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Joaquín Estefanía, director de El País de 1988 a 1993, y ahora director de Opinión, se sitúa en el año 2081 para reflexionar sobre el papel de la prensa. |
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Esa mujer asustada, Rosa L., que repetía en 1989 una sola frase en alemán ante las cámaras de televisión (¡Queremos irnos! ¡Queremos irnos!), aparece y desaparece, cada vez con periodos más dilatados de ausencia, en los dietarios de MEJ, aquel breve director de EL PAÍS de finales del siglo XX, uno de mis antecesores. Esos dietarios se descubrieron un día en las catacumbas del periódico de Miguel Yuste, medio roídos por los ratones entre unos no menos antediluvianos disquetes de los que se utilizaron un tiempo, cuando aquel instrumento, la red de redes, se creía el centro de la revolución comunicacional que iba a marcar el siglo XXI. ¡Qué cosas! A veces, las anécdotas de un momento nos impactan tanto que creemos que son decisivas para la eternidad.
Aquellos dietarios me fueron útiles cuando los actuales propietarios del diario fundado en 1976 me encargaron, cien años después, que elaborara una historia de EL PAÍS; pero nunca los abandoné del todo porque me enseñaban el modo de vida y de pensar de nuestros abuelos, esos curiosos personajes que, en su narcisismo, se creían casi únicos porque fueron a la vez testigos y protagonistas de un cambio decisivo de la historia de España, el paso de las tradiciones militaristas a la democracia formal, y de la muerte de un sistema el comunismo que en algún momento pudo ocupar un lugar central en los libros electrónicos y se quedó en un asterisco a pie de página.
Como me sirvieron, y como el papel es hoy una fantasía escasa que mostramos los pedantes para epatar a los que casi no lo conocieron, los dietarios me han acompañado en varias apariciones públicas. Y los leo a sorbos. No es cierto, como creí en la lectura apresurada que hube de hacer de los mismos en el centenario del periódico, que Rosa L. desapareciese un día para siempre de los mismos sentenciando: Nos pasamos toda nuestra juventud combatiendo a la democracia; vamos a pasar nuestra vejez defendiéndola. No era así. Cinco años después, Rosa L. resucita en otro de los cuadernos de MEJ. Él ya no era director del diario, pero seguía vinculado y continuaba reflexionando por escrito acerca del periodismo y su entorno histórico; ayudaba a su sucesor a administrar la opinión y a dar forma a la línea editorial de EL PAÍS, escribía habitualmente en sus páginas digitales, y de vez en cuando publicaba libros, cuyo contenido era en realidad la adaptación profesional y ordenada de unos dietarios caóticos. En los libros buscaba el rigor que sólo era sentimiento en los cuadernos. |
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La profesión de traductora sirvió a Rosa L. para vagabundear por los medios de comunicación españoles de principios de este siglo. Colaboraba aquí y allá. A principios del primer año del mismo, Rosa L. y MEJ comentan asustados las proporciones bíblicas del primer terremoto del milenio, en la India, en el que desaparecieron decenas de miles de personas. Todavía hoy, en 2081, sobrecogen esas cifras, que no han sido superadas en la historia de las tragedias naturales. Los dos interlocutores, que se sienten en la complicidad de la amistad y de los que han dejado mucho por el camino, se admiran de que la gran mayoría de los medios de comunicación occidentales no hayan enviado corresponsales especiales para contar lo que ha pasado. La obsesión de ambos es la ausencia de contextualización en la prensa de la época. Las noticias que se publicaban entonces no tenían, en opinión del periodista y la traductora, capacidad de asombro. Les faltaba pasión. En su dietario íntimo, MEJ escribe que el terremoto de la India desvela lo que ya era una tendencia implícita en los medios de comunicación: el imperativo del beneficio había reemplazado a las exigencias cívicas prioritarias.
Desde que leí esas páginas me gusta especular y ensayar en mi mente las maneras de dirigir hoy el periódico teniendo en cuenta esas exigencias cívicas prioritarias. Es un vicio solitario. Si no las hubiera leído, no sabría que hubo un tiempo en que los medios combinaban la obligación del beneficio con otro tipo de compromisos éticos o deontológicos. Siempre he creído, y así lo aprendí de mis maestros, que beneficio y deontología no han de ser contradictorios.
Ello tiene que ver con otra de las conversaciones románticas y trasnochadas entre Rosa L. y mi antecesor. Se queja ella, y MEJ no dice nada de lo que piensa (me da la sensación, por sus silencios, de que era muy reservón en las opiniones), de que los periodistas puros ¡qué calificación tan paradójica! que durante algunos años del siglo XX dirigieron los medios desaparecieron como los dinosaurios y fueron sustituidos por unos profesionales, mitad periodistas, mitad empresarios, mucho mejor preparados, que afortunadamente son los que hoy dominan la comunicación. Si no hubiera sido así no habría habido tanto progreso, y no hubiéramos pasado de los centenares de miles de lectores de los periódicos de papel a las decenas de millones de los medios digitales de hoy.
Aquella mujer, Rosa L., que fue una revolucionaria cuando cayó el muro de Berlín, una década después hablaba como una conservadora. O al menos así se refleja en los dietarios a los que me he referido. Que, por otra parte, quizá no fueran tan verídicos como he creído y ocultasen que quien se había convertido en un conservador era su autor. Por lo demás, EL PAÍS sigue gozando de buena salud y defendiendo las mismas cosas, en esencia, para las que nació.
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