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Mari Carmen, Lola
y Cristina no
eran una excepción. Eran sólo tres españolas de las miles que cada
año se veían forzadas a abortar en Londres. En las clínicas inglesas
y en los aeropuertos españoles, especialmente en los vuelos chárter
de fin de semana –7.000 pesetas ida y vuelta–, se podía reconocer
a estas jóvenes que disimulaban su angustia bajo un informal aspecto
de progres: mucho trapo indio y mucho pelo frito. Estábamos
en 1976 y el reportaje con que debutó El País Semanal fue
una auténtica bomba. Por primera vez se contaba la historia, aunque
con nombres falsos y fotografías de tapadillo, de algunas de las
españolas que iban a abortar a Londres, porque si lo hacían en España
corrían el riesgo de ir a la cárcel –hasta 12 años de prisión–,
o, mucho peor, morir desangradas en manos de cualquier abortera.
En aquellos días el Tribunal Supremo acreditaba 300.000 abortos
clandestinos al año y una secuela mínima de 3.000 muertes.
Mari Carmen era estenodactilógrafa
y tenía 28 años. Cuando se dio cuenta de que estaba embarazada ya
había dejado de salir con el chico. Lola, con 24 años, empleada
de comercio, se quedó embarazada cuando el marido de una amiga,
borracho, abusó de ella. La pareja de Cristina, 30 años, abogada
de un despacho colectivo, estaba casada. Nada especialmente extraño.
Eran tiempos de liberación sexual y pérdida de virginidades celosamente
guardadas. Y también de búsquedas infructuosas entre médicos amigos
de la píldora anticonceptiva, prohibida a cal y canto. Sólo en Inglaterra
abortaban unas 30.000 españolas cada año.
Hoy,
25 años después, a una veinteañera le resultaría casi imposible
entender aquella odisea, pese a que el embarazo no deseado de adolescentes
va en aumento –18.000 anuales en menores de 19 años– y que en general
el aborto sigue siendo una fuente innegable de conflicto entre las
mujeres. “Parece que hablamos de la prehistoria”, recuerda Empar
Pineda, fundadora del colectivo Pro Derecho al Aborto; “aunque suena
increíble, eran tiempos en los que las mujeres de Madrid cogían
el autobús de Villaverde y Vicálvaro, que era un puro bache, y hacían
varias veces el recorrido con la esperanza de abortar con los saltos.
Había verdaderas tragedias porque, sin hablar de los horrores de
las aborteras, muchas mujeres, además de utilizar el hinojo y el
perejil, las tradicionales hierbas abortivas, hacían auténticas
barbaridades. Se metían agujas de hacer punto, o se ponían lavativas
de agua y lejía, mezcladas con detergentes. Había unas infecciones
tremendas que les ponían a la muerte”.
Franco
había muerto un año antes, las cárceles estaban llenas de presos
políticos, y a las casadas se les concedía la mayoría de edad en
1977: ya podían comprar y vender bienes sin permiso del marido.
Las mujeres progresistas reivindicaban el derecho a los anticonceptivos
y al propio cuerpo. “Anticonceptivos para no abortar, aborto libre
para no morir” era el reclamo. Pero en 1979, poco después de que
la píldora llegara a las farmacias, el juicio de las once
de Bilbao irrumpió en la sociedad española como un torpedo.
'EL
PAÍS SEMANAL'
Su primera portada, el 3 de octubre de 1976, estuvo protagonizada
por las españolas que abortaban en Londres, unas 30.000
cada año. En la imagen superior dos de ellas se dirigen
a la clínica.
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Las ‘once de Bilbao’
fueron condenadas
por abortar. Eran mujeres de extracción humilde, madres de familia
con varios hijos, algunos con minusvalías, con maridos en paro y
una penosa situación económica. Su condena fue como un aldabonazo
para una sociedad que imponía un férreo pacto de silencio sobre
un problema tabú. La Coordinadora feminista inició una campaña de
amnistía para las condenadas ligada al derecho al “aborto libre
y gratuito”. Había nacido un eslogan que colearía con fuerza hasta
finales de los años noventa.
Hubo
encierros y manifestaciones de apoyo. Un nutrido grupo de mujeres
se encerró en el Palacio de Justicia de Madrid. El desalojo fue
sin contemplaciones. Entre las mujeres que corrían huyendo de las
porras de los grises, la diputada socialista Carlota Bustelo
plantaba cara a los policías con una osadía inusitada.
Imaginación
no faltó. En Madrid muchos lectores de periódicos se topaban asombrados
con ejemplares que llevaba el eslogan: “Amnistía once mujeres. Aborto
libre”. De madrugada, algunas feministas, tampón en mano, lo estampaban
velozmente. Pero más sonoro, por su repercusión, fue el manifiesto
en el que más de un centenar de conocidas mujeres del mundo profesional,
artístico e intelectual se autoinculparon de haber abortado en una
campaña sin precedentes en España. La escritora y periodista Rosa
Montero, una de las firmantes, lo recuerda: “Personalmente fue durísimo
porque al hacerlo te enfrentabas a la familia y a mucha gente. Hoy
no costaría casi nada, pero entonces fue muy difícil, tanto, que
hubo alguna profesional que después de firmar se echó para atrás.
Pero también hubo casos heroicos, como el de la ginecóloga Elena
Arnedo, a la que podían inhabilitar profesionalmente. Me consta
que tuvo grandes problemas en el hospital donde trabajaba. Fue un
momento muy excitante. Tenías la sensación de que estabas contribuyendo
a cambiar la historia de este país”.
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Por primera vez, las
españolas se vieron
apoyadas por conocidos varones que firmaron peticiones de despenalización
del aborto, o se autoinculparon de haber ayudado a realizarlo. Finalmente,
las once de Bilbao fueron indultadas y el aborto salió de
la conspiración del silencio.
En
1981 se legalizó el divorcio, “una fábrica de huérfanos” tronaba
la Iglesia, algo que a los españoles, que sentían las primeras ráfagas
de aire fresco de una sociedad a la europea, no pareció importarles
demasiado. Poco después las feministas comenzaron a realizar abortos
reivindicativos delante de la prensa, e incluso de Televisión Española
en un golpe de audacia sin precedentes, como bien recuerda Empar
Pineda: “El aborto incluso se emitió…”.
Los
comienzos de los ochenta fueron años de cambios y modernización,
de incorporación a la CEE y a la OTAN, de estrenos de playas nudistas
y despenalización de la blasfemia, pero el aborto seguía en la clandestinidad
y en los colegios de religiosos se adoctrinaba a los adolescentes
sobre sus horrores con el macabro tríptico del feto Juanito, que
terminaba triturado en una aspiradora, ahogado o acuchillado.
'VOCES
DE HOY'
Carmela, Clara, Rocio, y Nava (de izquierda a derecha), universitarias
y veiteañeras, están a favor de ampliar la actual
ley del aborto: "Es increíble que una mujer no pueda
decidir por sí misma si aborta o no".
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Finalmente, para cuando,
en julio de 1985,
se aprobó la primera despenalización parcial del aborto en los tres
supuestos todavía en vigor –grave peligro para la vida, salud física
o psíquica de la madre; graves taras en el feto, o violación denunciada–,
con la furibunda oposición del Grupo Popular y la Minoría Catalana,
los tribunales habían procesado a numerosas mujeres y médicos.
Hubo
casos sonoros, como el de la joven Silvia Cuevas y cuatro médicos
del hospital público Virgen del Camino de Pamplona, procesados por
aborto en 1987. Su abogada defensora, la hoy diputada autonómica
por Madrid, Cristina Almeida, estuvo a punto de ingresar ella misma
en prisión por unas declaraciones que hizo sobre la salud mental
del juez del caso. “Me encontré con una orden de busca y captura,
y un procesamiento por desacato. Había una presión enorme. Delante
del juzgado se manifestaban a favor y en contra del aborto, vigilados
por la policía. Los antiabortistas de Acción Familiar, y chavalines
del Opus, me llamaban asesina, de todo…”.
Los
médicos fueron finalmente absueltos, pero Almeida asegura que nunca
podrá olvidar la entrada salvaje de la policía en la clínica Dator
de Madrid, en vísperas de que se legalizara la práctica del aborto.
Tampoco lo puede olvidar Marisa Castro, hoy diputada de Izquierda
Unida y entonces trabajadora de Dator, la primera clínica acreditada
en España para practicar abortos. “Fue el 21 de noviembre de 1986,
lo recuerdo bien. Soy la única diputada de este Parlamento detenida
en democracia por defender los derechos de las mujeres. Nos detuvieron
por orden del juez Carlos Valle. Mis compañeros médicos pasaron
a la cárcel, pero yo sólo estuve 72 horas en los juzgados. Aunque
me habían detenido muchas veces en la dictadura, ésta fue la más
dolorosa, porque la policía se llevó todos los archivos de la clínica,
hicieron declarar a más de 500 mujeres, algunas que estaban a punto
de parir o con cáncer terminal… Fue brutal, de una violencia terrible”.
Las
españolas invadían la universidad, arrasaban en las oposiciones
a jueces, conducían camiones, y vivían en pareja sin papeles, pero
el ginecólogo Pere Enguix tuvo que esperar una década, hasta 1991,
para quedar absuelto del delito de aborto por el que fue condenado
a cinco años de prisión. Dos veces tuvo que entrar en la cárcel.
Una auténtica pesadilla. “Me quedó un rechazo a todo lo que oliera
a fuerzas de orden público. Y, para siempre, un cierto regusto de
ex presidiario, y una cierta propensión a la inmediatez”. Hoy, a
sus 52 años, Enguix dice que si las jóvenes fueran medio conscientes
de la limitación de la actual ley estarían asustadas. “Porque sólo
el 5% de los abortos que se practican están dentro de los supuestos
legales. El 95% restante se cuela forzadamente en el supuesto psíquico.
Hay que decir que todas las mujeres que quieren abortar están locas,
tienen una grave depresión o han intentado suicidarse… La situación
actual no soluciona los problemas existentes y nadie mueve pieza.
En los hospitales públicos la mayoría de los ginecólogos alega objeción
de conciencia y no practica abortos. El problema es real y está
ahí”.
Pese a que hay que
estar loca,
abortar hoy en España no es difícil. Por 50.000 o 60.000 pesetas
se puede hacerlo en una clínica privada autorizada. Algo aséptico
y rápido. No se tarda más de 12 minutos. En 1998 hubo 53.847 abortos
en todo el país, de ellos el 90% extrahospitalarios y realizados
prácticamente en su totalidad en la sanidad privada.“Por carecer
de recursos propios”, “por carecer de infraestructura”, justifica
la Sanidad pública los desvíos hacia las clínicas privadas. Hay
comunidades, como Galicia, Castilla y León, Navarra, Murcia, Extremadura
y Castilla-La Mancha, en las que no se ha practicado aborto alguno
en 1998.
“Abortar
hoy es fácil, tenemos información y sabemos a dónde ir. Toda la
universidad y los periódicos están llenos de anuncios de clínicas”,
dicen a coro Carmela García, Clara Solana, Nava Alonso y Rocío Laguna,
estudiantes del colegio mayor Isabel de España. Todas saben el precio
de un aborto, y que la píldora del día después acaba de llegar
a las farmacias. Aunque, eso si, no la paga la Seguridad Social.
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