agenda, mucho menos ahora que puede explotar el éxito político de haber atraído al PNV a sus tesis, según recoge sin eufemismos la ponencia política aprobada por Euskal Herritarrok, la nueva marca política de HB.
Cuatro meses sin atentados constituyen, pese a todo, una novedad sin precedentes en nuestra aún reciente democracia. Y una esperanza de futuro que comparten por igual la inmensa mayoría de los ciudadanos, cualquiera que sea la papeleta que elijan a la hora de votar. Durante el largo proceso de negociaciones de Irlanda, el IRA desmintió con algunos atentados brutales, uno de ellos en medio de la City londinense, la tesis de algunos especialistas en terrorismo que sostienen la improbabilidad de que una organización terrorista pueda reactivar sus comandos después de una tregua muy prolongada. Pero nadie pone en duda que el coste político suele ser cada vez más alto y a la vista está que EH ha sido la sigla nacionalista que más ha rentabilizado el alto el fuego de ETA en las últimas elecciones vascas.
Por muchas que sean las dificultades del proceso de paz, y sin olvidar las amenazas que prevalecen en los textos de ETA, el telón del 98 cae sobre un escenario radical-mente distinto del que mostraba en enero, en plena cam-paña de asesinatos de concejales del PP por el único delito de representar a votantes del partido del Gobierno. Aunque sólo fuera por eso ya ha marcado una diferencia respecto de los treinta años precedentes. Para que el guarismo quede fijado en la memoria de las próximas generaciones sólo falta que el cese de la violencia pase de indefinido a definitivo. Nada menos.
Todos los demás acontecimientos de la vida nacional se convierten en pedrea política frente a este reto de cerrar definitivamente el círculo del terrorismo, que ha contaminado de raíz la vida política española desde la transición hasta nuestros días. En sus aledaños se inscribe la condena a diez años de prisión del ex ministro socialista José Barrionuevo a pesar de sus protestas de inocencia, respaldadas masivamente por el PSOE en un movimiento cercano a la desobediencia civil. Y todo ello en medio de un proceso de cambio de liderazgo que ha llevado a los socialistas de la euforia de las primarias a la confusión de la bicefalia, aprovechada por Aznar para publicitar un viaje al centro que por ahora ha tenido su expresión más visible en el descabezamiento de los colaboradores a los que él mismo había elegido como arietes.
Pero más allá de las etiquetas autopropagandísticas, que de un día a otro elevan a ámbitos planetarios el liderazgo europeo de Aznar apenas compartido con su amigo Tony Blair, sigue siendo la euforia económica, que al abrigo del euro ha permitido sortear con éxito la crisis financiera internacional, el mejor argumento de un Gobierno que echa cuentas sobre el valor añadido que puede proporcionarle en unas elecciones generales la paz definitiva en el País Vasco o, al menos, un largo periodo sin atentados. Según los contables electorales del PP, esto es lo que separa una victoria probable, pero tal vez demasiado estrecha, de una mayoría suficiente que algunas ensoñaciones elevan incluso a la categoría de absoluta.