Bob Woodward
Fue el reportero que, junto a Bernstein, destapó en 1973 el ‘caso Watergate’, que hizo dimitir a Nixon. Desde entonces, con una trayectoria impecable de exclusivas, se ha convertido en modelo de periodista de investigación. En ‘Maestro’, su nuevo libro, vuelve a demostrar su calidad.
Por Javier Valenzuela.

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“En periodismo, la velocidad nos impide a veces alcanzar la verdad”

Como Katharine Graham, la dueña de su periódico, Bob Woodward pertenece a esa élite de Washington que sobrevive a presidentes, senadores, directores de la CIA y jefes del Estado Mayor. Todo aquel que tiene una posición de poder en Washington y recibe una llamada de Woodward se pone inmediatamente al teléfono, con voz sonriente –“Hola, Bob, ¿cómo va todo?”–, pero el rostro ensombrecido por la preocupación –“¿Qué querrá Woodward? ¿En qué lío me he metido?”–. Y como Katharine la Grande, la editora de The Washington Post, Woodward, su periodista estrella, vive en una elegante vivienda unifamiliar de las tranquilas y bien arboladas calles interiores del barrio de Georgetown.

Cuando Woodward ve que he ido a su casa acompañado de la fotógrafa Yunghi Kim, dice con toda seriedad: “Si van a tomar fotos, mejor me pongo una corbata”. Y mientras la empleada doméstica –una hispana, cómo no– nos sirve café en el salón, él vuelve a su dormitorio para colocarse la corbata. Woodward es un hombre circunspecto, y en toda la conversación sólo sonreirá –y de un modo ligero, como muy interior– una vez: cuando le pregunte por Garganta Profunda. Es un tipo alto y bien plantado, pero, obviamente, menos guapo que Robert Redford, que interpretó su personaje en Todos los hombres del presidente, la película de Alan Pakula sobre la investigación periodística de Watergate que realizaron Woodward y Carl Bernstein y terminó con la dimisión de Richard Nixon.
Woodward es uno de esos tipos que los norteamericanos llaman “bien articulados”. Sus respuestas son cortas, precisas, coherentes. En nuestra conversación lamentará que, en los últimos 25 años, el periodismo escrito se esté dejando llevar por la instantaneidad, la superficialidad y el culto al espectáculo impuestos por la feroz competencia de la televisión e Internet, pero no arrojará al niño con el agua de la bañera. “El buen periodismo, sobre todo el periodismo de investigación que descubre lo que algunos no quieren que sea descubierto, sigue siendo necesario y sigue siendo practicado por muchos diarios en EE.UU y otras partes del mundo”, dirá. Y afirmará en otro momento que los políticos no han aprendido la lección de Watergate y cada vez que son sorprendidos en un escándalo siguen parapetándose en el desmentido.
En el rigor y la adustez, a Woodward se le nota tanto que es hijo de juez como que lleva tres décadas dando exclusivas sin meter la pata. Ahora, a sus 57 años, es director adjunto de The Washington Post para temas de investigación y sigue publicando artículos y libros periodísticos que todo el mundo cita de inmediato. La firma de este reportero que derrocó al hombre más poderoso del planeta es en sí misma una fuente de autoridad.

Habiéndose colocado la corbata, y antes de que Yunghi y yo hayamos acabado el café, Woodward, muy a lo estadounidense, propone ir directamente al grano. A mí me gustaría decirle que conversar con él representa algo muy especial. Hace cinco lustros, mi generación profesional se lanzó al periodismo bajo la bandera de la investigación de Watergate y la caída de Nixon. Woodward y Bernstein acababan de probar que el periodismo era el justo y necesario contrapeso frente a los abusos de los poderosos, por muy democráticamente que hubieran sido elegidos. Pero la actitud de Woodward indica que es mejor dejar eso para el final, si es que hay ocasión, y comenzar por Maestro, su último libro, consagrado a Alan Greenspan, el presidente de la Reserva Federal de Estados Unidos. Ahí, Woodward reconstruye cómo Bill Clinton comprendió que tenía que seguir el consejo de Greenspan y reducir el déficit presupuestario. Lo demás vendría por añadidura.

La aparición de esta entrevista coincidirá con la publicación en España de ‘Maestro’. Allí el calificativo que usted le dedica a Greenspan no va a necesitar traducción.
¿Es que maestro es una palabra española?

Pues sí. Se aplica tanto a un profesor como a un genio.
No lo sabía. Creía que era italiana.

¿Por qué ha escrito ahora sobre Greenspan? Usted ha hecho libros sobre la Casa Blanca, el Pentágono, la CIA o el Tribunal Supremo, pero me da la impresión de que ‘Maestro’ es el primero consagrado enteramente a la economía.
Bueno, La agenda, que escribí en 1994, estaba dedicado al primer año de Clinton y sobre todo a su plan económico. Así que supongo que Maestro es mi segundo libro sobre economía.

Tomo nota de la precisión. Pero me sigo preguntando por qué está usted tan interesado en Greenspan. Y se me ocurre una respuesta: a Bob Woodward le interesa el poder, y parece que Greenspan se ha convertido en el personaje más poderoso de Washington.
Yo lo veo de otro modo. Adopté el punto de vista del reportero y me pregunté: ¿qué es lo más importante que ha ocurrido en Estados Unidos en los últimos diez años? Está claro que la expansión económica. Entonces empecé a mirar la cosa y me dije: okay, ¿por qué hemos tenido una expansión económica? Y encontré que los caminos más importantes llevaban a Greenspan, que él no sólo regula los tipos de interés de la Reserva Federal, sino que actúa tras el telón como el principal actor en crisis internacionales como la de los bancos coreanos, la de México, la de las finanzas asiáticas. Con mucha frecuencia, Greenspan tiene una estrategia, hace un pacto, es el principal jugador o el principal pensador en los grandes temas económicos norteamericanos e internacionales.

Ahora que Clinton más o menos se ha ido, está claro que su principal éxito fue el económico y que Greenspan fue la clave. Incluso hay gente que dice que el único papel que le queda a la Casa Blanca en asuntos económicos es seguir los consejos del ‘maestro’. ¿Le parece correcto? ¿Tiene el presidente todavía algo que hacer?
Oh, sí, claro. Fíjese en lo que cuento en el libro sobre la alianza entre Clinton y Greenspan. Ninguno de ellos fue un actor pasivo. Greenspan daba lecciones económicas, en particular sobre la importancia de reducir el déficit del presupuesto del Gobierno federal, pero con Clinton tenía una asociación, una alianza, una interrelación. Hasta el punto de que Rubin, cuando era secretario del Tesoro, tenía la impresión de que él y Greenspan estaban trabajando para la misma firma.

Un hecho crucial de la pasada década es el viaje personal de Greenspan desde su comprensión de la vieja economía a la comprensión de la nueva, la de alta tecnología. ¿Cómo tuvo la revelación?
Cuento en el libro que a partir de 1993 comenzó a mirar las estadísticas y se dio cuenta de que la productividad iba creciendo, aunque este factor no estaba siendo reflejado plenamente en el pensamiento de la Reserva Federal. La producción por cada hora de cada trabajador iba subiendo, gracias a las inversiones de las empresas en todo lo relacionado con los ordenadores y la alta tecnología. Así que durante años siguió mirando esas estadísticas y se dio cuenta de que, Dios mío, teníamos un crecimiento de la productividad mucho mayor de lo que él pensaba. Lo cual significa que la gente es más eficaz, que el coste laboral del producto va hacia abajo. Y eso pone un freno a las presiones alcistas de los salarios, a las presiones inflacionistas. En 1996, Greenspan habló por primera vez en el Comité de Tipos de Interés de que esto es real, de la existencia real de la nueva economía.

BOB WOODWARD
"Antes podíamos tardar dos o tres semanas en rematar una historia. Ahora todo es más rápido. Y la velocidad nos impide a veces alcanzar la verdad" (AP).

¿Cree que eso va a cambiar por el hundimiento de los valores ‘puntocom’ y los últimos sobresaltos de los mercados bursátiles?
No da la impresión de que vaya a ser así. Y si uno se fija bien, lo que Greenspan dice ahora es que él es muy optimista en el largo plazo. Lo esencial de la economía de los ordenadores e Internet va a permanecer, como permanecieron las revoluciones económicas provocadas por la electricidad o los automóviles.

En cualquier caso, parece que el poder ejecutivo en Washington es compartido de algún modo por el presidente de EE.UU y el presidente de la Reserva Federal. ¿Era igual hace 25 años? ¿No era la política el factor determinante en aquella época?
Hace 25 años, en esos puestos estaban Gerald Ford y Arthur Burns, que también trabajaban al unísono. Pero es verdad que en aquella época esa cooperación parecía menos importante. La economía no era entonces tan sensible como lo es ahora a los tipos de interés. Me refiero a la economía que vive la mayoría de la gente. En los años setenta, la gente no invertía tanto en bolsa.

Y quizá por eso los predecesores de Greenspan no eran tan populares. Supongo que el gran público no conocía el nombre del presidente de la Reserva Federal en los años setenta.
Sí, pocos lo conocían. Otra cosa importante es que poca gente en Washington tiene longevidad en el cargo. Greenspan fue nombrado por Reagan y confirmado por Bush y Clinton; lleva ahí 13 años, y lo máximo que puede estar un presidente en la Casa Blanca son ocho. Así que es uno de los más veteranos en Washington.

En su libro se cuenta que Bush, el primer presidente Bush, se enfadó mucho con Greenspan, cuya dureza en materia de tipos de interés alargó la recesión económica que le costó la reelección en 1992. Bush dijo algo así como: yo le confirmé a él para el cargo y él me sacó a mí de la Casa Blanca.
Así es.

Pero ahora parece que Greenspan está intentando tener una relación mejor con George W. Bush. ¿Es posible que se sienta culpable?
No, no creo que se sienta culpable. Creo que se siente importante. El modelo para trabajar bien con Greenspan es el de Clinton, el modelo de una alianza y una comunicación fluida, no el de la presión y la lucha permanente del primer Bush. Éste es un caso en el que el actual Bush tiene que aprender de su padre.

Recuerdo que en ‘Shadow’, el libro que escribió antes que ‘Maestro’, usted dice que desde Watergate a ‘Monicagate’ hay una pauta en la conducta de los presidentes de EE.UU frente al escándalo. Es el refugiarse en la negativa, el querer tapar las cosas, el acusar a los medios de comunicación y a la oposición. Esa actitud ha resurgido con el lío del perdón de Clinton al financiero Marc Rich. Usted ha cubierto la política de Washington durante treinta años y siempre se ha encontrado con el mismo muro presidencial.
Es que los presidentes, que son capaces de llevar tan bien muchas otras cosas, todavía no se han dado cuenta de que vivimos en la era de la transparencia, donde todas las cosas terminan saliendo a la luz; donde el Congreso, el Departamento de Justicia, la prensa y el público son escépticos; donde van a tener que terminar contestando a una serie de preguntas. El escándalo es algo que, como un huracán, una guerra o una crisis económica, debe y puede ser gestionado. Pero en vez de diseñar una estrategia para afrontarlo, los presidentes, y muy en particular Clinton, se enfadan, se vuelven locos, gritan y patalean. Reagan fue el que mejor se las arregló. Dejó que se efectuara una investigación interna sobre el caso Iran-contra, que mostró que no se podía probar, que no existían indicios sólidos de que él hubiera hecho nada ilegal.

¿Cuál fue el gran error de Nixon?
Atrincherarse en el desmentido y una operación masiva de encubrimiento. Habría podido salvarse si, en mitad del escándalo, hubiera reconocido la culpa y pedido perdón. El pueblo estadounidense tiene una gran capacidad de perdón, pero exige una confesión de los pecados.

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