ARTE

El 'Peine del Viento'
En un paraje privilegiado para la contemplación del mar, al final de la playa donostiarra de Ondarreta, Eduardo Chillida (San Sebastián, 1924) ha creado un espacio de preguntas y respuestas que ha quedado integrado rápidamente entre las grandes señas de identidad de la ciudad. El 'Peine del Viento', donde el horizonte, las olas y el mar se funden con lo sagrado, con el arte y con lo vasco, se consolida como una de las grandes obras artísticas de estos últimos 25 años.
Por José Luis Barbería. Fotografía Jesús Uriarte

El lugar en el que se alzan las tres esculturas arboladas del Peine del Viento era ya hace 60 años el primitivo "yunque de sueños" del adolescente Eduardo Chillida. Como otros escolares donostiarras, Chillida hacía novillos los días de temporal para asomarse al mar, ensimismarse con las mareas y el viento encolerizados, para interrogarse sobre el enigma del horizonte, para preguntarse de dónde vienen las olas. Frente a quienes preferían el oleaje abierto desatado en el paseo Nuevo de la ciudad, "en la escala del naufragio", que dice el arquitecto Luis Peña Ganchegui, el tercero de los Chillidas optaba por el promontorio rocoso del final de la playa de Ondarreta, en el cierre del litoral urbano, un lugar más recogido, más a escala humana. Nunca abandonó aquel lugar, y aœn ahora, que el artista vasco deambula perdido por su laberinto interior, persiguiendo una de sus ideas pájaros o, quién san sabe, uno de aquellos balones imposibles de sus tiempos de guardameta, Eduardo vuelve al Peine del Viento incesantemente.

Este punto del litoral, principio y fin de la ciudad, rincón entonces de poetas anónimos y de parejas furtivas, muelle de pescadores en un tiempo anterior, es su hogar y su patria, el observatorio íntimo que ha compartido con su esposa, Pilar Belzunce, desde el Bachillerato y que siempre deseó transformar en espacio artístico habitable para entregárselo a sus conciudadanos. Porque ya en sus años de estudiante, antes incluso de pensar en la carrera de arquitectura, que cursó en Madrid y que abandonó en 1947, cuatro años después de iniciarla, el joven Chillida supo que conocía el "carácter oculto", la "voluntad de ser" de ese paraje. "Este lugar es el origen de todo. Él es el verdadero autor de la obra", ha declarado Chillida. "Lo œnico que hice fue descubrirlo. El viento, el mar, la roca, todos ellos intervienen de manera determinante. Es imposible hacer una obra como ésta sin tener en cuenta el entorno. Sí, es una obra que he hecho yo y que no he hecho yo".

Como dejó escrito Martín Heidegger, su filósofo preferido, "la dimensión existencial de la realidad y la creación de lugares están íntimamente relacionadas". ÀNo dice también Kant que en la naturaleza del espacio existen el espíritu y la voluntad de existir de una manera determinadañ Arquitecto del vacío, modelador de lo impalpable, abstracto y racional, existencialista, Chillida inició su serie de siete esculturas Peine del Viento en 1952, un año después de volver de París y de tener el primero de sus ocho hijos, pero sólo consiguió materializar su sueño 25 años más tarde, en 1977. Antes, hermanado con Luis Peña Ganchegui, autor de la plaza escalonada que antecede a las esculturas, intentó infructuosamente que el entonces alcalde de la ciudad, Nicolás Lasarte, se interesara por el proyecto.

En aquellas fechas, finales de los sesenta, Chillida era un artista consagrado en el extranjero, sobre todo en Alemania, donde la obra del artista vasco ha suscitado desde siempre una admiración profunda. Había acumulado un buen nœmero de premios internacionales, entre ellos, los de Milán y Venecia; su obra estaba expuesta en los más prestigiosos museos, había compartido con Rothko las salas de la Kunsthalle de Basilea. Formaba parte, junto a Braque, Chagall, Miró y Giacometti, de la muy selecta plantilla de talentos del galerista Maeght, que disponía también de la colección Kandinsky.

 


HACIA EL HORIZONTE
Para colocar las tres piezas de acero que forman el 'Peine del Viento', cada una de 10 toneladas de peso, Chillida llegó a pedir helicópteros a la Embajada estadounidense. Como dijeron que no, triunfó la ingeniería local: José Elósegui construyó en 1977 un puente con raíles que, sorteando los temporales, se alzaba sobre el mar.

En San Sebastián, sin embargo, el antiguo alumno de los marianistas era reconocido fundamentalmente por su pasado de guardameta titular de la Real Sociedad.

La ciudad era mucho más provinciana y pacata de lo que ella misma se creía, y la opinión pœblica estaba en manos de sectores conservadores, enemigos de todo lo que supusiera modernismo, arte contemporáneo o abstracto. Por toda alternativa a la no intervención —"no tocar nada", era la principal divisa del momento—, estos sectores promovían con entusiasmo la construcción de fuentes en la ciudad. "A Eduardo y a mí nos llevaban los vientos. Con lo que llueve en esta ciudad, decíamos. Éramos más radicales y entramos en la pelea, pero no pudimos hacer nada", recuerda Luis Peña Ganchegui. Pese a la decepción, enorme, Chillida siguió trabajando en la serie Peine del Viento, que coincide en el aspecto formal con su colección de Estelas, y particularmente, con las dedicadas a Picasso, Allende y Neruda. Estaba atrapado por la idea de "habitar" artísticamente el promontorio rocoso del final de Ondarreta, conocía ya lo que llama "el aroma del camino", la "voluntad atemporal que encierra" el sitio, y continuaba fascinándose con las olas que penetran en la ciudad por la falda del Igueldo. "El mar tiene que entrar en San Sebastián ya peinado", bromeaba al contemplar cómo el viento sur levanta, ondula y riza la cresta espumosa de las olas que cabalgan impetuosas contra las rocas.

Revisar cronológicamente la serie Peine del Viento es un ejercicio que revela tanto la apasionada voluntad que animaba a Chillida —"al principio, apenas distingo la idea, pero cuando la capturo, ya no la suelto, ya sólo me queda dejarla madurar"— como las dudas que le asaltaron en el camino. Si el primer Peine del Viento, planos elementales de hierro ordenados en vertical, ofrece una sensación estática, el segundo despliega poderosos tentáculos que transmiten la impresión de fuerza y movimiento. En el Peine III, actualmente en la sede de la Unesco, en París, Chillida cierra los brazos y los condensa como si la acción del viento los hubiera fosilizado. Posteriormente, en abierta oposición, el escultor alza el vuelo en busca de lo etéreo, tratando de encerrar el vacío entre formas de raíces vegetales construidas con materiales tan livianos como la plata y el acero inoxidable. En ese punto, Chillida comprueba que se ha apartado del camino y vuelve sobre sus pasos retomando la densidad del hierro y del granito. Por influencia probablemente de Brancussi, a quien conoció en la capital francesa, el escultor vasco dota a sus œltimos Peine del Viento de potentes pedestales, elemento que desechará al final para enraizar su obra directamente sobre las rocas.

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